Editorial Martes, 12 de febrero de 2019 | Edición impresa

Preservar las lenguas indígenas

Un año entero, por decisión de las naciones unidas, para sensibilizar a la sociedad en general sobre la necesidad de preservarlas.

Por Redacción LA

Las lenguas desempeñan un papel determinante en la vida cotidiana de las personas, no sólo como instrumento de comunicación, educación, integración  y desarrollo, sino también como depositarias de la identidad, la historia cultural, las tradiciones y la memoria de cada individuo.

Basado en lo anterior, las Naciones Unidas declararon 2019 como Año Internacional de las Lenguas Indígenas (IYIL 2019), no sólo para beneficiar a los habitantes de comunidades que hablan estas lenguas, sino también para que otros aprecien la  contribución que hacen a la rica diversidad cultural de nuestro mundo.  

Un año internacional es un importante mecanismo de cooperación destinado a concienciar sobre un tema de interés mundial. Por eso en 2016, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución en la que se proclamó al año en curso, para atender a esta meta, y pidió a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) que actuara de coordinador.

El documento del foro permanente para cuestiones indígenas -publicado por una sección de las Naciones Unidas- sostiene que sólo 3% de la población mundial habla el 96% de las casi 6.700 lenguas que hay en la Tierra. Los pueblos indígenas representan menos del 6% de la población mundial y hablan más de 4.000 lenguas. Un dato que alarma sobre el futuro: más de la mitad de los idiomas existentes se habrán extinguido para 2100.

La identidad y conservación de una cultura está íntimamente vinculada, entre otros aspectos, a la preservación de su lengua. Wanka Willka, maestro andino e investigador de la cultura quechua, ha explicado que la lengua de esta comunidad tiene cuatro características importantes: es colectiva, afectiva, onomatopéyica y filosófica. El lenguaje es una primera aproximación a la realidad y su aprendizaje significa siempre la incorporación de un enfoque diferente porque se amplían las perspectivas del mundo y de la vida. Así por ejemplo Willka explica que en el idioma quechua no existe el verbo pagar (porque no se paga, se comparte), tampoco faltar (porque en la naturaleza no falta absolutamente nada) ni extranjero (porque la tierra es la casa de todos).

La lengua transmite el lazo vivo de las generaciones. El siguiente texto de una docente qom (o toba para los guaraníes) expresa esa idea: “Estoy aquí y ahora, significa que el tiempo es infinito porque el tiempo de nuestros ancestros está aquí y ahora a través de la lengua, transmisora de saberes y valores de vida”.  

La historiadora Fabiana Mastrangelo agrega su interpretación a la necesidad de defender el habla de pueblos originarios. “El tiempo infinito  implica una cosmovisión del mundo integrada en el espacio y en el tiempo. Diferentes generaciones circulan en ese fino hilo temporal que trasciende lo cronológico  y donde se comparten visiones y tradiciones. Existen pueblos originarios que ya han perdido su lengua pero no sus tradiciones y costumbres”.  

En estos casos podemos revitalizar el lenguaje de las manos como lo expuso el filósofo Arturo Andrés Roig en “Introducción al Millcayac: idioma de los huarpes de Mendoza” (2011). Explicaba que el último hablante millcayac habría fallecido hacia la segunda mitad del siglo pasado. Sin embargo, los huarpes no acabaron con la práctica de su cultura porque existe su mundo artístico-artesanal. Desde esta mirada antropológica, la artesanía es un lenguaje que sostiene una tradición. Por ejemplo las artesanías de Guanacache tienen un valor testimonial. La relación trama-urdimbre responde a un sistema llamado trabajo retorcido, muy común en las tribus del oeste de Estados Unidos y que en América del Sur sólo está en Arica (Perú) y en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay. El trabajo exige mucha prolijidad y delicadeza y ha sido conservado por la memoria viva.

En síntesis, 2019 es un año para revitalizar las lenguas indígenas y así resguardar una cosmovisión integradora de la realidad, necesaria para la civilización contemporánea. Una forma de vida basada en el respeto y armonía con la naturaleza, un ideal de comunidad sostenido más en lo colectivo que en lo individual y un lazo vital entre generaciones que transmite posibilidades, cultura y sentido de vida.