Opinión Martes, 12 de febrero de 2019 | Edición impresa

Los sables de la victoria - Por Roberto Colimodio

Por Roberto Colimodio - Historiador

Así la definía el general Bernardo O’Higgins, Director Supremo en campaña al Director Delegado Hilarión de la Quintana en oficio del 7 de Mayo de 1817 desde Concepción:

“Ochenta sables de caballería debe VS remitirme inmediatamente. Tómense de Granaderos a Caballo, de la artillería, de donde existan. Es la arma (sic) que nos da la victoria. En adquirirla han roto los suyos los Granaderos del tercer escuadrón”.

Con fecha 20 de Mayo de la Quintana envía lo solicitado por intermedio del subteniente de artillería Isidoro Villar y son recibidos por el prócer chileno recién a fines de Junio, setenta sables de vaina de latón.  

Los sables en Chacabuco (12/2/1817)

Decidida ya la batalla, San Martín instruyó a sus ayudantes para que los jefes de caballería persiguiesen al enemigo fugitivo hasta donde le aguantasen los caballos. Estas órdenes fueron cumplidas al pie de la letra. Los sables de los granaderos, afilados a molejón por los barberos cuyanos, causaron destrozos espantosos. Se encontró un cadáver que había sido destrozado por un tajo en dos porciones desde la cabeza hasta la parte inferior; también se halló un fusil rebanado de un sablazo.  

Este particular encarnizamiento tuvo como protagonistas principales a los granaderos comandados por Mariano Necochea, quien apenas terminada la batalla y rodeando a un grupo de prisioneros realistas con su escuadrón, uno de éstos disparo un tiró a quemarropa sobre su hermano Eugenio. Este alevoso ataque llenó de furia y rabia al comandante granadero (pensando que su hermano había perdido la vida cuando en realidad estaba herido y sangrante) que ordenó a su gente que, sin dar cuartel a nadie, acuchillasen a los dispersos. El obediente escuadrón, emprendió la carrera dejando una huella de sangre hasta el Portezuelo de la Colina.  

Camilo Anschütz en su “Historia del Regimiento...”, manifiesta que en las diversas acciones, incluso Chacabuco, se rompieron cerca de 400 sables, por lo cual San Martín realizó un pedido urgente de reposición de los mismos, rápidamente atendido pues a fines de febrero y más tarde el 15 de mayo de 1817 salieron dos remesas “debidamente embalados en diferentes cajones” desde Buenos Aires.  

Gerónimo Espejo, presente en la acción escribió en su obra “El Paso de los Andes” algunas anécdotas relativas a “los estragos que causaron los sables de los granaderos se conservarán tanto cuanto dure el recuerdo de su nombre. Además de los que refieren los señores Amunátegui, nosotros encontramos en el campo entre diversos despojos humanos, una cabeza separada de su tronco. Y es con tal motivo que no recordamos haber visto posteriormente otro, muy singular sin duda, que nos permitimos referir su analogía”.  

El año 1848 conocimos en Lima un negro viejo, africano, que vendía velas por la calle, a quien los muchachos habían puesto el sobrenombre “Ya murió”, y lo habían medio enloquecido mofándole con este apodo alusivo a la persona de San Martín. Examinándolo un día con este motivo, nos refirió en ese lenguaje chapurrado que usan ‘que en Buenos Aires fue uno de esos libertos que se determinaron al servicio militar: que había sido soldado del número 8; que en el ejército de los Andes había hecho las campañas de Chile y del Perú; que cuando la capitulación del Callao él se encontraba muy enfermo en el hospital; que se había hallado en varias acciones y guerrillas, y en especial en la batalla de Chacabuco, y para comprobarlo sacó del bolsillo un papel en que conservaba envueltos, los bigotes de un talavera, que después de haberlo volteado de un bayonetazo y muerto de un balazo, le había cortado el bigote con labio y todo, diciéndole ‘no queré azuca, pues toma azuca’ aludiendo a las conversaciones que el General San Martín les hacía en el campamento de Mendoza para entusiasmarlos”.  

Ya los realistas habían conocido el filo del sable y la destreza de los granaderos en el Combate de San Lorenzo en 1813 en el bautismo de fuego del glorioso cuerpo de caballería. Tal fue la impresión causada que en varias ocasiones fuerzas superiores en número evitaron la lucha pese a las provocaciones patriotas con el episodio conocido como “Encuentro de Landa” en Entre Ríos donde 600 marinos no desembarcaron pues en la costa los esperaban una treintena de granaderos blandiendo sus sables al mando del entonces teniente Manuel Hidalgo (uno de los muertos en Chacabuco). También en el Alto Perú y en las primeras acciones en Chile, inmediatas al Cruce de los Andes, las cargas granaderas dieron muestras de efectividad y aterrorizaron a los enemigos.

El propio San Martín, cuenta Manuel Olazábal en sus memorias, instaba a sus hombres a que así actuaran, como en la noche del 11 de febrero, a horas de la batalla cuando le dijo:  

“¿Qué tal estamos para mañana? ¡Duro con los latones (sables) sobre la cabeza de los matuchos, que queden pataleando!”.  

Cabe aclarar que el latón no se refería a la hoja del sable sino a la vaina confeccionada en ese material. El mismo Necochea que con 80 granaderos derrotó a los realistas en Las Coimas (previo a Chacabuco) en brillante acción fingiendo una retirada para cargar al enemigo cuando los perseguía, acuchillando y aterrorizando a los fugitivos que huían por todas partes. Lo que contribuyó (además de la bravura) al terror fue el “ruido inusitado de las vainas de latón que traían los insurgentes, pues hasta esta época sólo se habían usado en Chile las de cuero. Los fugitivos no dejaron de correr sino muy lejos, y cuando comunicaron a sus compañeros el pánico que les habían causado los sablazos de los granaderos y la sonajera de sus vainas”.

El enemigo español siempre trató de subestimar los sables patriotas. Tal es así que Marcó del Pont, en una proclama, dijo que era tal la miseria del Ejército de los Andes, que no teniendo con qué comprar sables, habían mandado hacerlos de lata. Es por eso que en los primeros encuentros con los españoles, éstos llenaban de insultos a los patriotas y les decían “Vengan con su sable de lata, que aquí están los vencedores de Bailén”. Así les fue…