Sup. Cultura Sábado, 3 de febrero de 2018 | Edición impresa

Poesía visionaria

Lúcido testigo de un mundo en destrucción, Georg Trakl transitó la poesía como un campo de osamentas. Dolor y resplandor.

Por Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar

“Todo narrador tiene que leer poesía”, dice Guillermo Saccomanno a poco de salir de la última Feria del Libro de Mendoza. Y mientras habla de textos que lo desvelan en base a los poetas que admira, menciona a Georg Trakl. 

El nombre quiebra el realismo urbano que nos rodea y de pronto estamos en páramos azulados, ruinas murmurantes y bosques de espectros. 
Trakl. El poeta austríaco que inició el expresionismo literario, nació un día como hoy, en 1887. 

Su vida estuvo atravesada por experiencias complejas: tuvo una relación incestuosa con su hermana Gretl; trabajó en la farmacia “El ángel blanco” (1905, la cocaína era legal) donde empezó con los psicotrópicos. 

En 1908 publicó en el diario salzburgués su primer poema: “Das Morgenlied” (“Canto matinal”), después de haber bebido en la bohemia a Hölderlin, Baudelaire, Nietzsche, Rimbaud, Maeterlinck, Dostoievsky, Ibsen y Strindberg. 

Ya recibido de farmacéutico, consiguió empleo en el hospital de Innsbruck donde conoció al fundador de la revista de vanguardia “El Fanal”; pero Georg no duraba demasiado en los trabajos fijos.

Cada tanto se hundía en el lago negro de la depresión, sumando alcohol y cloroformo. En una ocasión, viajó a reencontrarse con Gretl, quien se había casado y divorciado inmediatamente tras provocarse un aborto por el que la halló internada.  

Su vida estuvo atravesada por experiencias complejas: tuvo una relación incestuosa con su hermana Gretl.


Y en medio de ese fragor, el mundo estallaba. En 1914, la Primera Guerra Mundial lo reclutó como oficial médico. Tuvo que asistir, en una sola batalla y sin medicinas, a 90 heridos graves. Allí intentó quitarse la vida por primera vez. 

Internado en el manicomio de Cracovia, escribió uno de sus poemas clave (“Grodeck”) y redactó su propio testamento. A Gretl le dejaba el dinero de su admirador Ludwig Wittgenstein, el futuro filósofo. A von Ficker, le dejaba la obra “Lamento II”. Incluso mandó una suerte de epitafio: “Terminaré por quedar siempre como un pobre Kaspar Hauser”.

Mientras caía el Imperio Austro-húngaro, en plena transición del XIX al XX, Trakl se desgarraba. 

Se suicidó el 3 de noviembre de 1914, con una sobredosis de cocaína. Póstumamente se editó una segunda recopilación de sus poemas, llamada “Sebastian im Traum” (“Sebastián en sueños”). Desde 1953 existe en Austria el Premio Georg Trakl de literatura.

La belleza que lastima 

Pero todo esto es amarillismo literario. Antes de ver el horror en la batalla de Grodeck, Trakl ya escribía en carne viva. Su letra es nocturna. Su lente tiene filtros azulados, verdes y amarillos tenebrosos. Un caminante aturdido por la podredumbre o la culpa en un bosque post-romántico. 

No sólo era testigo de la caída de un imperio; era la retirada del humanismo, el vacío del sentido, el grito “muncheano” que comenzaba a extenderse en una generación entera. “Trakl busca reunir los escombros, dar forma a los fragmentos: crea su poesía, da unidad al sinsentido. El haber hecho del dolor un camino hacia la creación y la belleza, la lacerante belleza de su obra, es su milagro, el milagro y la posibilidad que nadie le puede quitar a nadie: la libertad de significar”, dijo Hugo Mujica, autor de “La pasión según Trakl”.

Hay, en la obra del austríaco, dos obsesiones: la pureza y la sombra. “Para Trakl el único ser puro es el que él llama el nonato, el no nacido. El único sin culpa, también sin carne ni historia. ‘El alma es extraña en la tierra’: creo que son las exactas palabras que escribió Trakl, las líneas centrales de su concepción de la vida, y esa misma extrañeza iba a ser el sendero de su vida. El exilio de no haberla podido encarnar, el ser un extraño en su propia carne. Un extraño de su propia carne”, continúa Mujica. 

Poemas

Grodek

Por la tarde resuenan en los bosques otoñales
las mortíferas armas, y en las llanuras áureas
y en los lagos azules rueda el sol más oscuro.
La noche abraza a los guerreros moribundos,
irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas.

Pero silenciosas en la pradera,
rojas nubes que un dios airado habita
convocan la sangre derramada, la frialdad lunar;
y todos los caminos desembocan en negra podredumbre.
Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas
vaga la sombra de la hermana por el bosque silencioso
saludando las almas de los héroes,
las cabezas sangrantes.
Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño. 
Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce;
un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu,
por los nietos que no han nacido aún.


El trashumante

La noche blanca se apoya siempre en la colina,
donde sobresale el álamo en plateados tonos,
piedra y astros son.

Dormida se dobla sobre el arroyo del puente.
Un semblante muerto sigue al muchacho.
Media luna en la rambla oxidada.

Alabados pastores distantes. Desde la antigua roca 
observa con ojos de cristal el sapo,
despierta la floreciente brisa, la voz de pájaro del que parece un muerto
y los pasos quedos que examinan el bosque.

Esto recuerda a árbol y animal. Lentos escalones de musgo.
Y la luna
brillante que en el agua triste se hunde.

Aquel se regresa y trashuma junto a la ribera verde.
Se balancea en la negra gondolita por la ciudad desmoronada.