Estilo Sábado, 7 de abril de 2018 | Edición impresa

Mariela Laudecina: “Vivo la poesía como una especie de inquietud”

La mendocina se instaló hace años en Córdoba y allí, rodeada de una actividad poética intensa, comenzó a dar a conocer su poesía.

Por Augusto Munaro - Especial para Estilo/Cultura

Mariela Laudecina partió hace algunos años de Mendoza para radicarse en Córdoba, provincia desde la que ha editado una sólida obra lírica.

Acaba de publicar “El bosque de las mujeres amadas”, su esperado último libro. Personal, en un registro meticuloso, sus versos dan forma a un universo entre la tensión del desamparo y la necesidad de una creencia.

Son versos que trascienden ampliamente el género por su voracidad, por su energía infinita. Opacidad y luz. Ilusión de eternidad.

Laudecina lleva publicados los siguientes libros de poesía: “Hacia la cavidad” (2006), “Ciruelas” (2007), “Intiyaco” (2009), “Tomo las decisiones con los pies” (2011), “Perfume de jarilla” (2013) y “La culpa es del sueño” (2015). Dirige la colección de poesía Mambo Nicanor, para el exquisito sello cordobés Buena Vista Editora.

–“El bosque de las mujeres amadas” es un poema de largo. ¿Te resultó difícil trabajar ese ritmo caudaloso, extender tu respiración?

–Siempre me sedujo la idea de escribir poemas largos, pero no lo conseguía. Y un día sucedió, simplemente así.  Fluyó.

–¿Qué simboliza el bosque en este libro?

–El bosque son los diferentes estados por los que puede pasar una mujer, o la idea de mujer.  Acerca de qué es serlo, cómo se vive el amor, la maternidad, el lugar con respecto al hombre. El bosque es la mujer misma. Todo aquello que sabe, lo que la imposibilita y el poder están ahí.

–Por momentos, a causa de su tono claro, pareciera tratarse de un canto. Una oda a la mujer. Pero sin una mirada, diría, sacralizadora. ¿Qué rol interpreta aquí la mujer en relación al hombre?

–Claramente una relación de desigualdad. Pero a la vez está el sueño de una posible comunión en algunos aspectos que si son revertidos se podría vivir de otra forma. Y eso depende de las transformaciones que puede lograr el espíritu femenino.

–El cuerpo constituye uno de los ejes del poema. 

–El cuerpo lo es todo. Creo en la definición spinoziana.

–Aquí, en este libro, ¿qué sentimientos atraviesan tus versos?

–Claridad y hermandad.

–En cuanto a tu modo de escribir, ¿sentís la belleza de un verso antes, incluso, de empezar a pensar en el significado?

–No puedo saber eso en este caso. Iban cayendo los versos como cascadas y luego los leía y me parecían muy atinados y musicales. Sólo sabía lo que quería decir, el cómo, sucedía. Por lo general me pasa así, después en la corrección le voy dando más forma y puedo sentir esa belleza o no.

–Walter Pater escribió que todas las artes aspiran a la condición de la música. En poesía, ¿qué relevancia le otorgás a la musicalidad de las palabras?

–Le doy importancia porque creo que todo poema tiene su música. La que sea. Yo al menos no puedo disociar lo que quiero decir sin que esté contenido por ella.

–Algunos poetas suelen contestar a la pregunta de por qué escriben con un: “por necesidad”. ¿Podrías explicarnos cómo se vive la liberación que produce la escritura de un poema?

–No sé si es una necesidad. Quizá lo sea. Yo lo vivo como una especie de inquietud. De pronto me encuentro escribiendo como si se tratara de regar las plantas para que no mueran. Y así no he dejado de escribir por años. Y que así sea me tranquiliza.

–Hay quienes creen que es más fácil el verso medido –las formas sujetas a reglas– que el libre. Supongo que la explicación podría ser que una vez que se desarrolla un modelo )un modelo de rima, de asonancias, de aliteraciones, de sílabas largas y breves) sólo hay que repetirlo. ¿Qué pensás?

–Pienso que es una elección personal. El punto es no quedarse ahí. Yo me aburriría.

–Aquí otro pasaje: “Vuelvan a ponerse los ojos / La vida está afuera/ El doble salió del cuerpo/ y hablamos varias lenguas/ meamos el suelo/ Nuestra canción es poderosa y eterna / Sabemos lo que hay que saber / Vuelvan a ponerse los oídos/ no importan otros asuntos / aunque dé risa/ diabla risa / un hallazgo tan inverosímil”. Leyendo tu poesía, se vislumbra un marcado sesgo coloquial. Fresco, real. Hay quienes creen que un estilo artificioso es un error, ya que es un signo de vanidad. ¿Lo ves un poco así?

–Escribir con un estilo artificioso puede ser signo de vanidad, de pretensión, pero no siempre. A menos que a través de ese estilo quieras decir algo y se justifique. 

–Aquí otros versos un tanto menos explícitos: “Afuera / buscamos placer con elegancia /golpeamos dos piedras / el fuego nos resulta fácil”. Mariela, en términos de eficacia estilística. ¿En poesía conviene ser fiel a la expresión, o ser, más bien, partidarios de la alusión?, ¿por qué?

–Depende de lo que quieras decir. O cómo puedas hacerlo. A veces la expresión pura funciona en ciertos versos o poemas y a veces no. Al igual que la alusión.

–Hablemos de tu evolución poética desde “Hacia la cavidad” y “Ciruelas”, hasta tu actual “El bosque de las mujeres amadas”. ¿Notás ciertos cambios y ajustes en cuanto a la forma y temas abordados?

–Sí, claro. Creo que he ido transformándome en cada libro. Esos dos libros son los primeros, y aunque no reniego de ellos, me gustan más los que vinieron luego.

–Por cierto, ¿solés pensar en el lector cuando escribís?

–No. Nunca.

–Me comentaste que tenías listo otro poemario. ¿Qué tan difícil resulta publicar poesía en la provincia de Córdoba?

–En mi caso no ha sido difícil publicar. Creo que hay que tener paciencia porque no hay tantas editoriales para la cantidad de demanda. Pero en este último tiempo han surgido más editoriales con lindas propuestas.

–¿Un poeta que descubriste hace poco y te gustaría recomendar? 

–-Chantal Maillard

–Por último. Como poeta, como escritora de poemas: ¿se aprende leyendo la poesía de otros?

–Leer a otros es inspirador. Hay versos o palabras que me disparan una imagen o una idea y eso es hermoso.

Un soplar en el bosque

Libro compuesto por un único y extenso poema, rico en profundidades y sombras, “El bosque de las mujeres amadas”, se abre paso, avanza a través de doscientos versos sintéticos y alucinados.

Disponiendo del bosque como concepto lírico, la autora plantea la angustiosa sensibilidad del alma a través de una rigurosa renovación del estilo alegórico.

Imposible y onírica, Laudecina sabe pensar con las emociones. Una conciencia poética que no describe desahogos, sino que elabora momentos de lucidez que brotan de la carne, hasta lo etéreo.

Canto desbordado y secreto. Trémulo y beatífico. La intensidad de su imaginación a través de este poema-río, delata un arduo cultivo del mundo interior, un fervoroso afán de ahondar en emoción.

De este modo, su poesía puede iluminar. Su luz no se derrama: encuentra su forma. Lo hace con gracia de profundidad.

El universo lírico de Laudecina es un homenaje audaz de la palabra al silencio, de la presencia a la ausencia, de la forma al vacío.

Una poética flexible y de honda carga simbólica que no hace otra cosa más que soñarse a sí misma.

Cada verso pareciera implicar un sueño muerto. Así, se teje una tranquila belleza que sangra.

Una poesía que no podría ser sino como es, sincera en su Reino. Es difícil pedirle más a un libro.