Opinión Lunes, 12 de marzo de 2018 | Edición impresa

Transiciones (y otros aprendizajes posibles) - Por Luis Abrego

Hoy es imposible mirarnos en el espejo de Chile. En Mendoza, un gesto que puede transformarse tradición.

Por Luis Abrego - labrego@ losandes.com.ar

Con el recuerdo aun fresco de la última y traumática transición presidencial en Argentina, causó envidia republicana el clima distendido pero no exento de protocolo en el que ayer Michelle Bachelet le entregó los atributos de jefe de Estado a Sebastián Piñera en Chile.

Como había sucedido hace cuatro años atrás, pero a la inversa (de Piñera a Bachelet), el traspaso de mando es sólo un ritual democrático para nuestros vecinos. Simbólico, claro está; trascendental para vida institucional de esa nación, pero lejos del ninguneo, la batalla de egos y el desprecio por el voto popular que demostró Cristina Fernández de Kirchner con Mauricio Macri.

Los mendocinos, mucho por cercanía, pero también otro tanto por admiración, seguimos con atención el debate político y social de Chile, así como el desempeño de sus autoridades y el comportamiento de sus políticos. Desde afuera, percibimos que lo que allí pase nos afectará en áreas disímiles como el comercio o el turismo, pero también en la cultura y en la integración. Pueblos hermanos al fin, hemos podido comprobar que su ventura es un poco la nuestra, y que sus pesares también nos afectan. Y está bien que así sea.

Alfredo Cornejo entendió tempranamente este vínculo, y ha declarado públicamente su admiración por la institucionalidad y el respeto a la ley que en Chile nadie discute, pues son valores que no son de izquierda ni de derecha, sino parte de un paquete normativo que hace -intrínsecamente- a la reglas del juego. 

Aquella transición casi vaciada de hace dos años, repleta de gestos de destrato con las que Argentina cambió de mano y esta de ayer en Chile en la que los protagonistas, a pesar de ser emblemas regionales del socialismo y del liberalismo; cobra más sentido aquel gesto que tanto Cornejo como el ex gobernador Francisco Pérez pretendieron diferenciar a Mendoza y encapsular por un par de horas las disputas políticas y electorales. Ese desayuno en la casa del entonces gobernador electo, el 22 de junio de 2015, puede ser un necesario punto de partida.

Se trata de una idea extrapolada -justamente- de la reciente tradición chilena que nos recuerda que la política, aún entre antagonistas irreconciliables, no puede ser tensión y conflicto permanente. El diálogo no es debilidad y el consenso jamás puede considerarse una claudicación.

Dentro de 21 meses, Cornejo deberá entregar su bastón y su banda a quien lo suceda en la gobernación. Y no estará mal que un tiempo antes, el vencedor de esa contienda, tras la elección general que lo consagre, sea oficialista u opositor, invite a desayunar a su casa al gobernador saliente.
Ese momento no atenuará las críticas (si las hubiera) ni los elogios (si correspondiera). Ni le quitará rigor a la transición y la exhaustiva rendición de cuentas para alivio del que vendrá.

Apenas podrá ser un suficiente aprendizaje cívico, una acabada lección democrática que ojalá se transforme también en sana tradición local que aleje fantasmas de vuelo corto y refuerce nuestras más ciudadanas convicciones.