Turismo Domingo, 21 de octubre de 2018 | Edición impresa

Secretos de Fráncfort: la ciudad del poeta Goethe

A orillas del río Meno, la capital financiera de Alemania deslumbra con el contraste entre rascacielos y edificios antiguos.

Por Federico Chaine - fedechaine@hotmail.com. Especial para Los Andes

En Fráncfort se emplaza el aeropuerto más grande de Alemania. Es el tercero de Europa en movimiento de pasajeros detrás del Heathrow en Londres y el Charles De Gaulle en París. Es la quinta ciudad del país. Se ubica a orillas del río Meno y es el corazón financiero de Alemania y sede del Banco Central Europeo. Desde el edificio Euro Tower se regula y cotiza la moneda común del Viejo Continente. 

Fráncfort es una de las pocas ciudades europeas con rascacielos en el casco antiguo, algo que está prohibido en otras grandes urbes por ordenanzas de planificación. El contraste de las torres de cristal con las antiguas iglesias, plazas y residencias a la ribera del río le dan a la zona céntrica un panorama muy particular. 

Lo primero que vi al salir del túnel de la estación de subte Hauptwache fue la iglesia evangélica de Santa Catalina, erigida en 1678. Como casi toda Fráncfort, fue destruida por los bombardeos aliados durante la Segunda Guerra Mundial pero luego reconstruida en 1954.

 

Todos los alemanes entienden el inglés, lo cual fue de gran ayuda para ubicarme pese a que llevaba un plano que había impreso en la compu. Mi interés estaba centrado en conocer la casa natal del novelista y poeta Johann Wolfgang Goethe, hijo dilecto de la ciudad. En las laberínticas calles del casco viejo encontré un cartel que decía Goethehaus y supe que iba en la dirección correcta.

El padre del escritor era un abogado de la clase alta y pertenecía al Consejo Imperial. Vivían en una confortable casa de cuatro pisos estilo barroco tardío. Aquí nació Johann el 28 de agosto de 1749 al mediodía. Se visita la casa y el museo contiguo con exposiciones de pinturas, la otra pasión del notable artista. 

Un viaje en el tiempo

Entré a la casa por la parte trasera después de cruzar el jardín desde donde atisbé la parte superior del edificio Main Tower, de 200 metros de alto, ubicado a pocas cuadras. Allí dentro desapareció la sensación del presente y me transporté a finales del siglo XVIII. Se ha preservado la atmósfera de la vivienda. Hay guías discretamente ubicados que responden dudas o consultas en varios idiomas. Se accede a un recibidor al que llamaban estancia amarilla o de Weimar.

El autor de la nota en la biblioteca de la casa-museo de Goethe.

Allí se ve el retrato de un joven Goethe. El salón comedor o sala azul debe su nombre a este color que en esa época estaba de moda para decorar ambientes. Las paredes y el tapizado de las sillas lucen este tono. La cocina tenía bomba de agua, lo cual era un lujo en ese tiempo porque evitaba tener que salir a recogerla con baldes en los pozos públicos de la ciudad.      

 

La escalera que comunica todos los pisos es de hierro forjado con escalones de madera y tiene inscriptas las iniciales de sus padres JCG y CEG (Johann Caspar y Catharina Elisabeth Goethe).

El toque de distinción

En el primer piso lo más llamativo es el salón de música. Como toda familia acomodada, cultivaban las artes musicales y ejecutaban diversos instrumentos. El padre el laúd,  Johann el violonchelo, su hermana Cornelia el piano y la madre cantaba. Atrajo mi atención un clavicordio totalmente pintado de rojo con imágenes de un paisaje oriental dibujado en la cubierta. El matrimonio tuvo otros cinco hijos pero todos murieron prematuramente.

Cornelia también falleció después de dar a luz a su segundo hijo y Johann fue el único heredero familiar. Estudió abogacía en Leipzig y terminó la carrera en Estrasburgo pero la pasión por las letras pudo más. En el tercer piso estuve en la habitación donde creó sus primeras obras como Götz, Clavijo, la versión inicial de Fausto y la novela Las desventuras del joven Werther. 

En la pieza de al lado había una curiosa caja de madera que era un teatro de títeres donde el niño hacía volar su imaginación. Este artilugio sirvió de inspiración en la novela La vocación teatral de Wilhem Meister. 
 

Escalera de hierro forjado y madera, en la casa del siglo XVIII.

Había pasado de largo el segundo piso pero enmendé el error y me sumergí en la nutrida biblioteca familiar de 2000 libros que abarcan todos los campos del saber. Aquí pasaba horas el joven escritor investigando. Me hice una foto junto a una vitrina que contiene varios ejemplares imaginándome al poeta en su febril actividad creativa.

En 1944 un ataque aéreo destruyó la casa pero los libros, el mobiliario y los objetos de valor habían sido llevados a un sótano y se salvaron. La casa se reconstruyó y fue reabierta al público en 1951. Johann Goethe se convirtió en uno de los escritores más importantes de Alemania y alcanzó fama mundial. Hoy es un clásico de la literatura universal. Murió en Weimar el 22 de marzo de 1832 a los 81 años. 

En Fráncfort se desarrolla cada año la Feria Internacional del Libro. La Buchmesse está considerada como la más importante del mundo en el ámbito editorial.  

 

Dejé la casa y fui en busca del cercano río Meno. En el trayecto pude ir apreciando el parque automotriz ultra moderno que circula por las calles. La ciudad también es sede de la Automobile-Ausstellung (Feria del Auto). 

Caminé hasta el Eisener Steg, el famoso puente de hierro, para hacer fotos panorámicas de la ciudad desde el río. Este centenario puente peatonal es un clásico de Fráncfort. Me llamó la atención una gran cantidad de candados de varios colores atados a la estructura que son promesas de amor eterno que hacen las parejas. Escriben sus iniciales y la fecha y los dejan allí. El encanto sólo dura hasta que vuelven a pintarlo y retiran los candados. Desde lo alto del puente vi la iglesia de San Leonardo, la Torre Rentertum y la cúpula estilo gótico de 95 metros de alto de la Catedral de San Bartolomé erigida en el año 852. 

Desanduve el camino hacia el centro para pasear por la peatonal Zeig, la calle principal donde ocurre todo. Había músicos haciendo su show, gente bebiendo café en las veredas y conversando al sol en los bancos de las plazas. Me topé con una curiosa protesta vegetariana en contra del consumo de carne de cerdo que es, precisamente, el símbolo de la gastronomía germana. 

Museo aeronáutico

De regreso al aeropuerto encontré un museo donde había maquetas de aviones antiguos y una galería de fotos del dirigible Hindenburg, pionero de la aviación mundial.

Viajaba cruzando el Atlántico hasta Nueva York y partía desde Fráncfort. Medía 245 metros y era más largo que un Boeing 747. Transportaba hasta 72 pasajeros a una velocidad de 135 kmh. La era de los dirigibles tuvo un final abrupto en 1937 cuando el mismo Hindenburg se incendió aterrizando en Nueva Jersey y murieron 35 pasajeros.

 

La noticia recorrió el mundo y la secuencia se puede ver en varios documentales. Traté de dejar de lado esa imagen porque tenía que abordar un avión en pocos minutos rumbo a Pekín, la capital de China.