No juega el partido, no hace goles, ni defiende cuando el equipo gana 1 a 0 y faltan cinco minutos, pero aporta lo más importante de eso que no cuenta en el estricto marcador: el color, la pasión, y la construcción de una atmósfera adecuada. Eso es el hincha, el que no pudo estar en Godoy Cruz - Independiente Rivadavia.
Aparece el cuerpo arbitral, y detrás de ellos los veintidós protagonistas. El silencio y la apatía de un imponente Estadio Malvinas Argentinas vacío se rompe con una tenue ronda de aplausos, y aliento de unos pocos allegados por cada lado. Nada más suena. Ni cantitos, ni fuegos artificiales. Los futbolistas levantan la mirada y saludan a una ausente multitud, que lo sigue a través de la fría pantalla de una televisión. No hay bombas de humo ni papelitos, ni niños enamorándose de sus colores y creando recuerdos imborrables. Sólo silencio.
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Godoy Cruz e Independiente Rivadavia, a puertas cerradas en el Malvinas
Ramiro Gómez
Si uno llegara al pupitre de prensa del estadio provincial sin saber el contexto de este encuentro a puertas cerradas, tranquilamente podría pensar que se trata de un amistoso de pretemporada, o de uno esos partidos de un torneo amateur, aquellos que los futbolistas frustrados disfrutan cada sábado con el grupo de amigos. Nunca se imaginaría que se trata del juego más importante del año para Mendoza.
Las tribunas que componen el escenario más grande de nuestros pagos hoy no sirven como motivación, sino como un recordatorio demasiado visible de lo que no está, dejando lo más hermoso de este deporte por fuera de la ecuación. Hoy no hay cruce de cantitos, ni trapos con los nombres de los barrios. Sólo silencio.
El país podría haber sido testigo de una verdadera fiesta, de una demostración del poder de los clubes locales. El sentido de pertenencia de los nuestros tenía la chance de atravesar fronteras, y demostrar que somos más que una plaza para Copa Argentina o para duelos de verano. Pero este sábado no pudo ser. Ojalá que sea la última vez que tenemos una fiesta sin invitados, con las mesas vacías, y las ausencias retumbando en el gigante salón, provocando ese depresivo silencio.