Opinión Sup. Economía Domingo, 10 de febrero de 2019 | Edición impresa

Optimismo financiero y pesimismo productivo - Por Rodolfo Cavagnaro

Mientras los mercados financieros lucen tranquilos y optimistas, la economía real tiene que penar con tasas, impuestos y regulaciones.

Por Rodolfo Cavagnaro - Especial para Los Andes

Cuando se habla de viento de cola es cuando todas las variables parecen alinearse en forma positiva y eso empuja a la economía. Hoy,  algo de eso se puede apreciar con la convergencia de una tasa de EE.UU que declina y el precio del dólar que también baja.

Si bien es un proceso incipiente, en caso de mantenerse la tendencia durante este año, impactaría en una suba de los precios internacionales de las materias primas, como petróleo, maíz, trigo y soja.

De todas maneras,  siempre es bueno hacer una distinción semántica y es que el viento de cola,  expresión válida para embarcaciones de agua o aire sólo es positivo cuando la nave ya se encuentra en su superficie. Esto quiere decir que un avión, para aprovechar el viento de cola en navegación,  debe haber hecho el importante esfuerzo de despegar.

La Argentina actual se debate entre signos de optimismo,  que vienen del sector financiero y de cierto pesimismo que reina en la fase productiva tradicional, reflejada en la industria y el comercio. Y en realidad ambas realidades tienen  sentido, ya que se mueven en dimensiones de tiempo distintas. La dimensión financiera se maneja con cierta inmediatez y cuando comienza sus movimientos, la fase productiva no suele advertirla. La fase productiva suele advertir los cambios financieros cuando estos ya están en marcha. Si no hubo previsiones y visión completa, algunas empresas, y consumidores, pagan caro el error.

Los datos productivos

El sector de producción física de bienes está complicado en varios frentes. Los que venden en el mercado interno se enfrentan a consumidores con su poder adquisitivo deteriorado por la inflación. Pero además, los aumentos tarifarios obligaron a las familias a tener que hacer una reingeniería de sus presupuestos. El componente tarifario anterior permitía consumos y gustos que hoy debieron ser postergados. 

A esto debe sumarse las altas tasas de interés, que en el caso de los bancos se multiplican hasta niveles que hacen muy complicado a los consumidores tomar créditos para consumir y las empresas hacer lo mismo para nutrirse de capital de trabajo para estimular su sistema productivo. Así, las empresas que trabajan en el mercado interno ven un panorama complejo. Se dice que para el segundo trimestre podría comenzar una leve recuperación,  pero nadie sabe a qué sectores les llegará primero y si podrán aguantar hasta entonces.

Para los sectores vinculados al comercio exterior el problema también es complejo. Si bien hubo una mejora en la paridad del tipo de cambio, hubo inflación que neutralizó en parte esa mejora. Para peor, el gobierno impuso retenciones a todas las exportaciones, donde los mayores perjudicados son los productos industriales ya que les agregan un nuevo gravamen sobre el valor agregado.

Además, las altas tasas de interés también afectan a estos sectores productivos que, además, deben esperar mucho más tiempo para cobrar sus ventas, y el peso del costo financiero complica seriamente su operatividad. Se puede agregar la desventaja natural que tiene los exportadores de productos con valor agregado por la falta de acuerdos comerciales, que termina afectando la competitividad por deber afrontar aranceles para ingresar.

Los datos del Indec, mostrando fuertes caídas de la industria, del sector automotriz y de la construcción, así como la caída del consumo interno en diciembre, dan una pauta del estado de situación de estos sectores. La excepción la marcan los sectores de turismo, que están recuperando un aceptable nivel de actividad, así como el creciente sector de producción de software y todo lo relacionado con el sector TIC. El despegue de la economía solo puede darse por aumento de las inversiones y para ello debe bajar las tasas y los impuestos.

Los datos financieros

El sector financiero está viviendo una especie de “veranito” desde que comenzó el año 2019. Después de un 2018 turbulento, dominado por las subas de tasas generadas por la Reserva Federal de EE.UU. el mercado hizo correcciones en forma acelerada, se revirtieron los de capitales, ventas de activos argentinos y fuga de capitales, lo que llevó a una fuerte devaluación del peso, con el consiguiente impacto sobre la inflación.

Pero el año comenzó tranquilo. El BCRA implementó desde octubre el sistema de bandas de intervención cambiaria para que el dólar flote libremente dentro de ellas, pero interviniendo si cae por debajo del mínimo o sube sobe el techo. Hoy el dólar está por debajo de la banda inferior y el BCRA aumentó sus compras y no consigue que suba mucho. Hay mucha oferta de dólares y demanda de pesos. Parte de los dólares llegan del exterior para especular con las tasas y luego volver al dólar (carry trade), otra viene de los ingresos de exportaciones y el resto son ventas domésticas de personas empresas que necesitan pesos para operar.

La tranquilidad en el mercado americano parece que se va a mantener. La Reserva Federal anunció que tendrá mucha “paciencia” y que no ve presiones inflacionarias por lo que no pareciera haber frentes de tormenta externos, salvo alguna salida inesperada de Donald Trump. En lo doméstico, el panorama luce tranquilo. La oferta de dólares de exportación será menor hasta fin de marzo y esto puede ayudar a un reacomodamiento de la paridad cambiaria. Desde abril hasta junio la oferta será importante.

Pero entra a jugar el panorama electoral. Hay provincias que anticipan sus elecciones y estos resultados, sumados a las encuestas, pueden alterar a los mercados y acelerar las dolarización de carteras a la espera de los resultados finales. Este es un factor que puede mover al dólar y hacer que el Banco Central sea cuidadoso con las tasas.