Opinión Viernes, 14 de septiembre de 2018 | Edición impresa

Sobre los treinta - Por Gustavo Gutiérrez

Por Gustavo Gutiérrez - Exdiputado nacional. Presidente de la Coalición Cívica en Mendoza.

En un ciclo de historia argentina coordinado por el historiador Luis Alberto Romero  en el tradicional Club del  Progreso de la Ciudad de Buenos Aires,  se dedicó  una jornada de análisis a la denostada década del '30 del siglo XX,  calificada en su momento por el militante nazi  José Luis Torres como la "década infame".

De la jornada participaron el respetado historiador económico Pablo Gerchunoff  y Luciano de Previtello, que ha estudiado y escrito sobre la presidencia del general Justo. 

Hacia el final del encuentro Romero concluyó  que "no fueron tan infames esos años".

Los expositores destacaron la eficacia en afrontar las secuelas de la crisis de 1929, que provocó una depresión en todo el mundo, la cual se prolongó durante varios años, disminuyendo el comercio internacional a un tercio y afectando notablemente a una economía como la argentina, que se basaba en las exportaciones de cereales y carnes a Europa, en especial a Gran Bretaña.

Una de las dificultades a encarar  fue la política británica de privilegiar la adquisición de alimentos y materias primas en sus dominios de Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica, tema que se propuso solucionar en ese momento la misión del vicepresidente de la Nación, doctor Julio Roca (h).

Los 30 fueron años de construcción de grandes obras públicas, como los 30 mil kilómetros de la red caminera nacional y los cinco mil kilómetros de ferrocarriles,  al tiempo que se incrementaron de siete a treinta los kilómetros de subterráneos de Buenos Aires y se hizo la tercera autopista urbana del mundo con la obra de la General Paz.

Las políticas implementadas por Federico Pinedo -el ministro de Hacienda del presidente Justo de 1933 a 1935- dieron lugar a un ciclo largo de crecimiento que se prolongó hasta la recesión de 1948. Fueron catorce años consecutivos, nunca más repetidos en la historia del país, salvo el que tuvo lugar entre 1963 y 1974, de once años.

La creación del Banco Central, la aprobación del impuesto a la renta, la unificación de los impuestos internos, las Juntas en defensa de la producción y la adopción de un modelo de industrialización con sesgos exportadores fueron puntales de ese proceso, junto al fortalecimiento de YPF, que logró despegar respetando los derechos de las provincias a su subsuelo.

Pinedo reasumió por unos meses el ministerio de Hacienda en el gobierno de Ramón Castillo y lanzó un programa de industrialización vinculado a la formación de un mercado común con Brasil y Chile, para  lograr una industria competitiva y eficiente, capaz de ganar mercados en el exterior.

También bregaba por un acuerdo con el radicalismo, para terminar con la parte negativa del período, como fueron los fraudes electorales en varias provincias argentinas. No fue comprendido ni por sus correligionarios, ni por parte del radicalismo, por más que su líder, Marcelo Torcuato de Alvear, sí había recibido con beneplácito las propuestas de Pinedo para fortalecer la democracia y  coincidir en un programa de modernización.

Merece destacarse que esos años fueron descriptos por escritores facciosos, influenciados por los fascismos europeos y sin rigor. Una mezcla de aislamiento, ignorancia del mundo, prejuicios y politiquería, se combinaron en trabajos como la disparatada  historia de los ferrocarriles argentinos de Scalabrni Ortiz, colaborador de los diarios del nazismo en los años de la Segunda Guerra Mundial. Halperín Donghi, en pocas líneas, demostró las falacias de ese libelo.

Sobre los 30 vale destacar que, en 1991, el dirigente demócrata más notable, Carlos Aguinaga, escribió con el historiador Roberto Azaretto  un libro que fue el primero en evaluar con objetividad y sin anteojeras esos años. Nos referimos a "Ni Década ni Infame",  libro que tuvo varias ediciones.

Posteriormente, Roberto Azaretto publicó "Federico Pinedo, político y economista", biografía de uno de los hombres más notables del siglo pasado y artífice de la recuperación argentina de esa crisis mundial. 

Desde las corrientes socialistas, nada menos que el mecenas de la Escuela de Francfort, Félix Weil, escribió en 1944 en los Estados Unidos "El enigma argentino". En ese trabajo académico, Weil, que colaboró en el equipo de Pinedo, lo califica como "el Franklin Roosevelt argentino", por las reformas que concretó  y por su perfil de estadista capaz de conducir al país al desarrollo industrial y a una mejora del nivel de vida general.

En los trabajos de Azaretto, como en la jornada académica que citamos al comienzo,  se coincide en el vigor que tuvo la vida  intelectual y cultural en esos años, los debates con las corrientes nacionalistas que irrumpían por entonces, las nuevas formas de comunicación como la radio, y el despegue del cine nacional. Publicaciones y películas ganaban los mercados latinoamericanos y el producto bruto de la Argentina sola era la mitad del sudamericano todo.

Aunque también en esos años tomaron auge las ideas aislacionistas, autárquicas, cerradas, conspirativas, que han influido en el largo proceso de decadencia que soporta la Argentina y que ha empobrecido a vastos sectores sociales.

La incapacidad para acordar entre los partidos, como lo intentaron Pinedo y Alvear, debilitó a la democracia y dio lugar a la  aventura de un grupo de oficiales que, mientras las tropas rusas avanzaban sobre Alemania y los aliados occidentales invadían Italia, todavía creían que Alemania ganaba la guerra.