Editorial Jueves, 4 de enero de 2018 | Edición impresa

Preservar el Camino del Inca

El apoyo oficial es necesario y debe ampliarse para evitar la depredación que suelen llevar a cabo algunos inadaptados.

Por Editorial

Pasa el tiempo y la labor desarrollada por especialistas va dando nuevos resultados. Descubren más indicios de lo que en su momento constituyó el Camino del Inca, como la reciente comprobación de un sitio netamente incaico en la margen izquierda del arroyo El Chacay, que es afluente del río Mendoza. Una tarea encomiable que merece ser apoyada pero, a la vez, constituye un reto en lo que a preservación se refiere, más aún teniendo en cuenta que muchas veces el hombre es el mayor depredador, incluyendo casos de antisociales que atacan estructuras por el solo hecho de provocar un daño, como sucedió días pasados con las pinturas rupestres del cerro Tunduqueral.

Según los estudios, el imperio incaico se extendía desde el actual Ecuador hasta Mendoza, teniendo su capital en Cusco. En el caso de la Argentina se ha establecido un circuito que permite recorrer casi 1.500 kilómetros desde Salta hasta Mendoza y si bien la ocupación abarcó menos de un siglo, dejó un legado cultural impresionante que parte de la lengua quichua, que se impuso en vastas zonas del noroeste, hasta sistemas innovadores de cultivo y caza, entre otras tradiciones. Se señala que el camino atraviesa siete provincias, entre las que se encuentran Jujuy (la Quebrada de Humahuaca, Purmamarca y Tilcara), Salta (los valles Calchaquíes), Tucumán (con las ruinas de Quilmes), Catamarca, La Rioja, San Juan (Ischigualasto y Rodeo) y Mendoza, con numerosos lugares históricos.

En ese marco de situación resultan fundamentales los estudios que se continúan realizando por parte de expertos en la materia que se efectúan desde hace más de tres décadas, con el reconocimiento, relevamiento y excavación de sitios incaicos, llamados tambos y otros destinados a ceremonias. La novedad más reciente se centró en El Chacay, con indicadores claros de la presencia inca, tales como elementos para soporte de comidas, restos atribuibles a la cocina y alimentación y tres fogones, uno por cada recinto.

De acuerdo con lo señalado por los investigadores, ha aumentado la concientización patrimonial de la sociedad sobre este tipo de bienes culturales, lo que permite tener continuidad de décadas en los estudios sobre la presencia incaica regional y su relación con las poblaciones locales entre el último tercio del siglo XV y el primero del XVI. Tienen razón en el plano del apoyo económico y estratégico de los estudios por parte de los organismos oficiales, pero cabría preguntarse si esa concientización se ha trasladado hacia la población en general.

Sucede que en muchos de los casos hay gente que produce un daño por el solo hecho de llevarse una piedra a modo de "recuerdo", sin darse cuenta de que con ese simple hecho está produciendo un daño enorme a la humanidad, mientras también existen inadaptados que hacen daño por el daño mismo. Es lo que ocurrió días pasados con los petroglifos incaicos ubicados en el cerro Tunduqueral, en Uspallata. Se trata de obras de más de mil años de antigüedad que han sido calificadas de Patrimonio Cultural Provincial. Cuando se produjo el hecho vandálico, desde distintos organismos oficiales y privados plantearon la necesidad de reforzar la seguridad y vigilancia, esencialmente teniendo en cuenta que es parte del Qhapaq Ñan (sistema vial andino) y recientemente inscripto como Patrimonio Mundial de la Unesco. El director de Patrimonio de la provincia ya advirtió que se ha creado una unidad de gestión para el mantenimiento de los sitios, conservación, puesta en valor y gestiones de uso turístico", mientras el director de Turismo de Las Heras manifestó que se integrará a la gente de la zona para el cuidado de los lugares.

El apoyo que el Gobierno y distintos organismos aportan a los investigadores es fundamental para la continuidad de la tarea, pero paralelamente deben aceitarse los mecanismos necesarios para lograr que sitios de valor histórico y cultural puedan mantenerse sin la depredación que muchos, consciente o inconscientemente, suelen provocar.