Opinión Espectáculos Sábado, 8 de septiembre de 2018 | Edición impresa

Yo, la peor de todas - Por Mariana Guzzante y Patricia Slukich

Estereotipadas, demonizadas, simplificadas... las mujeres suelen aparecer en los medios bajo estos estigmas.

Por Mariana Guzzante y Patricia Slukich - mguzzante@losandes.com.ar

La literatura lo problematizaba ya en las Redondillas de la mexicana Sor Juana (“hombres necios que acusáis”) y, retomando el asunto, Alfonsina en las arenas argentinas salió a gritarlo tres siglos después en “Tú me quieres blanca” mientras aconsejaba llevar en la cartera un lápiz como arma cargada de futuro. 

“¿Por qué grita esa mujer?, interrogaba atormentada Susana Thénon. Y respondía con dolorosa ironía: “vaya a saber/estará loca esa mujer”. Ellas (y tantas más) necesitaron denunciar esa obsesión cultural por “diagnosticarlas”: locas, brujas, putas, malas. 

La tradición moral y religiosa fue estaqueando paradigmas: la mujer- madre, la mujer-niña, la casadera pero casta. Fuera del ideal y estigmatizadas por todo el cuerpo quedaron las madre solteras, las que deciden no parir, las que expresan abiertamente su deseo sexual, y así hasta las que utilizan lenguaje inclusivo. 

Claro que los medios tienen sus flexibilidades. La mujer, buen adorno para las páginas de chimentos, puede ser (un poco) hot siempre que su “provocación” funcione para el ratoneo. 

En los últimos debates acerca de la mujer y los medios, los mecanismos de objetivación respecto a esta imagen social y cultural femenina se han vuelto más visibles en aspectos en los que antes no se reparaba.

Uno de ellos es el territorio policial; es decir, cuando las mujeres son protagonistas en algún delito. Casos como los de Johana Chacón, Soledad Olivera, Julieta Silva, Nahir Galarza; o más atrás en el tiempo, María Soledad Morales, Marita Verón, Romina Tejerina o María Cash son ejemplos de cómo los discursos mediáticos construyen el imaginario.

“Los medios son actores políticos fundamentales en la disputa por lo que se entiende como ‘sentido común compartido’ en una sociedad. En este sentido, como sabemos, las ideas que circulan por los medios hegemónicos no son neutrales, sino que colaboran en la producción y reproducción de las ideas de la clase dominante y sus intereses”, introduce Valeria Hasan, comunicadora, investigadora del Conicet y miembro de la Red Par. 

“En relación a las coberturas de noticias sobre violencia de género/femicidios, por ejemplo, ha sido largo y dificultoso que los grandes medios de comunicación encaren tratamientos respetuosos de las víctimas enmarcadas en lo que se ha denominado periodismo de género. Existen hace ya un buen tiempo decálogos y recomendaciones para la construcción de noticias sobre violencia de género que no siempre son tenidas en cuenta en las redacciones y muchas veces prevalece la perspectiva de la noticia morbosa y amarillista del policial por sobre la problemática social, política y cultural de la violencia de género”. 

Los dos sucesos más recientes son los que tienen a Silva y Galarza como protagonistas. “Las páginas de los matutinos y los programas de radio no han dejado de hablar de la vida íntima de estas mujeres sin respetar ninguna de las recomendaciones para este tipo de noticias -explica Hasan, y continúa-. Rita Segato habla de pedagogía de la crueldad en relación a los medios de comunicación. Según Segato, una de las consecuencias de esa pedagogía de la crueldad es la pérdida de la empatía. Aprendemos a no tener empatía, a regodearnos con el dolor ajeno”.

Esta operatoria discursiva mediática también funciona desactivando la “empatía” en otros tópicos de la opinión pública, donde se dirimen y debaten cuestiones sociales, políticas y culturales; como la inmigración, la diversidad sexual o las diferencias de clase.

Soledad Gil , por su parte, es investigadora, autora de “Violencia de género en la prensa argentina” y otros artículos relacionados. Respecto a la relación entre discurso mediático y género, profundiza: “en la compleja relación entre medios de comunicación y mujeres, lo que se intenta visibilizar para transformar, desde la mirada de género/feminista, es el carácter androcéntrico de los medios”. 

¿Las mujeres en los medios? 

Si bien las problemáticas relativas a las mujeres han ido ganando espacio en la agenda pública y mediática, encuentran ese espacio encasilladas en los “cánones” estipulados por el discurso dominante de género, desatendiendo la equidad y los derechos. “Por ejemplo, las imágenes de mujeres operan estereotipos que las simplifican hasta la distorsión: el modelo hegemónico reproducido y reforzado por los medios atañe a una mujer joven, blanca, en lo posible rubia, flaca, alta, madre”, explica Gil. 

También analiza esta investigadora, el tema del lenguaje, hoy en debate: “El lenguaje, la capacidad de nombrar y construir simbología, es crucial en la lucha y disputa por los sentidos sociales, las representaciones, los imaginarios e ideas de mundo. Desde una mirada crítica y de género, el lenguaje no es neutro, ni objetivo, ni fijo e influye en las relaciones de poder existentes entre varones y mujeres”. 

Gil acude a citar una categoría de la ex Defensora del Público, Cynthia Ottaviano, que afirma que hay “una policialización de las mujeres en los medios” y detalla que de lo que se trata es de “estrategias comunicacionales que las revictimizan y refuerzan violencias desplazando, a través de la banalidad y la espectacularización, la posibilidad de un tratamiento en contexto de la problemática”.

También entran a tallar aquí asuntos relativos a la clase social y la “racialización”. Explica Gil: “Recordamos el tratamiento que recibió el femicidio de Melina Romero y cómo se puso la lupa en su vida privada, su intimidad, su entorno más cercano dada su condición social. A diferencia de lo que sucedió con el femicidio de Ángeles Rawson, sobre el cual se montó un show mediático alrededor de su muerte pero se activaron otras estrategias dada la clase social de la joven. Por ejemplo, algunos medios utilizaron la situación para reforzar otras ideas como las de seguridad ciudadana atendiendo a sus propios intereses. En otras palabras, la víctima mala versus la víctima buena bajo tratamientos sensacionalistas”.