Opinión Miércoles, 11 de julio de 2018 | Edición impresa

Turquía, largo adiós a Occidente - Por Rodolfo Vacarezza

Por Rodolfo Vacarezza - Licenciado en Relaciones internacionales

La reelección de presidente Erdogan en Turquía es un escalón más en el largo adiós del país a Occidente en su deriva autoritaria y confesional. Es que la nación se había occidentalizado, hace más de cien años, en un hecho verdaderamente revolucionario (el otro caso es el Japón de la dinastía Meiji) y aparentemente exitoso de adecuación de sus estructuras políticas, jurídicas y sociales al secularismo y la democracia.

Ese proceso se había iniciado con el movimiento nacionalista de los "Jóvenes Turcos", que, en las postrimerías del Imperio Otomano, preocupados por su desintegración, le habían impuesto al sultán una constitución y un gobierno civil y reorganizado sus FFAA. Pero la transformación se consolidó con Mustafá Kemal "Ataturk" -uno que aquellos jóvenes- que proclamó la República Turca en 1923. La empresa no era del todo artificiosa, porque los turcos en su apogeo habían dominado todos los Balcanes y formado parte como un actor secundario del "Concierto Europeo" del siglo XIX.
¿Cómo comprender ese lento desandar? Una explicación, creemos, puede ser la pérdida relativa de importancia estratégica del país que, tironeado entre dos polos -Occidente/Europa y Oriente/Medio Oriente-, prevaleció en su cuerpo los componentes consustanciados con la geografía: el Islam y la conducción política del tipo "mano dura".

Amarrado fuertemente el país a Occidente por medio de la OTAN en la época de la bipolaridad rígida de la "Guerra Fría", por su posición estratégica, ese vínculo se hizo más laxo en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Pero también coadyuvó un largo proceso fallido de ingreso a la entonces CEE que se inició en 1959 (sólo logró una unión aduanera por el Acuerdo de Ankara de 1996).

El "caldo de cultivo" para la deriva estaba servido, ubicado el país en un contexto regional volátil, de estados intervenidos, de integrismo islámico, de secesionismos latentes (kurdos), guerras civiles, crisis humanitarias, de injerencias extrarregionales,"primaveras democráticas" inconclusas, etc., no había lugar, creemos, para otro desenlace.

Solo faltaba el ejecutor de la transformación. Ese hombre es Recep Tayyip Erdogan y entonces la consigna es la supervivencia, como nación, pero también y fundamentalmente en el poder, de ahí el cambio de régimen político hacia un fuerte presidencialismo (la duda está en las FFAA, otrora garantes del "kemalismo" y hoy aparentemente controladas).

Y así, de Occidente, sólo quedará ese pequeño territorio en las inmediaciones de la fabulosa Estambul, vestigio histórico de la grandeza otomana.