Opinión Sábado, 11 de agosto de 2018 | Edición impresa

Tarascones - Por Jorge Sosa

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Si en el fondo todos los hombres somos animales, entonces todos los médicos son veterinarios. Desde que el tipo se irguió, allá en épocas tan oscuras y cavernosas, adquirió los hábitos necesarios para seguir siendo tipo. Entre ellos uno fundamental: comer. 

Suelo mirar documentales en Animal Platet o en Discovery y me encuentro con que hablan y hablan sobre la vida de los animales (algunos extrañísimos y con formas de vida sorprendentes) pero todos tienen un objetivo máximo en su accionar: comer. 

El antiguo refrán dice que el pez grande se come al chico. Y es una verdad a medias porque unas pequeñas pirañas pueden morfarse a un gran surubí, pero es una verdad. 

En la escala de valores alimenticios están los depredadores. En ecología, la depredación es un tipo de interacción biológica en la que un individuo de una especie animal (el predador o depredador) caza a otro individuo (la presa) para subsistir. Un mismo individuo puede ser depredador de algunos animales y a su vez presa de otros, aunque en todos los casos el predador es carnívoro.

Se viven morfando los unos a los otros y solo se salvan los que son vegetarianos. Un vegetariano es aquel que no come carne delante de testigos. 

Pues los seres humanos también cumplimos con la regla y el comer es algo que ocupa, invariablemente, grandes espacios de nuestros días. Es lógico: sin el alimento no hay subsistencia y sin ella no hay vida. Está bien que nos preocupemos, pero a veces nos pasamos de la raya y da la sensación de que lo único importante en la vida es comer. 

El hombre ha creado tantas comidas que ni los más abultados diccionarios gastronómicos podrían abarcar a todas. Las distintas culturas han desarrollado sus formas de manducar y de utilizar los nutrientes que le proporciona la naturaleza de distintas maneras. 

Hay comidas que definen una cultura o un país entero y muchas de ellas se han desparramado por el mundo dando idea de su origen. Así, está la comida española, la italiana, la mexicana, la china, la árabe y tantísimas otras. La norteamericana también aunque su extensión es solo una parte del marketing de Mc Donalds. 

A tal punto nos interesa la comida que no hay revista de interés general que no incluya una sección para preparar platos que son innumerables. Yo creo que una de las profesiones más difíciles debe ser la de chef, porque los vagos tienen que estar informados de las enormes variantes de las verduras, de las carnes, de los pescados, de las salsas y las especies y de qué modo mezclar y cocinar semejante oferta. A los indecisos nos mata el surtido.

No hay programa de televisión, que de popular se precie, que no incluya un espacio destinado a las comidas e, inclusive, hay programas enteramente de comidas, donde los cocineros son los artistas principales de tales entregas.

Claro que para muchos son programas de ciencia ficción, porque si los vagos no puede alcanzar ni un plato de fideos por día, qué les puede despertar el apetito cangrejos de las Bahamas, bambú de la India o caviar al escabeche. 

Y en medio de los programas de televisión que hablan de comida, las propagandas que los interrumpen que también hablan de comida.

Es una parafernalia de morfi, y el morfi, como tradicionalmente fue, se conserva como la sustancia de la vida. Vivimos para comer. O para ser intermediarios en la naturaleza, porque la mayoría de lo que nos mandamos para adentro lo devolvemos. Somos animales. El hombre es el inteligente más animal que existe.