Opinión Sábado, 11 de agosto de 2018 | Edición impresa

Primeros sobreprecios de la obra pública - Por Luciana Sabina

El habla familiar expresa la característica -de lograr dinero corruptamente- de una manera mordaz: se la llama con el eufemismo de “vivo".

Por Luciana Sabina - Historiadora

Hasta la llegada al poder de Nicolás Avellaneda, se había intentado contener el avance indígena de manera precaria, "protegiendo" la frontera con soldados sin suministros ni recursos. Hombres abandonados a su suerte que vivían en fuertes -improvisados por ellos mismos- de palos y barro, siempre con una fosa alrededor y puentes levadizos. Verdaderos castillos de miseria en medio de la nada. 

Durante largos años las luchas internas y la guerra imposibilitaron al Estado nacional ocuparse decididamente del asunto. En forma paliativa destinaron recursos a las tribus "comprando paz", como en tiempos de Rosas. Los jefes aborígenes recibían provisiones en cantidad -dinero, uniformes militares, ropa en general y diversos artículos de uso cotidiano-, a cambio de no invadir. De hecho caciques como Calfucurá llegaban a extorsionar al naciente Estado prometiendo no invadir a cambio de ciertas provisiones. En sus cartas leemos advertencias a los jefes militares de Frontera: "Ya estamos de arreglos y así que no tendrá que haber invasión cuando vean mis capitanes que recibo mi ración". 

Pero había algo aún peor: se llevaba a cabo un comercio de personas. Leemos en la misma carta a Calfucurá: "Señor, tengo un cautivo que se llama Antonio pero este me ha costado cien vacas y un par de espuelas bien grandes y un par de riendas de plata y un sobre de todo, así es que doy a saber que si le interesa ese cautivo me dé diez mil pesos papel y dos pares de riendas. Señor, espero si arregla a este convenio le entregue a mi capitán cuatro mil pesos para que me compre lo mismo". 

Ante esta situación desesperante, llegaron a existir asociaciones que reunían fondos para comprar la libertad de familiares cautivos.

Además, gran parte de lo saqueado en los malones iba a parar a Chile. El diputado Guillermo Puelma de aquel país dio un discurso en 1870 que figura en las actas del Congreso trasandino, expresando: "En cuanto al comercio: veamos que el de los animales, que es el que más hacen los araucanos, proviene siempre de animales robados en la República Argentina. Es sabido que últimamente se han robado ahí 40.000 animales, más o menos, y que son llevados a la tierra; y nosotros, sabiendo que son robados, los compramos sin escrúpulo alguno, y después decimos que los ladrones son los indios. ¿Nosotros qué seremos?". 

Para acabar con esta situación apremiante -que ya hemos descrito anteriormente, pero siempre es necesario resaltar dado que muchos historiadores prefieren omitirla-, el presidente Avellaneda solicitó ayuda a su ministro de Guerra, Adolfo Alsina. Dicho funcionario decidió terminar con los malones construyendo un hueco que cubriría toda la frontera, desde Buenos Aires hasta Mendoza. Para esto contrató al ingeniero Alfredo Ebelot, quien planificó y dirigió la creación de lo que pasaría a la historia como la "zanja de Alsina".

La idea pareció bastante ridícula a muchos -entre ellos a Julio Argentino Roca-, pero aun así se llevó a cabo. El Estado dejó en manos de los vecinos de cada pueblo la realización del trecho correspondiente. Los mismos trabajaban ad honorem, sin embargo algunos aprovecharon la situación para ganar dinero a costa del gobierno: se trató de uno de los primeros casos de sobreprecio en nuestra obra pública. "Nada impulsa tanto favoritismo como un poder irresponsable", señaló al respecto Ebelot, quien además se muestra horrorizado ante la famosa viveza criolla: "El habla familiar expresa esa característica -la de lograr dinero corruptamente- de una manera mordaz: designa bajo el eufemismo de vivo". Actuar así era considerado una "patriada", expresa el francés atónito. 

Con la temprana muerte de Alsina el proyecto se dejó de lado, sin embargo en algunas zonas aún pueden verse las fosas excavadas entonces. Huellas de un país tan diferente pero a la vez tan similar al de hoy.