Sociedad Lunes, 11 de febrero de 2019 | Edición impresa

Las sociedades de beneficencia, primer espacio político al que accedió la mujer

La primera entidad creada en Buenos Aires quedó en manos femeninas. Un espacio fuera del hogar familiar.

Por Luciana Sabina - Especial para Los Andes

Con respecto a la lucha de la mujer por la igualdad, generalmente se considera como primer avance al que impusieron las pertenecientes a clases medias y bajas, imbuidas por un socialismo incipiente de principios del siglo pasado. Sin embargo esta bandera fue levantada mucho antes por las damas de la elite nacional.  

Así, una de las primeras voces en criticar la condición a la que estaba relegado el sexo femenino fue la de Mariquita Sánchez. Por entonces los matrimonios arreglados eran moneda corriente: “Se lo decía a la mujer y a la novia tres o cuatro días antes de hacer el casamiento, era muy general. Hablar del corazón a estas gentes era farsa del diablo. (...) ¡Ah, jóvenes del día! Si pudieras saber los tormentos de aquella juventud, ¡cómo sabríais apreciar la dicha que gozáis! Las pobres hijas no se habrían atrevido a hacer la menor observación, era preciso obedecer. (...)  Se casaba una niña hermosa con un hombre que ni lindo ni elegante, ni fino, y además que podía ser su padre, pero era hombre de juicio, era lo preciso”.  

 

Muchas preferían volverse religiosas; “el amor se perseguía, el amor era mirado como depravado. Ya se puede inferir, por lo dicho, la vida de la mujer de esta época”. Mariquita se opuso a un matrimonio que no deseaba y logró casarse con Martín Thompson haciendo uso de artilugios legales. Se trató de un antecedente fundamental.  

 

Lamentablemente esta costumbre fue regla durante todo el siglo XIX y recién llegando a fines del mismo comenzó a romperse el “consenso social” que le daba base. En 1891, por ejemplo, las páginas de Los Andes dieron a conocer la historia de una joven mendocina llamada Baldomera cuyos padres obligaron a contraer matrimonio. La muchacha estaba enamorada de un panadero español, llamado Francisco y esto hizo a la familia tomar cartas en asunto, dada la condición humilde del aspirante. Semejante situación la llevó a enloquecer, escapando del hogar marital para recorrer las calles de la ciudad en completa enajenación, buscando a Francisco. Al hallarlo rompía en llanto, abrazándolo con desesperación, ante la mirada atónita de los testigos circunstanciales. Como era de esperar, el flamante marido no soportó semejante desprecio. Todo finalizó con la anulación del matrimonio y con Baldomera junto a Francisco en un tren camino a Buenos Aires, para que ella iniciara un tratamiento psiquiátrico. Las palabras del diario al rematar el artículo son categóricas: “servirá de ejemplo a muchos padres de familia que, ya impulsados por el egoísmo o dominados por la ambición, sacrifican –abusando de la autoridad paternal- a sus hijos, obligándolos a unirse a personas a quienes no aman, a quienes no pueden amar”.  

 

Pero así como estas mujeres fueron las principales víctimas de los matrimonios concertados -debido a que los mismos se llevaban a cabo, fundamentalmente, para resguardar bienes, incrementarlos o sellar camaraderías de índole política-, ser parte de la elite social les permitió dar los primeros pasos en lo público, a través de las sociedades con fines caritativos.  

La primera oportunidad llegó en 1824 gracias a Bernardino Rivadavia con la creación de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires, colocándola totalmente en manos femeninas. En aquella oportunidad fueron trece las damas encargadas, entre estas estaba la esposa de Viamonte, una hija de Azcuénaga y Pepa Ramos Mexia, que escribió entusiasmada a la presidenta, quien no era otra que Mariquita Sánchez: “Querida amiga: muy agradecida a su finesa de contarme entre ese número tan escogido de sus amigas y para tan bellos fines. (...) ¡qué éxitos los suyos! Sabe lo que se hace, el señor Rivadavia, poniendo en sus manos su destino con la más difícil de las tareas de escoger, convencer y allanar voluntades”.  

 

De sus palabras emana la emoción de tener, por primera vez, vida fuera de los muros familiares. Estos grupos de trabajo les permitieron liderar redes de acciones sociales, cuyo peso fue incrementándose durante las siguientes décadas. Las mujeres comenzaron a aparecer en los diarios por sus actividades y no sólo por sus condiciones de esposa, hija, occisa, etc.  

El fenómeno halló eco en cada provincia. Aquí y allá se encargaron de realizar acciones como kermeses para reunir fondos y destinarlos a quienes más lo necesitaban. Ellas se encargaban de todo. Rastreándolas en la prensa desde mediados del siglo XIX a principios del XX, las vemos empuñar sus apellidos ilustres, demostrando que fuera del hogar la mujer también tenía espacio.