Sup. Cultura Sábado, 24 de octubre de 2015 | Edición impresa

Violeta Gorodischer: persiguiendo el presente

Autora del recientemente editado “Sueños a 90 centavos”, libro de cuentos que ganó el premio del Fondo Nacional de las Artes, la escritora, cronista y editora Violeta Gorodischer (34) nos cuenta en esta charla sus búsquedas e inquietudes a la hora de narr

Por Claudio Pombinho - Especial para Cultura

Entre su primera novela (“Los años que vive un gato”, Tamarisco, 2011) y su siguiente libro de crónicas acerca de búsquedas espirituales contemporáneas de la clase media urbana (“Buscadores de fe”, Emecé, 2012), la escritora y periodista Violeta Gorodischer recibió una invitación para participar en una antología de cuentos eróticos escritos por mujeres.

El formato de historias breves le resultó ideal para desarrollar antes de embarcarse en el intenso proceso de otra novela, y así, en un año, escribió “Sueños a 90 centavos”, libro que finalmente ganaría el premio del Fondo Nacional de las Artes con un jurado compuesto por Mariana Enríquez, Guillermo Saccomano y José María Brindisi y que finalmente editó la prestigiosa Seix Barral. 

Promediando la charla que compartimos con ella en Buenos Aires, Violeta dice: “No sé si necesariamente tenemos que aportar belleza al mundo con la literatura. Tal vez tenemos que aportar otra cosa, despertar preguntas, iluminar zonas, grietas…  Generar algo de incomodidad”.

Lo dice en el mismo tono calmo y alejado de pretensiones que mantendrá a lo largo de toda la entrevista, y tiene sentido: “Sueños a 90 centavos” es un fiel retrato de miedos, culpas y deseos de la clase media a través de personajes de ficción que deambulan a tientas en esa zona gris cada vez más espaciada que existe entre la juventud y la adultez, entre los mandatos del mundo que fue y la abrumadora incógnita que todas las posibilidades del que será despierta, todo a través de un logrado registro que evoca un tono similar al de una crónica. Precisamente, por ese lado comienza la charla:

-Hay una especie de mezcla entre crónica y ficción en el libro, ¿lo concebiste así?

-Se dio naturalmente, creo que al trabajar también como periodista tengo un método casi de cronista pero con historias inventadas. Los escenarios, las situaciones, las características de las personas tienen que ver con una observación que traigo muy inculcada por el trabajo, entonces quizás se genera un género distinto.

El otro día me decían que era una especie de “realismo post-realista”, como perseguir el presente de manera literaria. Son cuentos con mucha actualidad por el contexto en que se dan, pero son ficción, y siempre trato de poner al personaje por delante del tema. Me da la sensación de que muchos escritores quieren escribir novelas sobre grandes temas para tener discurso sobre ellos. En mi caso no me interesa tanto esa búsqueda sino pequeñas situaciones de la vida cotidiana contextualizadas por supuesto en escenarios particulares.

No es que “escribo sobre el arte” sino que lo hago sobre un artista en una determinada situación que me interesa o me llama la atención. Tengo mi propia mirada respecto a estas cosas que cuento, pero trato de no juzgar a los personajes, o sea, trato de ponerlos en situaciones y dejar que las cosas sucedan y que cada lector tenga su propia visión de eso: me he encontrado con gente que dice “Qué divino tal personaje” y otras que me dicen que ese mismo personaje es una porquería de persona… 

-Esa relación entre discurso y experiencia está muy bien retratada en “Hombres bomba”, el cuento cuyo protagonista es un escritor…

-Ahí trato de hacer un escenario acerca del mundo de los escritores donde también puede haber a la vez una especie de autocrítica con cosas que le pueden pasar hoy en día a cualquier escritor. Creo que todos los que estamos en esto nos podemos ver reconocidos en esos lugares, por supuesto que algunos más y otros menos, pero me parece que no hay escritor joven que no haya pensado en estrategias discursivas, narrativas, premios potenciales…

 De hecho incluyo los nombres de premios a los que yo misma me presenté. Creo que el escritor de ese cuento es una especie de Frankenstein de los escritores de mi generación, con un montón de búsquedas que están en el aire y que todas juntas, tal como las quiere hacer este personaje enceguecido por la ambición, empiezan a hacer un poco de agua, como nos pasa siempre que pisamos sobre lugares comunes. 

-¿Y en la carrera de Letras en la UBA con qué te encontraste en ese sentido?

-Fue particular porque hice toda la carrera trabajando como periodista, entonces en un momento si bien no dejé de cursar empecé a distanciarme un poco del sobrediscurso académico, de la metatextualidad. En un punto, de tanto ver todo eso, la literatura de temas me saturó. Pero siempre esas lecturas me parecieron interesantes, y este libro de hecho está plagado de referencias literarias que tomé de la carrera, una carrera a la que estoy agradecida, que me encantó y que me formó como escritora.

Si bien uno estudia letras para ser crítico a la vez sirve para escribir porque te guía, y a lo mejor en ese sentido de otra manera no habría llegado porque no sé si tengo el chip autodidacta tan encendido. Necesito que alguien me guíe, y tuve grandes profesores, teóricos. Después me fui metiendo mucho en el ámbito periodístico y de esa mezcla nace esto, un género que no puedo definir pero que sería un poco de literatura para literatos con algo de esa formación de la prensa.

-En uno de los cuentos un personaje menciona que la literatura de los noventa no dejó ningún terreno fértil, ¿es también tu opinión?

-No, para nada. De hecho opino todo lo contrario, a mí en particular la literatura de los noventa me formó. Yo entré en la carrera de Letras en el año 2000 y muchos de los escritores de los ’90 sedimentaron en esas cátedras, y así tuve acceso a la poesía de los noventa, a Aira, Guebel, Pauls, Fresán, Sarlo, Mariasch…  En realidad yo pienso todo lo contrario, te diría que le debo mucho a la literatura de los noventa. 

-El libro, si bien tiene mucho de humor, en ningún momento permite al lector sentirse cómodo con lo que va leyendo, ¿qué te propusiste en ese sentido? 

-Me parece importante explorar grietas a través de la escritura, si no te incomodás escribiendo y a la vez incomodás al lector me parece que pierde un poco de gracia la escritura. Desde las crisis de parejas a la desesperación de una chica por tener hijos o los circuitos internos de la amistad, que no siempre son tan honestos como parecen: son todos cuentos que intentan arrinconarte a través de esos fantasmas que nos acechan desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, la idea es que el lector no termine de estar cómodo nunca.

También intentan ser cuentos ágiles, transparentes, con cierto humor, pero siempre en algún punto buscan arrinconarte. Como Lorrie Moore, una escritura norteamericana con personajes a los que les pasan cosas terribles pero lo cuenta con mucho sentido del humor, entonces nunca estás demasiado cómoda, o sea... los pasás porque medio te sacan también una sonrisa, o tienen buenas escenas, lindas descripciones, pero al final te queda una visión rara.  

-Por último, en una entrevista reciente comentaste que estás trabajando sobre una nueva novela, ¿por qué lado viene?

-Me interesa seguir explorando esta búsqueda de desarrollo de personajes en situaciones puntuales. Para otros la historia es un accesorio para hablar de grandes tópicos. En mi caso no es así y quizás por eso sea más sencillo en ese sentido mi camino o mi búsqueda, al menos por ahora.

De otra manera no sería honesta ni con las cosas que me gusta leer ni con las que me gusta escribir: soy muy devota de la literatura norteamericana de los setenta o la argentina de los noventa, que tiene una búsqueda que en buena parte va por este lado. Por lo menos en este momento de lo que hago, también creo que uno puede ir mutando.

Con el libro de cuentos siento que pude dar un paso adelante desde la novela anterior porque pude salir de la primera persona y eclosionar en un montón de voces, fue todo un ejercicio trabajar la voz de un adolescente o la de un viejo. Para construir el cuento “Antonio” leí mucho de Kjell Askildsen, un noruego traducido por Fogwill que escribió muchos cuentos sobre viejos, o para el del retiro católico leí mucho de las narraciones de colegios católicos irlandeses de Walsh, busqué registro verbal, visual, hay todo un trabajo que me atrapa en eso de mutar en otro en lugar de narrar desde esa primera persona que te sale naturalmente.

Puede que en mi próxima novela termine tocando temas más amplios, pero si lo hago va a ser así, siempre un poquito de manera tangencial, nunca tipo (pone voz gruesa): ‘Yooo escribo sobre la crisis de...”. Ese tipo de cosas no tienen nada que ver conmigo.