Opinión Viernes, 10 de agosto de 2018 | Edición impresa

Un conflicto entre el poder temporal y el espiritual - Por Carlos Salvador La Rosa

Si el Estado se quiere separar de la Iglesia, ahora es la Iglesia la que se quiere separar de este Estado, el Estado macrista.

Por Carlos S. La Rosa - clarosa@losandes

Cuenta uno de los argentinos que habla mucho con el Papa, que antes de que el presidente Mauricio Macri abriera el debate sobre el aborto, Francisco ya le expresaba su temor sobre esa posibilidad.

Y le decía que si ocurriera Macri cometería un doble error, porque le ocasionaría un daño a la Iglesia pero también -y quizá en mayor medida- a sí mismo, porque muchos de sus votantes se enojarían con él mientras que los más fervorosos defensores de la legalización -los sectores progresistas- jamás se lo agradecerían.

Así, cuando el Papa vio que Macri hizo lo que él preveía, al principio se mantuvo preocupado pero precavido a la vez, en tanto el Presidente convocó al debate pero sin tomar posición a favor de lo que convocaba.

Sin embargo, si a Francisco le quedaba un dejo de dudas sobre las  intenciones de Macri, cuando la ley pro-legalización obtuvo media sanción en Diputados, ya no dudó más.

Era Macri, como él siempre supuso, quien había convocado a la guerra. Y entonces decidió responderle con toda la fuerza de la bimilenaria institución religiosa que él preside. 

La intervención de la Iglesia para que se lograra el resultado senatorial adverso a la ley fue decisiva. Se trató de una auténtica cruzada con visos de metafórica guerra santa en contra de los enemigos declarados de la fe.

Y si fue esa su intención o no, a Macri no le quedó más remedio que aparecer como un liberal empeñado en proseguir la línea de laicización del Estado que se iniciara con Roca y tuviera su expresión más contemporánea en Alfonsín, más que como un conservador, aunque en su fuerza política sean más los conservadores que los liberales.

Es que a este hombre le está tocando vivir las más increíbles experiencias paradojales, como que en su gestión sean acusados de corrupción e incluso cayendo presos más empresarios que en ninguna otra gestión, cuando sus contreras no cesan de acusarlo de ser pro empresario.

O ahora, la de convertirse en el más denostado adversario de la Iglesia cuando su pensamiento íntimo (al menos hasta antes que se iniciara el debate) era contrario a la despenalización.

Así, mientras Cristina lo critica por poner al interés empresario por encima de los intereses nacionales, Pichetto le recrimina no haberse jugado a fondo en la cuestión del aborto, lo que lo habría convertido en un líder socialdemócrata a la europea o liberal a la norteamericana.

Mientras que la Iglesia lo acusa de haber abierto las puertas del mal, y los pro-legalización de haber montado todo un aparato de distracción a la vez que ponía a sus principales espadas en contra de la ley que él mismo autorizó debatir. 

El Vaticano, a través de sus voceros periodísticos, le advirtió ayer a Macri haber subestimado la movilización de los católicos y le anuncia que no le será gratis lo que hizo, que el costo político con sus votantes católicos será mucho.

Por su lado, la Conferencia Episcopal Argentina emitió  un comunicado de agradecimiento a los que votaron por su postura, pero que tiene todo el estilo de los saludos que los ganadores de las elecciones efectúan luego del triunfo. 

No obstante, lo cierto es que lo del aborto fue la gota que rebasó el vaso de una mala relación. Quizá no tanto la de Cambiemos con el Papa, pero sí la de Macri con Francisco, ya que este último lo que ha hecho ahora es incrementar al infinito la desconfianza que siempre le tuvo al Presidente, por razones que ni siquiera los argentinos que hablan con él en Roma tienen demasiado en claro. Es que los caminos del representante de Dios en la tierra son tan inescrutables como los de su representado.

Incluso es tanta la inquina que el Papa tiene con Macri que frente a la suposición de que este último quiere proseguir en una línea de separación entre la Iglesia y el Estado, muy posiblemente será la misma Iglesia la que propondrá renunciar a los subsidios estatales que cobran los obispos.

Como una señal de que si el Estado se quiere separar de la Iglesia, ahora es la Iglesia la que se quiere separar de este Estado, el Estado macrista.

Total, con esta medición de fuerzas en el Senado han demostrado que se bastan y sobran para frenar lo que ellos consideran inaceptable. Y quizá sea por eso que los nuevos obispos que se van designando son cada vez más claros militantes bergoglistas.

En fin, que la posición de la Iglesia en este auténtico y a partir de ayer innegable conflicto entre el poder temporal y el espiritual ya está del todo clara.

Habrá que ver cuál será la respuesta del jefe del poder temporal ahora que parece no  haber marcha atrás. Vacilar le servirá de poco o nada ya que con ello no convencerá ni a unos ni a otros.

Quizá deba recurrir a los libros de historia y ver cómo se resolvían estas lides en la Edad Media, cuando solían ser muy frecuentes.

Seguramente encontrará en esos tiempos muchos parecidos con la Argentina actual.