Arquitectura Lunes, 26 de noviembre de 2018

Neuroarquitectura ¿una nueva disciplina?

Arquitectos y neurocientíficos llevan más de una década trabajando interdisciplinariamente.

El objetivo es diseñar edificios centrados en el funcionamiento del cerebro de sus ocupantes. De esta manera buscan fomentar el bienestar físico e intelectual, reduciendo el estrés y la ansiedad. La Arq. Ani Rubinat destaca los beneficios de este enfoque, especialmente en relación a los espacios de trabajo.

Se considera que el antecedente más directo de la neuroarquitectura está en el Instituto Salk de San Diego (EE.UU). El doctor Jonas Salk, en la década de los ´50, investigaba una vacuna para la poliomelitis. Sus estudios se realizaban en los sótanos de la Universidad de San Diego, y notó que su investigación se había paralizado. Fue entonces que decidió viajar al Convento de San Francisco en Asís, Italia, y allí las ideas fluyeron con facilidad. Salk atribuyó a la arquitectura del convento la inspiración que le permitió encontrar la vacuna que tanto buscaba. Tanto creía en la influencia de la arquitectura en las neuronas que entre 1959 y 1965 convocó al célebre arquitecto Louis Kahn para construir el Instituto Salk, ubicado en el barrio de La Jolla, en San Diego, un centro de investigación pensado para fomentar la creatividad entre los investigadores. Hoy en día el Instituto Salk es un referente internacional en espacios neuroarquitectónicos, es decir, que están diseñados teniendo en cuenta cómo funciona nuestro cerebro, con el fin de fomentar el bienestar físico e intelectual.

A los avances en neurociencia se ha sumado el arsenal de conocimiento e instrumentos que aporta la neurobiología. Uno de los pilares básicos para esta relación entre las dos disciplinas se erigió hace unos 25 años, cuando se descubrió que teníamos un cerebro plástico, es decir, que las neuronas podían ser reemplazadas, contrariamente a lo que se pensaba antes. Años después en 2003, Fred Gage, neurocientífico del Salk Institute, enunció una idea: los cambios en el entorno cambian el cerebro, y por tanto, modifican nuestro comportamiento. Ahora se comprende mejor cómo el cerebro analiza, interpreta y reconstruye el espacio y el tiempo, lo que aporta valiosas pistas a los arquitectos a la hora de distribuir los edificios.

Ese mismo año, fundó junto al arquitecto John Eberhard la Academia de Neurociencia para la Arquitectura, cuyo objetivo es construir puentes intelectuales entre neurociencia y arquitectura. Y no son los únicos que han indagado en esta materia; poco a poco cada vez hay más escuelas de arquitectura que ofrecen introducciones a la neurociencia o colegios de arquitectos. “Todo aquello que nos rodea nos influye, porque es información que hace que el cerebro ponga en marcha mecanismos de producción de hormonas que acaban produciendo sensaciones y emociones”, explica la doctora en biología Elisabet Silvestre, experta en biología del hábitat y colaboradora del Colegio Oficial de Arquitectos de Catalunya (COAC). Esto es fundamental cuando más del 90% del tiempo que estamos despiertos al día lo pasamos dentro de edificios, y lamentablemente muchos de ellos no están pensados y construidos para hacernos sentir bien.

Es tan amplio el potencial que tiene este enfoque, que aunque también se utiliza para sentirse más cómodo en casa, toma especial importancia en el entorno laboral para reforzar las capacidades cognitivas y facilitar las emociones positivas y la motivación. La Neuroarquitectura se puede aplicar también al diseño de ciudades, centros de salud, escuelas y más.

Luz, color y zonas verdes en espacios corporativos

El entorno arquitectónico y urbano cambia el cerebro y modifica nuestro comportamiento. La neuroarquitectura determinará aspectos clave a tener en cuenta a la hora de definir un espacio corporativo para conseguir un mejor y más relajado funcionamiento de nuestra mente, tales como la iluminación, techos, colores-texturas o las zonas verdes.

La iluminación resulta un elemento clave, “Una iluminación artificial deficiente no ayuda al cerebro, que debe esforzarse mucho más; eso en las empresas puede influir en una baja productividad, mientras que la luz natural y el contacto con el exterior aumenta exponencialmente los beneficios”, explica la Dra. Elisabet Silvestre.

Las zonas verdes, por su parte, también cumplen un rol fundamental. “Contemplar la naturaleza tiene un efecto restaurador para la mente y aumenta nuestra capacidad de concentración. Por el contrario, cuando estamos en habitaciones estrechas y oscuras, tendemos a estresarnos”, señala el neurocientífico Francisco Mora. Asimismo, la altura de los techos produce efectos diferentes, los techos bajos favorecen la concentración, mientras que los altos resultan ideales para actividades artísticas o creativas.

Por su parte, se considera al color como uno de los fenómenos más influyentes sobre las emociones, las actitudes y las decisiones de las personas. El color puede impactar de manera positiva o negativa en un entorno, y los espacios de trabajo no son la excepción. Según investigaciones que exploran el efecto del color sobre la cognición y el comportamiento de las personas, la incorporación de acentos de color que se asemejan al entorno natural como el verde, azul y amarillo produce efectos beneficiosos el bienestar de los empleados, y tiende a percibirse como un lugar saludable.

Existe una clara preferencia por los verdes oscuros o intermedios (reducen el ritmo cardíaco y la presión sanguínea aliviando el estrés), mientras que los anaranjados, amarillos pálidos o marrones típicos de la vegetación estresada o moribunda son los menos deseados. Además, el color rojo puede estimular los procesos cognitivos y la atención, factores necesarios para tareas que requieren un gran esfuerzo y concentración mental. Por su parte, el color azul y algunos verdes intermedios pueden ayudar en las tareas que requieren creatividad. Mientras que el uso de los grises y blancos tiene un impacto negativo en los niveles de estrés. En definitiva, la forma en que se utilice el color no es un tema menor, dado que puede alterar completamente la apariencia del espacio y, al mismo tiempo, influir en el estado de ánimo y la creatividad de las personas.

En este contexto, la Arq. Ani Rubinat concluye: “La Neuroarquitectura es una disciplina relativamente reciente que intenta investigar cuál es la influencia psicoemocional de los espacios en las personas. Los arquitectos que trabajamos en el tema de espacios de trabajo, tenemos un enorme desafío: la búsqueda constante de espacios placenteros, que incentiven el bienestar, la felicidad  y la productividad”.