Turismo Domingo, 4 de noviembre de 2018 | Edición impresa

Pekín: La Gran Muralla de los 10.000 Li

El muro comenzó a construirse en el siglo VIII AC. Su extensión total llega a los 7.300 kilómetros.

Por Federico Chaine - Especial para Los Andes

A comienzos de 1982, durante un cumpleaños infantil, destaparon una botella de Coca-Cola. Tomé la chapita y vi dibujada en su interior una muralla con atalayas. La firma de gaseosa eligió a Diego Maradona como anfitrión de un álbum (previo al Mundial de España) que mostraba lugares emblemáticos del planeta como el Partenón de Atenas, la Isla de Pascua o el Monte Fuji.

Yo tenía en la mano la tapita número 37, la Gran Muralla China. En mi mente de niño pensé: algún día voy a caminar por ese muro. 

Años después viajé al país más poblado de la Tierra en busca de la Muralla, declarada como una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo. Volé por Lufthansa en el Airbus 380-800, el avión de pasajeros más grande que existe con 550 asientos.

 

Fue un extenso peregrinaje de 31 horas y casi veinte mil kilómetros entre Buenos Aires, Frankfurt y Pekín. Mi hostel estaba ubicado en un hutong (callejón), que son laberínticas construcciones donde aún vive el cuarenta por ciento de la población de Pekín (su nombre en idioma mandarín significa Capital del Norte). Muchas de estas casas no tienen sanitario y deben compartir toilettes públicos. Se mezclan tiendas, animales sueltos, puestos de comida de todo tipo (con escorpiones incluidos en la carta), alquiler de bicicletas y casas de té. 

Plano en mano me fui orientando y busqué mi primer destino: la Plaza de Tiananmen que es el corazón geográfico de Pekín. Eran 15 minutos de caminata pero se alargó cuando empecé a perderme. Al pedir ayuda me topé con una gran dificultad: la barrera idiomática. Muy pocos chinos hablan o entienden el inglés. Mediante señas se lograba interpretar algo.

Estricto control 

La plaza está custodiada por guardias y se accede pasando por detectores de metal.

La mochila se inspecciona con rayos X. El gigantesco mausoleo del fundador de la República Popular China, Mao Tse-Tung, se yergue en el centro y se visita gratuitamente. Se puede apreciar el cadáver momificado del Gran Timonel fallecido en 1976.

 

  Cuando apoyé la cabeza en la almohada el cerebro dijo basta y me desconecté hasta el otro día donde ya me levanté repuesto del desfase horario. Caminé hasta la Ciudad Prohibida donde residía el Emperador y su familia. Al pueblo le estaba vedado el acceso a esta fortaleza amurallada de las dinastías Ming y Qing. 

La construcción más importante es la Sala de la Armonía Suprema donde se celebraban los cumpleaños y las coronaciones de los Emperadores. Me senté un rato para descansar y atraje  a varios locales que deseaban hacerse fotos conmigo. Los occidentales somos novedosos para ellos. Los chinos invaden cada gran atracción del país pero pese a ello lograba algunos momentos de paz en medio de la marabunta.

Espectacular. Barco de mármol de la Emperatriz Cixí.

La jornada siguiente madrugué para ir a la principal atracción del viaje: la Gran Muralla. Elegí el sector de Mutianyu, a 90 kilómetros. Es menos transitado que el de Badaling y a la vez más difícil de trepar. Es famoso por sus atalayas y está muy bien conservado. Tome un bus y dos horas después asomó a lo lejos el primer tramo de la milenaria obra.

 

Desde la base se puede ascender en una telesilla que te deja en la cima junto a la muralla pero me hice el valiente y trepé a pie. A mitad de la interminable y empinada escalera de piedra me arrepentí pero no había vuelta atrás. Cuando por fin llegué, transpirado pero feliz, la primera visión me sorprendió: la gris construcción zigzagueaba como la cola de un dragón sobre las montañas hasta perderse en el horizonte.

Este sector lo mandó a construir el emperador Zhu Yuanzhang de la primera dinastía Ming. 

Su verdadero nombre

El muro comenzó a erigirse en el siglo VIII AC. Distintos emperadores lo fueron ampliando y cuando alcanzó 6.000 kilómetros de longitud se la bautizó como La Gran Muralla de los 10 000 Li. 

Durante las primeras dos dinastías de la China imperial, dicen los que saben, el término “diez mil li” se usaba para señalar al infinito. Hacía referencia a un número imposible de determinar, dada su gigantesca concepción.

La extensión total llegó a los 7.300 kilómetros. Su función era repeler los ataques de Mongolia y Manchuria. Las atalayas tenían guardias permanentes y cuando avistaban al enemigo encendían fuego y hacía señales de humo para comunicar el ataque inminente.

Siempre se dijo que era la única construcción del hombre que se veía desde la Luna pero en 2003 el astronauta chino Yang Liwei dijo que no pudo observarla desde el espacio a simple vista y el mito fue derribado.

 La caminé hasta donde me dieron las fuerzas. En el recorrido vi a varias personas al borde del agotamiento ya que los escalones y las permanentes subidas y bajadas son toda una prueba para el físico. La diversión vino al final. Se puede regresar a la base sobre un sillín que se desliza por un tobogán de acero zigzagueando montaña abajo.

Descender la histórica muralla con el viento acariciando en el rostro y relajando el cuerpo fue un cierre ideal. 

 

Ya de regreso en Pekín combiné tres líneas de subte hasta el Parque Olímpico donde se disputaron los fantásticos Juegos de 2008. El estadio, apodado Nido de Pájaro, tiene una concepción que impacta. En su pista de atletismo logró sus récords Usain Bolt, el hombre más rápido de la historia. 

En esa cancha la Argentina de Messi y Agüero consiguió la medalla de oro. Frente al estadio se emplaza el Cubo de Agua que albergó la natación. Allí brilló Michael Phelps consiguiendo el récord de ocho medallas de oro en un mismo Juego Olímpico. 

Desafiando el smog alquilé una bici y me di una vuelta por algunos lugares emblemáticos. El tránsito es intenso pero hay bicisendas bien marcadas y los coches respetan a los ciclistas. Fui hasta el Palacio de Verano ubicado en las afueras. Era utilizado por los emperadores en los meses de calor huyendo del horno de la Ciudad Prohibida. Tiene bosques y un lago. Es un sitio ideal para llevarse un libro y leer a la sombra de las pagodas. 

Dejé la capital y tomé un tren hasta la ciudad de Xi An, antigua capital de China. Es famosa porque allí se hizo uno de los grandes descubrimientos arqueológicos del siglo veinte. En 1974 unos campesinos que excavaban un terreno se toparon con varias siluetas de terracota que resultaron ser un ejército con caballos y carros. La obra fue un delirio del primer Emperador Qin Shi Huang para que los soldados lo custodiaran en el más allá.

Custodia real. El Ejército de Terracota y los 6.000 guerreros que custodian al Emperador Qin Shi Huang en el más allá.

Hay tres fosas pero la más asombrosa es la número Uno donde hay 6000 guerreros en formación de batalla orientados hacia el este. Llama la atención apreciar cada figura y comprobar que ninguna es igual a otra. Varían las expresiones, las armaduras, los peinados y el calzado. 

 

Al término del recorrido fuimos a un restaurante de comida local. Después seguí viaje a Chengdu (15 horas en coche cama) para ir al encuentro de los animales más simpáticos que vi nunca: los osos Panda.

Datos

Visa turística: 105 dólares (se tramita en la Embajada China de Buenos Aires previo turno on line en: https://china.cingodesarrollos.com.ar)

Metro del Aeropuerto al centro de Pekín: 4 dólares

Hostel en Pekín: 11 dólares

Plaza Tiananmen y Mausoleo de Mao Tse Tung: Gratuito

Ticket Ciudad Prohibida: 10 dólares

Gran Muralla sector Mutianyu: 20 dólares (incluye subida en telesilla y bajada en tobogán) 

Bus 916 de Pekín a Mutianyu: 2,50 dólares

Estadio Olímpico de Pekín: 9 dólares

Palacio de Verano: 5,50 dólares 

Complejo Guerreros de Terracota en Xi An: 25 dólares