Opinión Vecinos Domingo, 4 de marzo de 2018 | Edición impresa

Vendimia del gradualismo y del crecimiento invisible - Por Carlos Salvador La Rosa

Mucha apatía en la política vendimial, salvo Cornejo que le puso épica y autoglorificación a su discurso.

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@ losandes.com,ar

Al analizar la  Vendimia 2017 dijimos que “al igual que el año anterior, los empresarios se mostraron benévolos con los nuevos gobernantes. No pidieron gran cosa ni los políticos les ofrecieron gran cosa. Sólo mostraron preocupación por la inflación, como insinuando que si el año que viene no se frena en serio, las simpatías mutuas comenzarán a perderse”.

Este año los empresarios actuaron igual que el año anterior y que el anterior al anterior. Siguieron advirtiendo sobre la inflación pero las simpatías mutuas no se perdieron, incluso parecen haberse incrementado, en un romance digno de película de amor.

No vino Macri pero sí su peso pesado, el jefe de gabinete Marcos Peña al que algunos errónea aunque interesadamente comparan con Capitanich cuando cumplía igual rol para Cristina K, pero éste jamás tuvo poder y decía sandeces por doquier hasta devenir un hazmerreír. Peña, en cambio, es un primer ministro de hecho, leal al presidente pero con autonomía de criterio. Ahora bien, es como si no hubiera venido o venido cualquier otro día porque sólo habló del Gobierno nacional y sobre Vendimia se vino a poncho.

Cornejo, en cambio, fue enfático y prolongado. Se cansó de enumerar pequeños pero multitudinarios aportes para la vitivinicultura como diciendo a los empresarios que el gobierno cumplió en todo y más, pero que ellos seguían sin satisfacer las expectativas. Además transformó el haber logrado frenar el impuesto al vino en una lucha épica liderada por él como si fuera un nuevo Cid Campeador. Quizá exageró un poco, pero él es así.

Apasionado, tanto para autoglorificarse como ayer o para tratar de loco al líder del sindicato docente.

Los empresarios, por su parte, pidieron poco y nada y sugirieron que quizá se requiera un nuevo plan estratético vitivinícola, insinuando que el actual ya se agotó, pero sin que parecieran tener en claro por cual lo remplazarán.

En general, casi nadie tuvo mucho que decir sobre sí mismo, ni criticar a los otros, aunque todos reconocen la crisis de la industria vitivinícola. 

En eso se asemejan al clima  impuesto por Macri en el país: el del gradualismo, por el cual se hacen muchas cosas pero ninguna demasiado disruptiva a ver si se avanza por acumulación sin que nadie se enoje demasiado. Y todos con la esperanza del “crecimiento invisible”, esa esperanza (que puede prestarse a la humorada) con la cual el Presidente afirmó en su discurso ante la Asamblea Legislativa que en estos dos años se ha hecho muchísimo pero que al haberse trabajado por debajo (como el intendente que primero hace las cloacas antes de asfaltar las calles) todavía no se ve nada por arriba. Puede ser que sea así, pero lo cierto es que nadie está demasiado seguro  que el gradualismo genere crecimiento (invisible o no) y más bien semeja una apuesta como diciendo: estamos haciendo todo más o menos bien por lo que algún día deben verse los resultados. Como que están esperando que arranque el motor de un coche que parece tener todo en orden pero aún así no arranca y nadie sabe bien porqué.

Tratando de sacar algo más en limpio de lo poco que se dijo, un conocedor del tema opinó que la industria de la vid requiere reformas, pero que no nos engañemos, que a ella ya no se le puede pedir más, que la vitivinicultura podrá seguir siendo el corazón cultural de la economía mendocina, pero ya no le alcanza para ser el motor del crecimiento: “Forraje, ganadería, frutas secas, turismo...., hay infinidad de sectores que debemos multiplicar si queremos una economía que crezca en serio y aceptar los límites que tiene la vitivinicultura en vez de seguirle pidiendo lo que ya no podrá dar”. Para pensarlo.

Así, mientras la tibieza y la corrección políticas dominaban la escena y todo transcurría plácidamente sin trastornos de ningún tipo (ninguna grúa caída) lo único que rompía la monotonía de una festividad calcada de los dos años anteriores, era la consolidación de la contramarcha vendimial, ésa que se cuela en el Carrusel antes de la llegada de los carros. Esta vez fueron innumerables los grupos que se juntaron para manifestar por reclamos sectoriales de todo tipo. Contra todo: contra el item aula, contra el fracking, contra la discriminación a bolivianos, contra el gatillo fácil, contra las fumigaciones aéreas y hasta una queja a favor de algo: a favor de los fuegos artificiales en las fiestas, aunque usted no lo crea.

Muchos funcionarios ardían de bronca por las demoras que generaban tantos manifestantes, pero estos, esta vez,  buscaron adecuarse al espíritu vendimial: así, era agradable ver las comparsas bolivianas protestando con bellos bailes y danzas, buscando atraer las simpatías ciudadanas. 
En fin, que más allá de amores y odios, la contramarcha fue lo único que levantó pasiones en esta por demás desapasionada festividad vendimial.