Opinión Viernes, 15 de marzo de 2019 | Edición impresa

Razones para permanecer - Daniel Ostropolsky

Por Daniel Ostropolsky - Abogado

En la película Manhattan (1979), Woody Allen, se preguntó cuáles eran los motivos para vivir y enumeró a quienes lo influyeron: Groucho Marx, algunas películas suecas, el beisbolista Willie Mays, Louis Armstrong, la sinfonía Júpiter (Mozart), Marlon Brando, Frank Sinatra, Cézanne, Jimmy Connors, La Educación Sentimental (Flaubert), el restaurant Sam Wo y el rostro de Tracy (Mariel Hemingway).

Este listado personal, indujo a que los espectadores nos preguntásemos cuáles serían nuestras propias listas y qué mejor ocasión que el inicio de un nuevo año para intentar una aproximación como respuesta.

Creo que la vida es tan maravillosa que existen suficientes razones personales e íntimas que acicatean el deseo imperioso de permanecer, tal como la experiencia frente a la naturaleza al disfrutar la majestuosidad de la montaña, o el impacto de la brisa del mar sobre el rostro, o al contemplar una puesta de sol o las interminables formas del movimiento del agua o del fuego, en los que la intensidad de sentimientos nos conectan con la magia de la vida y al percibir la belleza de lo inanimado nos afirma en nuestra condición de seres vivos dotados de la inagotable capacidad de sentir.

En la interacción con quienes tenemos directa relación personal se despliega nuestra personalidad, como la sensibilidad, emoción, comprensión, deseo y entendimiento, englobadas en el amor que es la expresión más representativa de nuestra condición humana, la que nos fija fuertemente en el convencimiento que vale la pena vivir.

Es en el amor de pareja donde el deseo profundo expresado inmemorialmente en la cultura occidental a través del beso, reproduce simbólicamente, según la tradición bíblica, el instante en el que después de haber creado al hombre, Dios le insufló vida a través de un soplido. Es la alegoría de la continuidad vital, el momento en el que los humanos reproducen el acto original de la creación divina y prolegómeno de la mágica generación de nueva vida.

De igual modo ver nacer, crecer, transmitir, enseñar y aprender de nuestros hijos y nietos, reconociéndonos en sus rasgos y gestos, es un estímulo de ida y vuelta ratificatorio de nuestro deseo de acompañar su desarrollo.

La vida además nos ofrece el privilegio de la amistad, aquella que Horacio aludiendo a Virgilio definió como “la mitad de mi alma” y es ese vínculo inasible que nada requiere y sin embargo todo lo da, cuando el tiempo compartido se desliza lenta y silenciosamente, donde las palabras pronunciadas dicen tanto como los silencios en la seguridad de ser entendidos y las emociones se transmiten como si los axones y dendritas de uno se conectasen con las del otro.

Y ahora puedo arbitrariamente presentar mi lista de quienes, desordenada y caóticamente mezclados tal como los siento en mi cabeza, por distintos motivos influyen para querer seguir estando.  

Borges me asombra cada vez más e invariablemente me hace desear haber sido más inteligente y con mayor conocimiento para entenderlo mejor.

Muhammad Alí porque rompió paradigmas raciales que parecían inmutables al vociferar que era hermoso y el mejor del mundo porque era negro !!y tenía razón!!

Los Beatles y después John Lennon porque generaron un nuevo concepto de música clásica.

Gustav Klimt (Judith!), Egon Schiele, Picasso, Leonardo, Michelángelo, El Bosco (El jardín de las delicias), Van Gogh por su locura cromática, Vermeer y su luz, Renoir, Rafael, Utrillo, Gaugin, Rubens, Rembrandt.

Dostoievsky por su genial tratamiento de las almas complicadas, Oscar Wilde por su brillante talento, Maquiavelo, tan mal leído y peor interpretado, Sholem Aleijem, porque enseñó que el humor inteligente puede hacer más llevadera la vida aún en situaciones de miseria y privaciones, Simone de Beauvoir (Todos los hombres son mortales), García Márquez, Sábato, Cortázar, Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Octavio Paz, Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano), Sarmiento (Facundo), Camus (El extranjero), Marguerite Duras (El Amante), Tolstoi, Chejov.

Winston Churchill, por su coraje, decisión y envidiable espíritu hedónico; Golda Meir por su admirable entrega y fortaleza sin límite alguno, Freud abrió puertas para entender la mente desde nuevas perspectivas, Charlie Chaplin (¡¡chapeau!!), Woody Allen y sus esperadas películas anuales, Mel Brooks, Bertolucci (Novecento), Fellini (La dolce vita), Buñuel (Belle de jour), Visconti (El Gatopardo), Eisenstein (El Acorazado Potemkin), Kurosawa (Rashomon), Hitchcock (Psicosis) , Orson Welles (El Ciudadano), De Sica (Ladrones de bicicletas) , Won Kar Wai (Con ánimo de amar), Passolini (Edipo Rey), Monicelli (Los desconocidos de siempre), Godard, Truffaut, Ford Coppola (El Padrino I, II y III), Greeneway (El cocinero, el ladrón, su mujer y el amante) Mozart (La flauta mágica), Beethoven (Concierto para piano Nº 5) Chopin (Balada Nº 1) Rachmaninoff (concierto piano Nº 2), Schumann, Liszt, Schubert, Brahms, Dvorak, Grieg. Gershwin (Rapsodia en Azul) es a Nueva York lo que Piazzola (¡Adiós Nonino!) es a Buenos Aires, sus músicas representan esas ciudades.

Seguramente apenas cierre la lista me reprocharé no haber incluído a quienes deberían figurar e inadvertidamente he dejado de lado, pero aun así, no es más que un pequeño homenaje a los que con su personalidad, creatividad y pasión dejaron una marca indeleble en quienes a través del tiempo nos acercamos a sus obras y actualizamos la sensibilidad vital de los creadores.

El mejor y más claro aporte a lo expresado, sin duda las pronunció el personaje interpretado por Héctor Alterio en la película Caballos Salvajes (Marcelo Piñeyro, 1995) cuando gritó: “¡¡¡¡La puta, que vale la pena estar vivo!!!!” Como buen agnóstico sólo me resta decir Amén.