“Aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa conmoción”
Una reflexión sobre todo lo que dejó en evidencia la pandemia de Covid-19 en el mundo. Pero, sobre todas las cosas, aquellas cosas que "mal aprendimos".
“Aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa conmoción”
(Byung Chul-Han, 2020)
Lo primero que resalta al revisar la pandemia es que algunas veces no se aprende. El cúmulo de intenciones comunitarias que allí se vertieron, ni nos enviaron a un lugar más conectado, ni cruzamos el umbral hacia un mundo menos cruel y una Ética humana. Nada de eso sucedió. Incluso recobró la brutalidad.
No fue un fenómeno exclusivamente médico, como se nos intentó mostrar. Algunas dimensiones sociales y culturales invisibilizadas, funcionaron como resorte hacia una nueva conformación social (en el ámbito educativo, por ejemplo). Las inscripciones simbólicas de la desaparición del mundo, se esconden y aparecen como síntomas en las representaciones colectivas.
De la experiencia del confinamiento vimos difundirse el virus y las noticias tan velozmente, como nunca antes algo se había difundido, en todo aspecto. Resultó muy rotundo su nivel global, vimos la desigualdad, la muerte, el miedo, el espanto. En muy poco tiempo lograron producir vacunas (nunca se generaron con tanta rapidez), hubo coordinación y organizaciones de todo tipo, cuidados intensivos, reconocimientos de la vida humana, incluso apareció una cuestión ecológica y de conciencia sobre el ambiente, pero a la misma vez, como mencionara el filósofo español Paul B. Preciado en el difundido libro "Sopa de Wuhan", las nuevas fronteras iban desplazándose desde lo nacional hasta el barrio, desde el barrio hasta la puerta de casa; una frontera que se acercaba cada vez más al cuerpo individual, hasta llegar al propio rostro, colocando el barbijo como un nuevo límite fronterizo (el aire que respirás tiene que ser solo tuyo). Eso también pudo reforzar una subjetividad personal ideal, capitalizada por la idea política de lo uno.
Después el mundo (y nuestras prácticas) regresó a lo de siempre, con algunas nuevas experiencias incorporadas dentro de una digitalización que ya estaba en desarrollo. A tal punto se dejó atrás que se puso bajo la lupa el cuidado, la vacuna, el confinamiento (Trump, Bolsonaro, paseándose sin barbijos, otros directamente quemándolos en Plaza de Mayo), menospreciando la importancia del virus a pesar de que en Argentina murieron 135 mil personas, remarcando la idea de una “libertad personal” que habilita versus un “Estado viejo” que limita. La demanda de salir de casa y recuperar la libertad perdida fue captada por las nuevas derechas emergentes como carnada discursiva para instalar un clima cultural.
Tuvimos una infraestructura estatal, dañada, corroída, emparchada, que asimismo en pandemia pareció imponerse, y constatarnos la necesidad de revitalizarla. Sin embargo, cinco años después, regresa la idea de un Estado mínimo, gerenciado, que no puede, ni debe equilibrar la salud, la economía, y la preparación en emergencias para la ciudadanía, apoyados en dilemas bien difundidos de corrupción, burocracias, imágenes virales por redes, entre otros, que la política de turno de aquel momento también nos ofreció.
La pandemia nos dejó una idea del vacío, pero también nos mostró que emocionalmente estamos constituidos con otros, que el vínculo es irreemplazable, que lo que nos hace humanos a fin de cuentas son los ritos, las celebraciones, el duelo, y en ese sentido, en el vértigo de un hoy permanente, somos pésimos alumnos del ayer, por más que reemplacemos la oficina por el living de casa.
* El autor es sociólogo.