Opinión Domingo, 4 de febrero de 2018 | Edición impresa

La soberbia y el fanatismo suelen caminar juntos - Por Julio Bárbaro

las ideologías no son suplentes del arte de gobernar.

Por Julio Bárbaro - Político y escritor Especial para Los Andes

Es un verano neutral, con un pasado que se debilita y un presente que todavía no cubre el vacío que deja el ayer. Un error reiterado de demasiados gobiernos, imaginan derrotar al pasado en clave ideológica, hablando mal, demoliendo sus principios. Tan irracional como absurdo, lo nuevo tendrá vigencia si acierta con sus medidas, si sus propuestas favorecen a las mayorías. Si le erran al presente que no critiquen al pasado, porque carecen de autoridad, moral o política, de autoridad. Gritan algunos, como si con el alarido conjuraran el ayer, a los demonios que imaginan vencidos, como si no se hicieran cargo de que el partido recién empieza, que necesitan gobernar. Los odios están gastados y para pacificar parece que falta grandeza. Todavía. 

Los que se fueron imaginaban que la revolución era la hija pródiga del caos, los que vinieron creen en las virtudes del libre comercio y en el milagro de la inversión extranjera. Las ideologías no son suplentes del arte de gobernar. Los chinos inventaron un Estado capitalista con gobierno marxista y deslumbran al mundo. Gobernar es un arte, como todas las artes está mucho más allá del manual. Un estadista es mucho más que un creyente, cualquiera sea su fe. Privatizadores que asumen vender lo más avanzado, un reactor nuclear a Holanda, del Invap, de lo único que todavía no lograron destruir privatizando.

El Gobierno lleva dos años sin aciertos contundentes, hubo tiempos de soberbia, ahora ya se van bajando los egos, y se va desdibujando el optimismo a la par que se debilita la esperanza. No hay alternativa opositora, eso es bueno a veces, no siempre. Uno puede no ganarle a nadie tanto como corre el riesgo de perder solo. Y el poder odia al vacío.

El radicalismo instaló la democracia y el peronismo la justicia social. Fuera de ellos solo hubo golpes, y ahora lo nuevo parece no superar el ayer sino tan solo negarlo, ignorarlo o cuestionarlo. Libros abundan, frívolos, fanáticos, hijos de la intolerancia. Libros contra Perón y el peronismo, algunos reivindican a la guerrilla, otros no se entiende siquiera de dónde surgen o qué diablos intentan demostrar.

Los fanáticos siguen vigentes, derrotado el cristinismo surgió el fundamentalismo por otros lados, en otras vías. Una inquisición denuncia al "populismo", otra al peronismo y finalmente al Papa.

Del otro lado están ellos, los modernos dueños de la virtud. Todavía es solo virtud oculta, una simple promesa de un talento en potencia que tarda en volverse acto. Y son ricos comprando lo que queda, ricos privatizando para ser más ricos, y dicen que al hacerlo ayudan a los pobres. Olor a justificación, a simple dogma de la codicia. 

La deuda crece, la balanza de pagos empeora, invertir en el banco es más rentable que producir. Nada nuevo bajo el sol. Y la pretensión, permanente, de imponer una verdad al resto. Soberbia y fanatismo, suelen caminar juntos. De integrar al otro, de buscar coincidencias, de eso no se habla.

Los inversores extranjeros no llegan, los negocios se siguen concentrando, los grandes son cada vez más grandes, eso define una sociedad con demasiados caídos. 

Macri cree en la concentración, el poder de Quintana es una muestra de esa mirada, de esa lucha donde ni las farmacias sobreviven a la codicia de los poderosos. Se fueron los socialistas que nunca creyeron en esa causa, ahora vinieron los capitalistas que no dudan de sus objetivos. Los otros eran izquierdistas falsos, estos son capitalistas de verdad. Imaginan estar fundando una nueva forma de gobernar, por ahora no les creo, para mi gusto son tan pasajeros como todos los anteriores.     

Los católicos ricos y los ateos agresivos enfrentan al Santo Padre, que sigue siendo sin duda la figura más respetada de la humanidad. Molesta, y mucho, que alguien nos trascienda en una sociedad que desde hace rato, desde el último golpe, viene en decadencia. 

Bolivia fue el país más exitoso del continente en el año que nos dejó. Duro, muy duro, eso nuestros padres jamás lo hubieran imaginado. Tienen un rumbo, su sociedad se integra, al revés de la nuestra, que se va quedando sin clase media. Eso sí, los ricos nuestros figuran entre los más ricos del continente. Ese lugar que antes ocupaba nuestro pueblo. Algunos a eso lo consideran progreso.

El Presidente recorre el mundo, uno no entiende si busca inversiones o un modelo de sociedad. De ambos carecemos, el modelo es mucho más importante que las inversiones. Y por ahora no aparece. No sabemos qué producimos y qué compramos afuera. Nos endeudamos mientras lo debatimos, gastamos más de lo que generamos, y siempre parece que se quedan cortas las tarifas, como si el ciudadano fuera el culpable, de este modelo donde todo lo rentable es privado y todo lo que da pérdida lo financia la sociedad. 

Duro, ni el endeudamiento ni la suba de las tarifas son eternos, aunque algunos así lo imaginen. Siguen vendiendo pedazos del Estado, privatizando, como si ese fuera un camino. Hasta ahora solo generó miserias, ¿por qué ahora habría de cambiar? Y menos mal que no privatizaron el Invap, el único recuerdo de un proyecto nacional que hace rato, demasiado, no logramos recuperar.