Opinión Miércoles, 13 de junio de 2018 | Edición impresa

Un mundo pensado para dos - Por Gabriela Sánchez

Los que decidimos pasar el tiempo con nosotros mismos quedamos bajo la mirada atenta de la sociedad que no entiende la elección.

Por Gabriela Sánchez - gsanchez@losandes.com.ar

Desde las promociones dos por uno para entradas de cine, pasando por cenas, invitaciones a espectáculos, rebajas en sesiones de masajes y tratamientos de belleza, paseos y excursiones, beneficios en los gimnasios, hasta los paquetes de vacaciones con precios bajísimos en base doble, todo indicaría que el mundo -o al menos los descuentos y privilegios- está pensado para pasarla bien de a dos. 

Cuando me refiero a “de a dos”, no hablo solo de parejas sino a un espectro más grande. Porque parece que para disfrutar al máximo hay que estar con alguien: un novio, un colega, un amigo, un hijo, un primo, un padre, un vecino, un compañero, un maestro, un admirador -y por qué no- hasta con un desconocido. 

Las estrategias de ventas no tienen en cuenta las últimas estadísticas que indican que cada vez más personas viven solas. Hogares unipersonales, los denomina el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos. Mendoza no escapa a esta tendencia de las grandes capitales y si comparamos los números de los censos de 2001 y 2010, las casas donde vive una sola persona pasaron de 45.815 a 67.015 en ese lapso.

Es decir, que más de 20 mil mendocinos se sumaron a la decisión de vivir solos en menos de 10 años. De todas formas, el número sigue siendo relativamente pequeño si se compara con los casi 500 mil hogares que hay en toda la provincia.

Además de quedar afuera de todos los descuentos, los que decidimos pasar tiempo con nosotros mismos quedamos bajo la mirada atenta de la sociedad que no entiende la elección. Entonces tenemos que escuchar preguntas del tipo: ¿Te vas sola de viaje? ¿Y el novio para cuando? ¿Por qué tan linda y todavía sola? Y ni hablar de las afirmaciones: “Mejor después hablo con su esposo que va a entender más del tema”, “Algo malo tiene”, “Viste que tiene carácter raro”, “Seguro que en la ampliación de la casa hace la habitación de los chicos”.

En esos casos no hay aclaraciones que valgan para explicar que no se sufre la soledad cuando se  está bien con uno mismo, que no se anda buscando el alma gemela y que no hace falta completar nada. Que viajar solo es una experiencia inigualable, que construir solo es un desafío alcanzable y que las metas de esta generación son muy diferentes a los mandatos de nuestros padres. 

A veces la soledad no es buscada, es la forma en la que toca transitar el camino. En muchas otras, sí es una elección, un modo de vida. Y la soledad no tiene que ver con el egoísmo o el no saber lidiar con el otro. Tampoco está relacionada con la nostalgia y la tristeza. Mucho más alejada está de buscar ser un ermitaño. Porque estar solo no quiere decir que no se disfrute de la compañía cuando es correspondida.

La soledad de la que hablo, en general, tiene que ver con espacios, con momentos para reflexionar y revisar, para crecer y aprender, para alejarse del ruido y escucharse, para descifrar el rumbo y seguir. Y en esos casos el beneficio es mucho más grande que los descuentos y promociones que vienen en los combos de a dos.