Opinión Lunes, 11 de marzo de 2019 | Edición impresa

Producción agrícola: la presión es cada vez más intensa - Por José A. Portela

Por José A. Portela - Ingeniero agrónomo y Doctor en Ciencias Agropecuarias

¿Cuál es el desafío principal para los sistemas de producción agrícola en las próximas décadas? La respuesta habitual a esta pregunta, en cualquier ámbito -ya sea académico, técnico o político-, es “ser capaces de incrementar la producción al ritmo necesario para alimentar a una población mundial cada vez mayor”. Sin embargo, ¿puede considerarse satisfactoria esta respuesta?

En verdad, la agricultura actual no está consiguiendo alimentar al mundo; aunque esto no se debe a un problema de cantidades. De acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos, de Naciones Unidas, hoy hay suficiente producción mundial como para que todas las personas tengan lo necesario para vivir una vida sana y productiva. No obstante, el último reporte de FAO sobre el estado de la seguridad alimentaria y nutricional en el mundo indica que, en 2017, una de cada nueve personas en el planeta (821 millones) sufrieron hambre, y que esta situación, lejos de aliviarse, viene agravándose desde 2014.

Para muestra basta un botón: según un artículo de La Nación de mayo del año pasado, en la Argentina se producen alimentos para una población diez veces mayor a la del país, y aun así algunos de sus habitantes sufren hambre. Claramente, la cuestión de alimentar a la humanidad es mucho más compleja que simplemente tener sistemas capaces de hacerlo.

Volviendo a la pregunta original, realmente el desafío principal para los sistemas de producción agrícola es por cuánto tiempo serán capaces de producir suficiente alimento.

Hoy somos cada vez más conscientes de los impactos que los sistemas humanos generan sobre los naturales. La presión que ejercemos sobre los recursos del ambiente es cada vez más intensa y la agricultura no escapa a esta realidad. De hecho, la preocupación por el tema en Argentina no es nueva: un hito fundamental ocurrió a principios de los ’90, cuando el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y las facultades de Ciencias Agrarias del país publicaron el libro “Juicio a Nuestra Agricultura”. Esto marcó un punto de inflexión en nuestra forma de entender a los sistemas de producción agropecuaria, y nos puso de cara a encontrar soluciones a la pérdida de recursos naturales esenciales para la agricultura nacional.

Lo que la ciencia nos dice hoy es que, para que los sistemas agropecuarios y forestales puedan continuar siendo productivos por mucho tiempo, debemos cambiar nuestra forma de pensar. Pasar del modelo ‘mecanicista-reduccionista-determinista’ del siglo XVII al ‘sistémico’ del siglo XX. En otras palabras, conocer mejor los procesos ecológicos que sustentan a los agroecosistemas, para actuar a través de ellos, buscando reducir los impactos y sus consecuencias.

No se trata de reemplazar una forma de hacer agricultura por otra (“convencional” por “orgánica”, por ejemplo), sino de reemplazar un modelo de pensamiento por otro; uno que nos permita gestionar conscientemente los procesos ecológicos, aprovechando todas las tecnologías que dispongamos para ello.

Ahora bien, como se trata de reeducarnos y cambiar hábitos mentales sin duda llevará tiempo; pero ya estamos en camino. Por lo menos, desde que pusimos en “Juicio a Nuestra Agricultura”.