Sociedad Espectáculos Martes, 6 de febrero de 2018

Murió la escritora Liliana Bodoc, la "Madre de los Confines"

Lo anunció el secretario de Cultura, Diego Gareca.

Por Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar

La cultura mendocina recibió una muy triste noticia este mediodía: falleció la escritora Liliana Bodoc, la genial escritora que traspasó los límites de la provincia y cuya producción literaria marcó un antes y un después.

Nació en Santa Fe en julio de 1958 bajo el nombre de Liliana Chiavetta y se radicó en Mendoza. Se consagró como escritora y poeta argentina especializada en literatura juvenil.

Su trilogía "La saga de los confines" se mostró como la revelación argentina en el género de la épica y la literatura fantástica; y sus libros fueron publicados en varios idiomas.

Liliana fue más para nosotros que "la escritora que llevó el nombre de nuestra provincia al terreno internacional". Fue la que nunca claudicó en su lucha por agigantar la cultura y sus alcances para el pueblo. Fue la que puso su cuerpo, su nombre y su compromiso en cada gesto que creyó valioso para ese cometido. 

De hecho, mucho antes de que su nombre se luciese entre los de otros distinguidos autores y editoriales, Liliana era Liliana. Siempre consecuente con sus metas, con sus amores, con sus hábitos y sus creencias. 

El teatro también la contó entre sus filas. De hecho, fue en '98 que se subió al escenario de una sala que había en el Hotel Huentala para ponerle voz y piel al espectáculo "Galeano con nosotros", junto a Hugo Coria. Esa obra teatral la dirigió su padre, el integrante del movimiento documentalista de Santa Fe, José Chiavetta. Es que para "la Lili" la palabra era más que un fonema. Ella creía en la palabra como un arma, "su" arma secreta para explicar el mundo, las inequidades, las luchas de los que no se ven. 

Esa sinceridad imbatible está presente en sus textos y fue lo que la consagró como una de las escritoras que "realmente hizo aporte nuevo al género de la fántastica", según palabras de la inmensa escritora Úrsula Le Guin (fallecida hace unos días). “Ursula Le Guin leyó los dos primeros libros de La Saga de los Confines gracias a Diana Bellessi, que se los hizo llegar. Ellas tenían una gran amistad que se tradujo en un libro común. Los leyó en español, porque tengo entendido que leía y hablaba muy bien el idioma. Luego mandó un email a la editorial. El editor, al principio, pensó que era una broma. Un correo de semejante nombre era algo extraordinario. Las suyas fueron palabras de muchísimo cariño y respeto por la obra, que luego ella reiteró varias veces a lo largo de estos 18 años que lleva la saga. Tuvimos algún contacto esporádico, algún saludo. En una oportunidad me dijo que le hubiera gustado mucho traducir la Trilogía pero que ya no se animaba a esa tarea porque estaba demasiado grande. Por último -y hace muy poco tiempo- antes de que saliera el libro “Venado” que ilustró Gonzalo Kenny, nos atrevimos a mandárselo. Ella lo leyó en PDF y envió un comentario muy precioso en inglés. Pero llegó tan sobre el pucho de la edición, justo el mismo día que entró a la imprenta, que decidimos no traducirlo. Así que ahí está, acompañándonos en la primera página, como último regalo de su poderosa generosidad”, le contó hace unos días, para nuestro suplemento de Cultura y antes de partir para Cuba a la Feria de Libro en la que fue como representante junto a otros escritores locales y autoridades de la Subsecretaría de Cultura, a la periodista Mariana Guzzante.

Luminosa, siempre

Liliana era santafesina pero vino a nuestra provincia a vivir con sus padres cuando era muy chiquita, una nena apenas. Siempre nos impactó la anécdota de cómo quedó huérfana de su mamá en aquel barrio Minetti de Las Heras, donde transcurrió su infancia. "Yo volvía de la escuela y me recibió en la puerta. Se murió en mis brazos", nos contó en alguna de las largas y bellísimas charlas con las que nos regalaba (siempre tan generosa, tan generosa, tan entregada a la experiencia de encontrarse con el otro desde la vivencia íntima).

Lejos de aferrarse a los traumas o las elucubraciones oscuras en torno a la muerte, Liliana se hizo luz: siempre, en todo momento, aún en esos y otros duros trances por los que atravesó en su vida; como en las vidas de todos. "¿Los ves? Están llegando. Son los que amanecen antes que tu cielo. Los que pueden recomenzar mil veces, alzar lo roto, pararse frente al viento y aceptar el granizo. Los que amasan y ven crecer las vides, construyen y cosechan, remiendan y madrugan sin esperar milagros", escribió para la Vendimia 2015 en un texto que dejó para hacer historia en nuestra fiesta mayor.

Sí: era, es y será luz suave pero firme, inextinguible, inclaudicable. Ella misma es la que amancerá antes que tu cielo, para traer su palabra como una espada contra las inequidades, para mostrarnos a los que no vemos a través de las historias más fantásticas, para contarnos nuestra identidad al oído; en las aulas de las escuelas que transitó complacida, sobre el escenario (también subió a las tablas junto la cantora Liliana Herrero, en el Independencia del 2005, para conjurar un espectáculo mágico).

Cuando vino a Mendoza a presentar "Relatos de los confines: Oficio de búhos" (fue en la Biblioteca San Martín, en 2012) estaba nerviosa: quería que su libro nos llegara a nosotros, los mendocinos, de manera amorosa y cálida. Por eso es que le pidió a su hijo Galileo (que vive en Buenos Aires, es actor y con su grupo de teatro Tres Gatos Locos, supo llevar a la escena obras de su madre, entre otras hermosas puestas) que trajese con él la obra "Un cuento negro", escrita por ella y todo un hallazgo en los escenarios porteños. 

Desde hacía unos años había elegido mudarse a la montaña. "Buenos Aires es un lugar imposible para mí", nos había dicho; y comprendíamos el por qué. Ella precisaba del ruido del agua del arroyo, del aroma de la jarilla, del verde cada mañana, de los secretos del monte. Por eso es que vivía en El Trapiche, con su esposo y compañero inagotable en la persecusión de sus sueños -el gordo, le decía-. Desde allí Liliana produjo sus últimas maravillas: "Memorias impuras", "Tiempo de dragones", "Elementales " (los cuatro libros). Pero, ante todo, este gesto que eligió para su vida cotidiana es consecuente con el título que desde todos los rincones del mundo le dieron: "el de ser la autora de la primera épica fantástica que narra la conquista americana a partir de los mitos de los pueblos originarios".

En mayo de 2016 la Universidad Nacional de Cuyo le otorgó el título de Doctora Honoris Causa. Fue un momento memorable, único, un hito; como todos los que supo conjurar Liliana a su paso.

Sus palabras, una vez más, fueron el peso de la contundencia inapelable en un discurso (que tomó forma en su conferencia titulada "La palabra y la construcción del honor"), que nos dejó para que jamás, jamás, la olvidemos: “Y ahora nos anda rondando una palabra peligrosa: meritocracia. Un concepto que puede transformarse según como se utilice y se aplique en una gran vergüenza. ¿Quién no merece recibir palabras? ¿Quién no merece agua pura? ¿Cuáles son los requisitos para merecer educación? La educación no se imparte, se devuelve. La educación no es un acto de generosidad sino de justicia” dijo Liliana en el punto clave de su discurso. Para concluir, enunció una metáfora que reflejó su compromiso con la educación y los jóvenes “dicen que tenemos muchos y buenos jugadores de fútbol porque los pibes tiene potreros. Si se me permite la extrapolación también tenemos muchos y grandes escritores porque tenemos educación pública”.

El tránsito hacia sí misma

Galileo y Romina, sus hijos. También cómplices y compañeros de esta madre inusual, son también protagonistas de muchas de sus búsquedas y aportes. Galileo, desde el teatro. Romina, propiciando sus pasos por otros territorios.

De hecho, en 2008 nos contó que había tenido que recorrer con ella los pasos que antes ya había dado. Fue en ocasión de un documental sobre su vida que estaban rodando: "La madre de los confines". La llamamos para que nos cuente y, claro, lo hizo:

 - ¿Qué lugares han recorrido hasta ahora?, le preguntamos

- La Facultad de Filosofía y Letras, que es donde hice mi carrera; el Barrio Covimet IV; el Colegio Martín Zapata, que es donde ejercí como docente; la Biblioteca San Martín. Allí nos prestaron un salón donde me encontré con Hugo Coria (ella también recordaba con amor aquel audaz paso por el escenario, dirigido por su papá). Hicimos un intento de recordar un par de escenas de esa obra, con la presencia de mi papá. Fue impresionante. También nos encontramos con una queridísima amiga, que es maestra rural; en su escuela -la Díaz Gascón- yo di un taller para chicos. Ahora nos falta Minetti.

"La idea es ver (se refería a aquel documental), a través de mi historia familiar y personal, las vicisitudes que durante la vida han ido transformando mi ideología política, mis convicciones religiosas, y cómo en un momento puede haber puentes entre esos cambios y mi trabajo literario.

- ¿Existen esos puentes?

- Sí, en especial en esa idea de lo sagrado, en el misticismo religioso.

- ¿Hubo un cambio fuerte en vos, en ese sentido?

- Sí: me hice musulmana. Fue hace muchos años atrás. Por alguna razón que no conozco, sentí la necesidad de acercarme a Dios. Yo vengo de una casa atea, ligada al PC (Partido Comunista). Empecé a sentir que no hay que pensar con desdén en esta idea de Dios, que es un concepto que, de diferentes maneras, surge y merece ser pensado, reflexionado. Así que un día fui a la mezquita que está en la Alameda y me atendió el "hermanito Jaled" (también en la película está el encuentro con él). Una persona de un corazón grandísimo, gigantesco. Después, con el tiempo, me di cuenta de que no todos los musulmanes son como el hermanito Jaled (ríe). Mi nombre bautismal es Summaia (que es una de las esposas de Mahoma). Yo lo elegí. Está claro que sólo me apego a algunas cuestiones del rito y, por eso mismo, esta creencia es algo que casi no llevé a mi casa.

-¿Por qué elegiste ser musulmana?

- Porque hay una noción de Dios que es la que cabe. No se utiliza iconografía (ríe), que a mí me recuerda tanto al imperio romano. Es una visión superadora en este sentido porque, en la teoría (algo muy difícil) no se adjudica a Dios forma alguna. Yo recuerdo, en una charla, haber dicho: "La mano de Dios" y que acotasen: "No le pongas a Dios una forma, ninguna, no lo humanices". "Es muy difícil", acoté yo (se ríe). Después, lo que me terminó de interesar es el sufismo místico, esa idea del desapego total a lo material. Esta idea de que sólo tengas con vos lo que necesitarías en un naufragio. Ése es un gran pilar para mí y otro de una simpleza total pero que a mí me ha servido mucho en la vida. Me decía el hermanito Jaled: "En la acción está la bendición". En mí resulta de ese modo. Todo esto, en mi obra, está presente. Con mayor fuerza en la saga de los Confines, también en "Memorias impuras", aunque en menor medida.

- ¿Qué te queda por recorrer?, le inquirimos

- Lo groso, que es Minetti.

- ¿Y qué es eso?

-La casa donde pasé mi infancia, donde murió mi mamá. Es también lo más lejano y lo más irremediable en mi historia. Allí está la columna donde mi mamá se afirmó y me dijo: "Esperá que estoy mareada" y cayó, muerta, a mi lado. Yo tenía 7 años. Esa carencia del que se cría huérfano de madre, esa enorme carencia, hace que uno sienta que no tiene a esa persona que va a perdonarte cualquier cosa que hagas. Uno se cría sintiendo que, al no estar, hay que hacerle chiches a todos para que te quieran (se rió con nostalgia).

Casi igual a esa historia que la marcó (¿cómo podía ella creer que siendo el ser maravillosamente amoroso que era alguien podría no quererla?) "la Lili" se nos fue. De pronto: durmiendo, sin grandes alharacas y aspavientos, como hizo todo en su vida con profunda humildad y poesía. Estamos tristes, tristísimos, llorando frente a su sonrisa que ahora será eterna. Te amamos: madre, amante, abuela, hermana, amiga, voz e idea inabarcables.