Opinión Sábado, 12 de enero de 2019 | Edición impresa

La televisión argentina en su peor encrucijada - Por Iván Tokman

Mientras el espectador parece tener más control sobre lo que ve, posee menos menos libertad de acción.

Por Iván Tokman - Vicepresidente de Gui.ar / Asociación de Guionistas de Argentina

Hacia mediados de la década pasada la televisión argentina se había consolidado como la cuarta exportadora mundial de formatos. Una década después nos movemos frenéticamente y a ciegas dentro de un túnel oscuro, el final del túnel se acerca, pero no se vislumbra la luz. Nos encaminamos velozmente hacia la pared. La crisis económica de los canales nos enfrenta a un desafío de carácter político y cultural sin precedentes. 

Años atrás, frente a la proliferación de nuevos medios, nos invadía el optimismo. Pero la realidad demostró ser otra. El rating se desploma. Los canales de aire y cable reducen en cantidad y calidad la producción. Se pierden puestos de trabajo. Los espectadores migran a nuevas pantallas, pero para el desarrollo económico de las producciones el ecosistema del streaming es un arma de doble filo. Los sitios dedicados a compartir videos, (Youtube, Vimeo, Dailymotion) democratizan el acceso, pero amateurizan el trabajo. Son medios difíciles de monetizar y, en la mayoría de los casos exitosos, funcionan como plataforma para otro tipo de esquema de negocios. 

El sociólogo norteamericano John Thompson sostiene que "la formación de los modernos estados nación estuvo involucrada de manera compleja con la creación de símbolos y sentimientos de identidad nacional". La televisión fue uno de los medios que asumió ese papel. Hasta hace unos años el sistema televisivo internacional estaba conformado por una red de canales de aire y cable, públicos y privados, que se retroalimentaban entre sí. No se trata de idealizar los medios masivos, pero sí de dar cuenta de la posibilidad de constituir visiones diversas a partir de la proliferación de canales de comunicación. Cada país construía, en mayor o menor medida, una industria que reflejaba su cultura, su cosmovisión y los intereses propios de cada comunidad.

Hoy, unas pocas plataformas de videos on demand (a la carta), como Netflix, están presentes en todo el planeta. Las televisoras se ahogan económicamente y todo parece indicar que vamos hacia la mayor concentración de contenidos de la historia. 

Enfrentamos varias paradojas. Mientras más pantallas se encienden, más contenidos se apagan. Mientras el espectador parece tener más control sobre lo que ve, posee menos libertad de elección. El cometido social de los medios masivos, un espacio continuo de luchas y fricciones, se distorsiona. ¿Qué función pueden cumplir los contenidos televisivos dentro de la cultura y la democracia si se las arrumba en un medio moribundo? Las distintas voces se acallan y así va desapareciendo paulatinamente de la pantalla la riqueza de la diversidad cultural. Las imágenes se vuelven homogéneas, moldeadas según estándares impuestos de un supuesto gusto internacional. Estamos delegando en el mercado la política cultural audiovisual. 

¿Cómo se resuelve esta problemática cuando la televisión se mueve dentro del espectro radioeléctrico que corresponde a los Estados y las plataformas se convierten en multinacionales que navegan en las aguas libres e internacionales de Internet? ¿Cómo hacer para que los contenidos argentinos circulen y el público pueda revincularse con los mismos? Si bien no hay una sola respuesta, la inacción es la peor de todas. Es necesario que el sector público y privado establezcan nuevas estrategias conjuntas para volver a posicionar nuestra industria. Nuestro mayor diferencial siempre fue el talento de los recursos humanos. Hoy ese potencial está ocioso mientras los responsables políticos y empresariales siguen tocando canciones viejas sobre la cubierta del Titanic.