¿Dónde estás, mi Mendoza, que no te puedo encontrar?

Basándonos en lo mejor de nuestra historia, se trata de que Mendoza vuelva a encontrar la síntesis que supo tener entre una institucionalidad política muy razonable para el país en que vivimos y un proyecto económico descentralizado pero potente (vale decir, que no depende de una sola actividad, pero que sabe potenciarlas a todas juntas). Límites al poder político y modernización económica diversificada y desconcentrada fue una fórmula que tuvo gran éxito en una provincia que forjó una burguesía propia y no depositó su conducción en manos de caudillos.

¿Dónde estás, mi Mendoza, que no te puedo encontrar?
Portones del Parque General San Martín en la Mendoza antigua.

La generación constituyente de 1915/16 fue esencialmente un grupo de conservadores liberales moderados, que comprendió los nuevos rumbos que expresaba el radicalismo y que además le dio participación incluso a sectores políticamente adversos, tal cual era el socialismo, en la Constitución de 1916.

Como muy bien sostiene el filósofo Arturo Andrés Roig en “los krausistas argentinos” refiriéndose a Julián Barraquero, el principal inspirador de dicha constitución (y de su importante antecedente de 1895): “Barraquero que colaboró con gobiernos opuestos al Radicalismo..... tuvo contactos políticos con él. No es por eso mismo extraño que en su vejez fuera objeto de homenajes por parte de legisladores radicales y haya sido además venerado por militantes socialistas”.

Entre uno de sus objetivos institucionales más importantes, la reforma de 1916, que fue un gran “proyecto provincial” (más que municipalista o nacionalista, como analizaremos enseguida) sintetizó ideas diversas en la búsqueda de limitar los riesgos de que se repitieran caudillismos políticos con tendencias hegemónicas como los que en su faz negativa (a pesar de su monumental obra pública provincial y nacional) expresaba Emilio Civit. Además buscó ponerle límites al nepotismo que durante el siglo XIX habían expresado los gobiernos de familia. Y, por su tono moderado e institucionalista, también se propuso prevenir los riesgos de populismos que, como reacción al elitista sistema político imperante, iban apareciendo en el horizonte.

Y para limitar todos esos excesos pasados, presentes y futuros, uno de los principales méritos de esa Constitución fue intentar fortalecer, en todo lo que se podía en aquel tiempo, el poder municipal como modo de control a un poder provincial excesivamente concentrado en la figura del gobernador y de sus círculos íntimos.

Ese institucionalismo tan mendocino fue además, un gran impulsor del crecimiento económico que durante las décadas posteriores distinguiera a Mendoza de gran parte del resto de las provincias argentinas. Límites al poder político y modernización económica diversificada y desconcentrada, fue una fórmula que tuvo gran éxito en una provincia que forjó una burguesía propia y no depositó su conducción en manos de otro caudillo.

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Demasiado tiempo pasó desde aquel entonces en Mendoza y las cosas han cambiado mucho. Desde el punto de vista institucional, es necesario nuevamente reformas constitucionales profundas, no meros parches a la reforma del 16. Sobre todo ahora que tenemos una democracia sólida de 40 años que también requiere de su propia lógica institucional para prevenir excesos de todo tipo de este tiempo, de los que no estamos exentos. Pero para tener una nueva Constitución, se necesita un nuevo proyecto provincial, de ser posible lo más moderado, sintetizador y consensuado posible como se tuvo en aquel entonces. Y eso es lo que hoy no tenemos. Y sin un buen proyecto provincial adaptado a los tiempos, de poco sirve actualizar una constitución.

Como ya dijimos muchas veces, la democracia en los años 80 en Mendoza fue construyendo una nueva generación política con distintos partidos, cada uno de ellos con una idea de provincia bastante razonable. Incluso con muchas síntesis, implícitas o explícitas, entre ellos.

El justicialismo renovador tomó muchas ideas de los viejos conservadores liberales mendocinos y también del nuevo radicalismo alfonsinista.

El radicalismo mendocino, por su parte, con el tiempo se fue acercando mucho a las síntesis logradas por los peronistas renovadores.

Y los jóvenes demócratas se actualizaron criticando incluso sus anteriores acercamientos a los gobiernos militares.

Todo estaba listo a principios de los 2000 para que una nueva generación produjera una reforma constitucional que expresara los esbozos de un nuevo proyecto provincial. Incluso hasta pudieron conformar una comisión legislativa formada por los mejores constitucionalistas de cada fuerza política. Pero las disensiones internas en algunos de esos partidos, la crisis de 2001/2 que hizo volar todo un país por los aires y luego el hegemonismo kirchnerista nos alejaron de toda posibilidad de construir las nuevas instituciones con las cuales orientar las síntesis políticas de la democracia en ciernes tras un proyecto político provincial compartido. Los partidos políticos, luego de su gran empuje inicial gestando una nueva clase dirigente, tropezaron en el siglo XXI cada uno con crisis internas que aún no finalizan.

El Partido Demócrata, que era una tercera fuerza de control y que en 1999 estuvo a punto de alcanzar la gobernación, luego de la implosión de 2001 inició una gran decadencia de la que aún no se repone. Su lugar fue ocupado por terceras fuerzas como “Fiscal” y “Protectora” que murieron apenas nacieron, por sus inmensas disensiones internas. Y entonces ese espacio de control y eventualmente de alternativa ante los dos grandes partidos quedó vacío, por lo menos hasta ahora que aparece un nuevo intento, que, quizá no casualmente, tiene entre sus principales gestores a figuras centrales del Partido Demócrata como De Marchi, Gutiérrez, Difonso, Balter o Llano, entre otros. Como si se tratase de reencontrar el tiempo perdido.

Apasionante desafío para políticos como Omar de Marchi que, más allá de ganar o perder, pueden reconstruir ese fundamental tercer espacio político que desde que no lo ocupan los “gansos”, no ha podido ser reemplazado por ninguna otra fuerza.

El justicialismo. que había conformado una identidad muy mendocina y una nueva generación más ocupada por definir las bases de un proyecto provincial que por ser la pata local de un partido nacional, sufrió una grave división en 1995 y desde allí, de a poco, el poder fue ocupado por los intendentes que se apoderaron del partido provincial, aunque no les fue bien electoralmente desde 1999 en adelante. Retornarían ocho años después más que por ellos, por los errores del radicalismo gobernante, pero los nuevos gobernadores peronistas fueron incapaces siquiera de imaginar el borrador de un proyecto provincial porque su poder era absolutamente dependiente de los intendentes en lo local y del kirchnerismo en lo nacional. Desde entonces, el justicialismo anda volando por las nubes de Úbeda sin poder encontrar su lugar en Mendoza. La prueba es que el partido lo preside su sector nacionalizado: el kirchnerismo, pero su sustento territorial son los intendentes sólo ocupados en salvar sus municipios, con escasas preocupaciones provinciales o nacionales. Por eso ni siquiera encuentran una figura de candidato a gobernador. Porque carecen de cualquier tipo de proyecto provincial, cuando fueron los primeros que lo bosquejaron en los inicios de la democracia.

Apasionante tarea para peronistas como Emir Felix o Roberto Righi que ya no pueden seguir siendo intendentes y que no parecen ser obsecuentes al kirchnerismo, por lo que si se “desmunicipalizan” un poco, podrán ser líderes refundadores de un nuevo peronismo provincial mendocino.

El radicalismo, por su parte, retornó al poder provincial en 1999 desde un municipio, el de Capital, y cuando se estaba “provincializando” con gobiernos discretos que habían podido conducir razonablemente esos tiempos anárquicos, insólitamente se “nacionaliza” con una extraña concertación llamada “transversal” con el kirchnerismo, lo cual le generó una división interna que le hizo perder la provincia cuando nadie se lo esperaba. Así naufragó otro intento de proyecto provincial.

Con todo ese interín, en este siglo XXI, obviamente Mendoza fue decayendo políticamente, con sus inevitables secuelas económicas en un país manejado por un gobierno nacional hegemónico y populista cuyas expresiones provinciales principales son los gobiernos feudales, de donde proviene el kirchnerismo.

En cualquier reconstrucción nacional, sin dudas, Mendoza deberá reforzar sus instituciones (que siguen siendo en promedio bastante superiores a las del resto del pais) pero para ponerlas al servicio de un proyecto provincial que aún no sabemos definir, como supimos hacer al principio del siglo XX y también en otros momentos de nuestra historia.

La no reelección del gobernador sigue siendo una buena forma de limitar caudillismos (junto a una cultura política no propensa a ellos). Y ahora esa institución se pondrá a prueba si Alfredo Cornejo resulta electo gobernador por segunda vez. En sus manos estará decidir si se tienta por la concentración del poder en un país propenso a ello o si es capaz, entre otras cosas, de usar los recursos de Portezuelo del Viento para concretar las bases materiales de un proyecto provincial mediante un acuerdo para su uso con las otras fuerzas políticas, a fin de que el proyecto se prolongue mucho más allá en el tiempo.

Apasionante desafío, entonces, para radicales como Alfredo Cornejo que en el caso de ganar por segunda vez, podrá continuar al Emilio Civit del despotismo ilustrado y el caudillismo hegemónico o al Emilio Civit de las obras públicas y autor de una de las modernizaciones más importantes que tuvo Mendoza. Las dos cosas juntas difícilmente podrá hacer, porque los tiempos han cambiado.

El límite a la reelección de los intendentes (proyecto que se votó en un gobierno peronista y se aplicó en un gobierno radical con consenso, algo renuente, de ambos partidos) puede ayudar a ponerle fin a un municipalismo que fue creando pequeños caudillos o gobiernos de familia y que ahora resultará más difícil. Esto ya comienza a surtir efecto. Hoy se observan varios intentos desesperados de intendentes que no se pueden reelegir (de todos los partidos) que desean a como de lugar mantener su poder poniendo como sucesores a delegados personales. Pero eso suele no resultar por la lógica misma del poder cuando se lo ejerce. En ese sentido hay aquí otra fortaleza institucional a favor de Mendoza.

La peregrina idea sostenida sobre todo por algunos sectores peronistas de que en vez de tener un proyecto provincial, lo que más nos conviene es la de ser parte de un proyecto nacional para que nos ayuden más desde el gobierno central, no ha dado nunca un buen resultado. Y la idea de confrontación plena con la nación no tiene mucho que ver con el modo de ser mendocino que prefiere ponerle límites a la intromisión de los gobiernos nacionales más que el de enfrentarlos directamente, salvo en momentos de mucha bronca cuando hasta pensamos irracionalmente en independizarnos del país. Pero, por nuestra cultura política, lo que más deseamos en una concertación sin demasiadas intromisiones.

En síntesis, con todos sus avatares, sigue existiendo una institucionalidad ya “naturalizada” de los mendocinos, que va más allá de las crisis y defecciones dirigenciales. Cada vez que algo crece demasiado para las necesidades del oasis, aparece una reacción contra la desmesura, consciente o inconscientemente. Si no que le pregunten a Greco o a Moneta o a todos aquellos que intentaron transformarse en patrones de Mendoza ya sea desde el punto de vista político o económico o desde ambas cosas interrelacionadas.

Eso ha pasado en casi todas las épocas de nuestra historia local y nada indica que no seguirá pasando, aunque para prevenir riesgos es necesario reencontrar la mejor Mendoza que hoy no sabemos muy bien donde está, pero que intuimos se halla en nuestras manos si recordamos lo mejor de nuestra historia. La de esa provincia que más allá de las inevitables falencias y claudicaciones de sus dirigentes, casi siempre supo encontrar la síntesis entre una institucionalidad política muy razonable para el país en que vivimos y un proyecto económico descentralizado pero potente (vale decir, que no depende de una sola actividad, pero que sabe potenciarlas a todas juntas).

Ya Sarmiento y otros prohombres profetizaron desde 1830 en adelante que, más allá de la Pampa Húmeda, Mendoza estaba destinada a ser la Barcelona o la Turín argentina. Y muchas veces lo supimos ser. Hoy aún nos queda esa estela, pero debemos honrarla con mucho más esfuerzo del que venimos haciendo en este siglo reciente.

Esta semana se conformaron las fuerzas políticas que intentarán la odisea de volver al futuro volviendo a la mejor Mendoza de siempre. En la semana que viene se definirán los nombres propios. Veremos si esta vez podemos salir del laberinto del cual nos está costando tanto salir.

* El autor es sociólogo y periodista. clarosa@losandes.com.ar

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