Opinión Domingo, 13 de enero de 2019 | Edición impresa

Vacaciones cerca - Por Jorge Sosa

Si la guita no se estiró y no pudo pegarse el envión al océano, en su propia tierra hay lugares para vivir días inolvidables.

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Uno apenas si llegó a fin de año, apenas. La plata no es de goma, no se estira, es de papel y se gasta. Hacemos lo posible porque dure más pero dura lo que quieren los anuncios de los supermercados.

Y ahora estamos en vacaciones. Si bien las vacaciones pueden darse en los tres primeros meses del año, es enero, el elegido por la mayoría para ejercerlas de cuerpo entero.  Es que terminamos el año vapuleados por los doce meses y sus contingencias y entonces uno tiene derecho a un parate reparador, a unos menguados días donde hacer nada más que vivir. 

Claro que no siempre las vacaciones sirven para eso, porque hay muchos que vuelven de sus vacaciones más deshilachados que lo que se fueron. Vuelven con el cansancio propio de las  vacaciones y entonces deberían tener vacaciones de las vacaciones. 

Los mendocinos somos montañeses y los montañeses prefieren para pasar sus días de descanso en el mar. Sería hermosa Mendoza con mar pero hasta ahora a ningún gobernador se le ha ocurrido este propósito. De la playita de Luján no pasamos. Por lo tanto la alternativa ha sido siempre el mar más cercano que tenemos: Chile. 

Este año, por las condiciones paupérrimas en las que se encuentran los bolsillos argentinos, la visita a Chile ha disminuido considerablemente. Antes era común una semanita en Reñaca o quince días en Con Con. Ahora algunos se conforman con dos días en Viña un día de playa y de vuelta al pago, a mi Mendoza, ay, ay, ay, sí, sí.

Pero no es cuestión de frustrarse con tal posibilidad porque Mendoza tiene atractivos importantes. No por nada el gobierno de la provincia ha instalado en los medios más populares de Buenos Aires, campañas que muestran todas las posibilidades que da esta tierra.  Chin – chin.

Entonces los mendocinos podemos optar para sentirnos confortados en nuestra tierra. Podemos optar por el sur, por Malargüe por ejemplo. Si se quiere conocer a Malargüe, profundamente, no menos de diez días. Sus paisajes son maravillosos y las leyendas que andan arrastrando los vientos del sur un encanto para enamorarse.

Póngale San Rafael, si quiere, la tierra de los embalses. Los Nihuiles, Agua del Toro, Valle Grande, los Reyunos, entre otros pueden hacer las delicias de los más exigentes. Súmele el Cañón del Atuel y tendrá una maravilla completa. 

El Valle de Uco tiene lo suyo, sobre todo en el turismo del vino que ha crecido de una manera inusitada en el lugar.  Muchos turistas vienen con ese encargo y lo pasan de mil amores y mil sabores.

Y aquí nomás, cerquita de la ciudad, uno cuenta con lugares dignos de ser disfrutados,, como Potrerillos, por  ejemplo, y sus variantes: Las Vegas, Valle del Sol, el Salto, las Carditas y algunos que se me escapan. Puede extenderse el deleite haciendo el Camino de la Carrera que une el lugar con Tupungato, un magnífico valle a 2000 metros de altura que cuenta, como telón de fondo el Cordón del Plata, nada menos. 

No me olvido de Cacheuta y del embalse de Potrerillos y todas las variantes que tienen que ver con la cultura y con la historia que guarda los rincones de Uspallata.

O sea que a no quejarse mi amigo, si la guita no se estiró y no pudo pegarse el envión hacia el océano, en su propia tierra hay lugares para solazarse y vivir días inolvidables. 

Es más, aquí no tiene que pensar en cómo conseguir  moneda extranjera, puede conformarse con la propia aunque sólo  le alcance para una pizza para siete. La octava porción no entra en el presupuesto.