Oligarquía, una palabra manoseada

La palabra oligarquía fue usada en muchos artículos de diarios porteños para calificar a los gobiernos de provincia en las que algunas familias se sucedían en el poder, en la etapa constitucional. Pero hoy tiene muchos otros usos.

Según el diccionario de la Real Academia, Oligarquía es “la forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario” y “grupo reducido de personas que tiene poder e influencia en un determinado sector social, económico y político”. Es una palabra de origen griego derivado de oligos, que significa reducido y arco, que significa mandar, ser el primero.

El primero en usar esa palabra fue Aristóteles para mostrar la degeneración del concepto de Aristocracia, del gobierno de los mejores a la formación de una casta que tiene el poder sin el mérito, solo por las ventajas de ser miembro de las familias con predominio en la sociedad y en el manejo de la cosa pública.

En nuestro país es una palabra con significados controvertidos propios del espíritu faccioso y los prejuicios ideológicos.

La palabra oligarquía fue usada en muchos artículos de diarios porteños para calificar a los gobiernos de provincia en las que algunas familias se sucedían en el poder, en la etapa constitucional. En los editoriales de La Nación y la Prensa se hacía referencia con ese calificativo en sus críticas a los gobernadores que eran acusados de atropellos y desmanes institucionales.

En 1853 se había concluido con las reelecciones indefinidas, con esos mandatos prolongados: de Rosas y sus diecisiete años, López gobernando veinte años, Ibarra con treinta años, entre otros, y que concluían con el asesinato, la revolución y su fallecimiento por enfermedad.

Ese mal reaparece en el orden nacional en 1949, pero solo para el presidente. Suprimida en 1957 la reelección presidencial, regresa con la reforma de 1994 y desde los ochenta en la casi totalidad de las provincias, algunas de ellas indefinidas como antes de 1853.

En la etapa que se abre con la constitución de 1853 y las constituciones provinciales que se redactan en esos años no hay reelección, pero se implementa un sistema de gobiernos de familia. Parientes de sangre o políticos se suceden en el gobierno. En Mendoza, en la reforma constitucional de 1895 se aprueba la “cláusula anti nepotismo”, prohibiendo la sucesión inmediata por un familiar, imitada en San Luis en 1905 hasta la reforma promovida por Adolfo Rodríguez Saá.

Cuando nos referimos a esos gobiernos que Yrigoyen calificara como el “régimen”, debemos advertir sobre la situación educativa de las provincias. Salvo Buenos Aires con casi el 60% de la población alfabetizada, en las demás todas estaban entre el 5 al 15 % con la excepción de San Juan con el 26% alfabetizado de acuerdo a las cifras del censo de 1869. Pero esa población alfabetizada carecía en su casi totalidad de estudios secundarios y los universitarios se contaban con los dedos de la mano. Durante un tiempo eran inevitables esos gobiernos de minorías.

Será Jacinto Oddone, con su libro de 1932 “La Burguesía Terrateniente Argentina”, quien impondrá la palabra “oligarquía” como sinónimo de gran propietario rural o en particular terrateniente de la provincia de Buenos Aires. Hasta esa publicación nadie usaba ese calificativo para nominar al grupo de familias con mayor cantidad de hectáreas en la campaña bonaerense. Luego se fue extendiendo a personas con apellidos vinculados a los acontecimientos que dieron origen a la independencia y la formación del estado argentino más allá de sus bienes de fortuna.

Estos grandes propietarios adherían a los dos grandes partidos de la época. Los había entre los conservadores de la provincia de Buenos Aires como el senador Antonio Santamarina y en el radicalismo lo eran Camilo Crotto, el primer gobernador radical, Leonardo Pereyra Iraola, Fernán Saguier, Marcelo Torcuato de Alvear, Honorio Pueyrredón, Alejandro Leloir entre otros tantos.

Por supuesto que existen oligarquías, basta observar el panorama de varias provincias donde los gobernadores se suceden entre hermanos como los Rodríguez Sáa, o esposos como el caso de los Juárez y los Zamora. Pero no se limita a la política institucional. En el movimiento sindical vemos dirigentes hereditarios como en el sindicato de los porteros donde se sucedieron los Santamaría, padre e hijo y el gremio de los camioneros con varios miembros de la familia, padres, hijos, esposas en distintas posiciones y también inventando gremios para ocupar a otro hijo como fue la creación del sindicato de peajes. Otra oligarquía formada en la última década del siglo pasado es la integrada por los jueces y fiscales de Comodoro Py, quiénes con sus tenebrosos contactos con las cloacas del poder ejercen el poder de garantizar la impunidad a la corrupción de la política.

Insistir en lugares comunes como referirse a una persona por ser de una familia con cierto arraigo en el país o en una provincia en particular como perteneciente a la oligarquía es, además de una liviandad en el análisis, una manera, aunque no sea esa la intención, de encubrir a las oligarquías realmente existentes más allá de que casi todos sus integrantes sean de orígenes humildes y en algunos casos marginales.

* El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia.

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