Opinión Domingo, 4 de noviembre de 2018 | Edición impresa

Nuestra democracia, 35 años después - Por Luis Alberto Romero

En estos 35 años las instituciones democráticas han debido arreglárselas solas, y hasta han explorado la vía del “golpe blando”.

Por Luis Alberto Romero - Historiador. Especial para Los Andes

Para un historiador, es difícil medir con la misma vara lo que conoce por haberlo estudiado y lo que, además, incluye su experiencia personal. Mucho más cuando se trata de un acontecimiento que marca la vida, como lo fue, hace treinta y cinco años, la construcción de la democracia.  

En la época hablamos de "recuperación", pero se trataba de algo nuevo. Las experiencias democráticas anteriores tuvieron una índole distinta. Yrigoyen y Perón fueron muy diferentes entre sí -desde sus ideas sobre el Estado hasta su aprecio por la Constitución- pero es posible trazar entre ambos una línea, que define una familia democrática diferente de la de 1983.

Con la ley Sáenz Peña surgió algo muy propio de su época: la idea de un pueblo nacional homogéneo, que se expresaba a través de un líder, proclamado plebiscitariamente. Era una concepción indudablemente democrática pero escasamente republicana y liberal, que Yrigoyen asumió sin abandonar sus convicciones constitucionales y a la que Perón adhirió sin reservas.

En esa línea, ambos identificaron su movimiento con el pueblo todo, su ideario con la "causa nacional" o la "doctrina nacional" y a sus adversarios como los enemigos del pueblo. De ese modo, la vida poltica fue, en ambos casos, fuertemente facciosa. Otra vez, las diferencias entre ambos son enormes, pero el parentesco de familia es indudable.

La democracia de 1983 fue de una índole completamente distinta, quizá por el recuerdo cercano de la dictadura militar y sus horrores. El preámbulo de la Constitución, que la acunó, la colocó en la senda del Estado de derecho. Por primera vez se afirmó la institucionalidad republicana, sobre la que se construyó una democracia de ciudadanos, partidos, sufragio competitivo, representación y debate argumentado. La doctrina de los derechos humanos le dio un fundamento ético y el juicio a la Junta fue una suerte de Pacto de la Alianza democrático.

A la vez, la democracia se nos presentó como la panacea, con la que se comía, se curaba y se aprendía. ¿Habría podido consolidarse esta propuesta fundacional sin esa dosis de ilusión, de potencia? No lo creo. Solo que, como ocurre habitualmente, la dura realidad no se modifica solo con democracia. La vieja Argentina seguía en pie, y a medida que comenzaba a manifestarse, se desgastaba la ilusión, principal sostén de un gobierno  lanzado a una aventura casi imposible.

Treinta y cinco años después, ¿que queda de aquella democracia?  Medida con la vara de 1983, hoy todo es decepcionante. Después de diez años de Menem y doce años de los Kirchner, separados por una crisis abismal, nuestro balance es decepcionante. Los gobiernos evolucionaron hacia el decisionismo, que fue derrumbando la institucionalidad republicana. Partidos organizados desde el gobierno invirtieron la lógica democrática y transformaron las elecciones en procesos de producción estatal del sufragio.

El pluralismo -una flor exótica- dejó lugar al unanimismo faccioso, alentado desde el Estado pero resistido por una buena parte de la sociedad. Los derechos humanos -maravillosa creación de nuestra sociedad- se convirtieron en una herramienta más de la política facciosa. Todo eso sucedió en un proceso de deterioro estatal, gestión calamitosa y una corrupción que superó todo lo imaginable.

Este es el balance propio de un actor, un contemporáneo que vivió con intensidad la ilusión primero, y el desencanto después. Tiene una marca generacional muy fuerte. Nuevas generaciones, con edades y puntos de referencia diferentes, cuentan otra historia.

¿Cuál es el balance de quienes, munidos con las herramientas del saber histórico, pueden ver un poco más allá de sus experiencias personales y ensayar eso que se llamó "el juicio del siglo"?

Con una mirada distante y desapasionada, el balance de lo ocurrido entre 1916 y 2016 es mucho menos negativo. Atrás quedaron los ensayos juveniles de la democracia, y también el largo ciclo de golpes militares, que reiteradamente interrumpieron procesos con los que la democracia pudo haber sido, quizás. La virulencia de los factores desestabilizadores se ha atemperado.

La Iglesia católica sigue alentando su proyecto de "nación católica", revitalizado por un papa argentino y peronista, pero ya no puede contar con el Ejército. Luego de la experiencia de la última dictadura, las Fuerzas Armadas -sometidas a un régimen de pan y agua- parecen haber abandonado los sueños mesiánicos que las llevaron, una y otra vez, a intervenir en salvaguarda de los superiores intereses de la Nación.

Tan importante como eso, los políticos civiles ya no cuentan con el recurso fácil de apelar a ellas -como lo hicieron en cada golpe de Estado- para resolver algún intríngulis institucional generado por su propia incapacidad. En estos treinta y cinco años años las instituciones democráticas han debido arreglárselas solas, y hasta han explorado la vía del "golpe blando", ciertamente nefasta pero de consecuencias menos dramáticas que el golpe militar.

Luego de tres décadas y media, y pese a los desaguisados que tan frescos tenemos, existe hoy una base para la democracia mucho más consolidada que en 1983. Esto es así sin épica, solo por la habituación al sufragio bianual y a un funcionamiento institucional normal, a veces más aparente que real, pero nunca desmentido por una proclama o un Estatuto revolucionario. Y más allá de los discursos facciosos con que algunos los envuelven, los verdaderos  derechos humanos están celosamente custodiados por una opinión pública atenta y sensible.

Hay grandes defectos, pero al menos hay acuerdo en una agenda de reformas, políticas e institucionales. Hay mucho que hacer con el sufragio, con los partidos y con su financiamiento; se hará cuando haya una mayoría -quizás ocasional- a la que estas reformas le convengan, como ha ocurrido siempre. También está en agenda la transparencia institucional, los controles del poder y la posible corrupción, así como una reforma profunda de la justicia. Todo se hará, paso a paso, o a veces con un paso atrás y dos adelante.

No están allí las grandes dudas de nuestra democracia, mediocre pero sólida, sino en su capacidad de recuperar el Estado y reconstruir el instrumento capaz de traducir las iniciativas de los gobernantes en políticas eficaces y sostenidas.

Solo así podemos imaginar una solución -Dios sabe en que plazo- para el más importante problema de nuestra nuestra sociedad: cómo reducir el mundo de la pobreza. La democracia puede convivir con él un tiempo, pero no indefinidamente.