Hay lágrimas y sentimientos de desolación y derrota. Desolación es una palabra enorme. Tiene tantos sinónimos: tristeza, desamparo, desconsuelo, amargura, abatimiento, dolor, devastación, aridez, tormento.
¿Qué decir de la desolación de Luciana?
¿Qué pensó una bebé de tres años cuando recibió un golpe?
¿Quién contestó sus preguntas más elementales sobre las lastimaduras que la herían?
¿Quién respondió a sus gritos de: ay, me duele?
¿Quién a sus llantos?
¿Quién llenó su plato vacío, la mamadera hueca, el juguete que nunca llegó, el tiempo de abrazos y besos que no alcanzó en su estatura de criaturita mínima?
¿Qué son esas bestias que aterrorizan ovejas mansas y devoran corderos que no alcanzan a dar ni un berrido de protesta?
¿Qué son?
Y nosotros, ¿qué somos?
¿Hasta cuándo deberemos soportar esos demonios sueltos, cerrando los ojos a realidades que sólo nos sorprenden cuando el daño ya es irreversible?
¿Es que estamos derrotados?
Derrota. ¿Derrota completa? Parece que sí. Que nos han vencido de tanto que golpean las bestias en nuestros valores más dignos, haciendo arenita fina con aquello que deberíamos defender con voluntades de rocas. Hace mucho tiempo que nos quieren desbaratados, achatados, perdidos.
Leyes.
¿Qué leyes? ¿Las escritas?
¡Lindas letras para mirar, pero que no se ejecutan!
La muerte de Luciana es el camino del infierno empedrado de buenas intenciones. Calla el pueblo y las autoridades. Callan todos. Hoy Luciana es noticia, indignación populachera. Mañana no. Mañana se irá del Dakar algún volante cotizado que ocupará primera plana; alguna diva mostrará generosos glúteos y senos; escandaletes de divorcios y truquitos politiqueros; los del primero, segundo y tercer mundo seguirán con su diatriba sempiterna. De Luciana se habrán olvidado.
No habrá castigadores ni castigados. ¡Qué importa que muera una niña golpeada, sin padre ni madre responsables, prisionera del dolor y del hambre, esclava por nacimiento! ¡Qué importa! La desdicha, de todos modos, ya golpeó en nuestras puertas. Como con las mujeres maltratadas y los ancianos abandonados. Desolación y derrota están adentro del país y no hay trámite para deportarlas. Se han quedado con ciudadanía propia.
Pensemos, pero no en silencio.
Alicia Dúo - DNI 4.757.981