Hoy, a los 32 años, es arquitecto y puede mostrar el resultado de aquella idea: una casa de 33 metros cuadrados, construida por él mismo sobre un viñedo de Chacras de Coria. La obra le demandó tres años de trabajo, principalmente durante sus tiempos libres y fines de semana. La diseñó, levantó buena parte de sus estructuras, trabajó la madera, incorporó materiales reciclados y registró prácticamente todo el proceso.
En ese momento comenzó a trabajar y a ahorrar. Había recibido el apoyo de un padre del corazón, pero quería tener sus propios recursos y no depender económicamente de otras personas. Se propuso guardar dinero y, si no necesitaba utilizarlo ante alguna emergencia, destinarlo a construir una casa sobre el viñedo que había heredado de su madre.
La ocurrencia fue tomando forma durante sus años de estudiante. La primera idea apareció en 2014, cuando cursaba tercer año de Arquitectura en la Universidad Nacional de Cuyo. Sin embargo, cuando llegó el momento de concretarla, descubrió que los ahorros no alcanzaban para levantar la vivienda que había imaginado.
«La plata que había ahorrado como alumno no me servía de nada. Entonces dije: bueno, la construyo con mis manos», recordó.
Hizo cuentas y encontró una alternativa. Si asumía personalmente la mayor parte de la mano de obra, podía reducir considerablemente el costo. Lo que inicialmente parecía insuficiente para construir una vivienda convencional terminó convirtiéndose en el punto de partida de un proyecto distinto.
El 10 de septiembre de 2022 comenzó a trabajar en el terreno. La construcción se extendió durante tres años y más del 90% de las tareas quedaron en sus manos. Algunas cuestiones específicas, como los trabajos de metalúrgica y las instalaciones sanitarias, necesitaron intervención especializada.
Una casa que cambia según quién la habita
El principal desafío era resolver muchas necesidades en apenas 33 metros cuadrados. Esaín no quería simplemente construir una vivienda pequeña y acomodar allí los muebles. Buscó otra manera de pensar el espacio.
A ese concepto lo llamó «tipología transformable». En lugar de diseñar habitaciones con funciones predeterminadas, organizó el ambiente para que pudiera cambiar de acuerdo con las actividades que necesitara realizar.
Los servicios —baño, cocina y otros espacios de guardado— quedaron concentrados en los laterales. De esa manera consiguió liberar unos 20 metros cuadrados centrales, donde integró el mobiliario a la propia arquitectura.
Las mesas, las sillas, la cama y otros elementos no ocupan permanentemente el ambiente. Se despliegan, se guardan o se modifican según el uso. El mismo lugar puede funcionar como dormitorio, comedor, estar o escritorio. También puede convertirse en una sala de degustación o quedar completamente despejado para otras actividades.
El techo incorpora otro mecanismo. Al abrirse, permite desplegar una plataforma que genera un espacio habitable a mayor altura. Una escalera permite acceder a ese sector, desde donde se obtiene una vista diferente del viñedo.
La intención es aprovechar cada metro disponible y evitar que la vivienda quede limitada a una sola función.
«No pensé el espacio desde una casa, sino desde las situaciones esenciales que necesitaba resolver como usuario: vivir, trabajar y también entender el proyecto como una inversión», explicó.
Lautaro Esaín construyó su casa sobre una viña.
(Gentileza)
Construir, filmar y compartir la experiencia
Mientras avanzaba con la obra, Esaín decidió registrar todo. Si iba a dedicar varios años a construir con sus propias manos, también quería mostrar cómo lo hacía y compartir las decisiones que había tomado.
Filmó las distintas etapas y luego publicó el material en redes sociales y en YouTube. El registro incluye desde los trabajos iniciales hasta las tareas más complejas, entre ellas el montaje de las grandes estructuras que sostienen la vivienda.
La experiencia también se convirtió en un libro, titulado La ¿CASA? del Viñedo, en el que reúne el proceso y las reflexiones que surgieron durante la construcción.
El proyecto tuvo además un reconocimiento profesional. Fue seleccionado como finalista del Premio Edificar 2025, en la categoría de obras construidas por arquitectos de hasta 35 años, y recibió una mención.
Pero para el arquitecto el resultado no se limita a la obra terminada. Su intención fue experimentar con otra manera de ejercer la profesión y demostrar que las restricciones económicas también pueden abrir caminos diferentes en el diseño.
«Me propuse buscar algo distinto, tratar de aportar algo al mundo desde la arquitectura», dijo.
El número 12 y la historia familiar
La casa tiene también una dimensión personal que va más allá de su funcionamiento. Uno de los elementos que se repite es el número 12, presente en las columnas que sostienen la estructura y en distintos componentes de la vivienda.
Para Esaín representa la idea de los ciclos: las horas del día, los meses del año y el cierre de una etapa para comenzar otra.
Ese número también está relacionado con los homenajes que incorporó al proyecto. Una cava con doce compartimentos y referencias a los signos del zodíaco recuerda a su madre, vinculada con la astrología. Otro sector, denominado muro de la manifestación, está dedicado a su padre y permite que quienes visitan la vivienda escriban sus propios objetivos y los incorporen a la estructura.
También hay un homenaje a su padre del corazón, que lo acompañó durante los años posteriores a las pérdidas familiares.
Así, algunos elementos constructivos y del mobiliario terminaron adquiriendo un significado que no se advierte a primera vista. La casa es también una manera de reunir fragmentos de su historia.
Una casa que podría tener otro destino
Después de tres años de trabajo, el arquitecto tiene una idea que puede resultar tan inesperada como la decisión inicial de construir sobre un viñedo: quiere vender la vivienda.
No pretende hacerlo como una propiedad convencional, valuada solamente por sus metros cuadrados y características inmobiliarias. Le gustaría que se reconociera el trabajo intelectual y manual que hay detrás de la obra, como sucede con una pieza artística.
«Mi sueño es vender la casa como una obra de colección y con ese capital volver a hacer otra cosa medio loca», contó.
La posibilidad todavía es un proyecto, no una operación concreta. Pero explica bastante bien su manera de entender la experiencia: no se trata de quedarse necesariamente con lo construido, sino de utilizarlo como punto de partida para nuevos desafíos.
La ¿CASA? del Viñedo comenzó como una idea de un estudiante que buscaba resolver su futuro con los recursos que tenía a mano. Terminó siendo una vivienda, un experimento arquitectónico, un libro y un registro audiovisual de tres años de trabajo.
Y quizás esa sea la parte más interesante de la historia: Lautaro Esaín no solamente construyó una casa sobre una viña. También encontró una manera de convertir una necesidad personal en un proyecto profesional que todavía no considera terminado.