Opinión Sábado, 12 de enero de 2019 | Edición impresa

Sentido común - Por Jorge Sosa

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Debe ser muy difícil arreglar un país que está en desarreglo. Son tantas las variantes que inciden en las acciones de los gobiernos que es altamente difícil de que todas las hagan bien. 

La Constitución es clara, dice, en su preámbulo “promover el bienestar general”. “Promover” es fomentar o favorecer la realización o el desarrollo de una cosa, iniciándola o activándola si se encuentra paralizada o detenida provisoriamente. 

En definitiva, hacer que los habitantes de un país vivan cada vez mejor, que es lo que precisamente no está ocurriendo con el nuestro: aumenta la pobreza, aumenta la desocupación, cada vez se hace más difícil costearnos el día. 

Uno piensa enseguida en el gobierno y a mí me parece por un lado justo y por otro lado, mezquino. Justo porque el actual no ha hecho mucho para promover el bienestar general, más bien lo ha agravado, y mezquino, porque no se le puede echar la culpa a un solo gobierno, son los muchos gobiernos que hemos tenido, incluyendo los del período terrible del país, los que han tenido la oportunidad de mejorar el asunto y no lo han logrado.

La economía sigue siendo una variable de desajuste, nos duele la economía en cada pago, en cada vuelto, aún en las chirolas que no hemos podido juntar y aparece como contradictorio que un país con tantas posibilidades de activación y producción se encuentre peleando entre las naciones más pobres del mundo si hablamos de riesgo país. Es incomprensible. 

Argentina debería ser un lugar adonde todos quisiesen venir, por su geografía espléndida, por la variedad de sus recursos, por el valor de su gente y por las posibilidades que les da a aquellos que quieren hacer algún pesito extra para sus espléndidas cajas fuertes. 

Y sin embargo, las voces que se escuchan en el exterior parecen decir: “Huí de la Argentina, ahí no hay posibilidad alguna”.

Si un país solo tiene para ofrecer cascotes, no puede salir a competir a los mercados internacionales. ¿Qué les va a decir? Miren qué hermosos cascotes tenemos en este país y hay gran cantidad y son muy baratos. Pues la Argentina tiene de todo, de todo lo que les pueda pedir alguien muy exigente, y sin embargo se ve relegada a una posición de postración en el mundo de la oferta.

Yo sé que la economía es una ciencia de difícil aplicación y depende de variables que no cualquiera de nosotros entiende, pero se me hace que al final, después del signo igual, de cualquier resultado, el bienestar debe magnificarse de esta forma: que sea más lo que entra que lo que sale, como en cualquier economía familiar. Pues no lo logramos, a pesar de todas las posibilidades, no lo logramos. Parece que somos nosotros mismos los que deberíamos ser beneficiados los que no nos ponemos acuerdo en cuáles deben ser los beneficios. 

Estamos en un año electoral. Ya vendrán por nosotros las caras viejas y las caras nuevas con sus sonrisas de afiche para hacernos creer que ellos sí van a poder. 

Pues se me hace que por más sonrisas que muestren no van a poder. Digo, me pregunto, me propongo: ¿Sería muy difícil lograr una gran coincidencia entre todas las fuerzas políticas y sociales que integran la nación y llegar a un acuerdo? Fijar el menos diez puntos (el número es al azar) que deberán ser cumplidos indefectiblemente por aquellos que salgan victoriosos. ¿Es mucho pedir o es lo que realmente corresponde en un país que, dividido, no avanza ni un tranco de pulga? 

Sigo pensando en el sentido común y me digo: “Esto así, como va, es lo más común pero no tiene ningún sentido”.