Opinión Jueves, 28 de junio de 2018 | Edición impresa

La gestión del futuro - Por Miguel Ángel Gutiérrez

Por Miguel Ángel Gutiérrez - Lic. en Ciencias Políticas, doctor en Historia, director del Centro Latinoamericano de Globalización (*)

La automatización -incluyendo la robótica y la inteligencia artificial- para el común de las personas, es algo muy lejano, aun cuando la usen a diario sin tomar conciencia de ello, y es probable que verdaderamente no sea necesario que reflexionen sobre la misma. Pero hay por lo menos tres categorías de personas que están obligadas a hacerlo: gobernantes y políticos (no basta con hablar del futuro), empresarios y trabajadores. En este último caso no sólo los dirigentes sindicales. 

La digitalización conforma la infraestructura de todas esas cosas y se manifiesta en la industria 4.0, la agricultura 3.0, los servicios: de salud, nutrición, educación, comunicaciones, transportes, vehículos autónomos (drones, barcos, autos, trenes, etc.), bancos y finanzas, etc. Es difícil encontrar algo que no sea afectado por las próximas (menos de dos décadas) tecnologías.

No basta con enunciarlas, es preciso saber en qué consiste cada una, cómo afectarán todas nuestras actividades, cuáles son los resultados más probables, cómo interactúan entre ellas y se multiplican y extienden a campos totalmente diferenciados.

No encontramos estos temas en las discusiones políticas, tampoco en la problemática y proyectos empresarios; en las discusiones paritarias; en los comentarios de los medios de comunicación; ni siquiera en las protestas de los científicos. Es claro que son muchas y grandes las dificultades del presente, pero éstas son como los árboles que nos impiden ver el bosque.

Otro tanto sucede con los grandes problemas globales, que no se agotan con los objetivos del desarrollo sustentable, con sus indicadores legitimados por su adopción en la ONU, casi un romanticismo. ¿Qué tal, por ejemplo, que el primer objetivo de la educación fuera el desarrollo de la inteligencia colectiva? 

Un mundo en permanente transformación y cambio, donde emerge sobre nuestra línea de horizonte un futuro superpoblado, envejecido, urbanizado, con constantes y crecientes brechas, con economías que generan un continuo y fuerte impacto sobre el medio ambiente, la vida y la biodiversidad.

Desde lo más superficial: ciudades e infraestructuras agotadas, que reclaman por la reinvención de los sistemas de energía, producción, transporte y servicios, al extremo más profundo del rediseño de la vida mediante la edición genética y las nano, bío, info y cogno tecnologías, el menú de cambio se muestra inagotable.

La dilución de las ideologías de la sociedad industrial deja margen para la emergencia de una civilización tecnológica, donde la tentación de depositar la confianza en que estas tecnologías puedan traer solución a todos nuestros problemas es grande y peligrosa. Y en particular para nuestros países subdesarrollados, donde el síndrome Usted (acrónimo de Uso Subdesarrollado de Tecnologías Desarrolladas), enunciado por Horacio Godoy en los 80, cuando se comenzaban a introducir sistemas computadorizados en la gestión de instituciones burocráticas, mantiene plena vigencia en relación con el mundo digital.

El constante y acelerado crecimiento de la economía mundial, si bien ha generado un aumento sin precedente de la riqueza, el mismo no se ha visto reflejado en las condiciones de vida, trabajo y educación. Y los sistemas sociales acrecientan las desigualdades y abren nuevas brechas entre los países y al interior de cada comunidad. En el ambiente global de la economía y los negocios -en expansión acelerada-, individuos, organizaciones y aun países enfrentan un mismo desafío: cómo pensar, crear y planear con acierto su futuro. Es decir cómo gestionar el futuro.

El mundo occidental creció en torno al individualismo, la competencia -incluida la legitimidad de la guerra- con poco o nulo sentido del común. Tristemente los países emergentes de Oriente tienden a repetir ese modelo de desarrollo. Se ensayan parches, pero la responsabilidad social empresaria está tan lejos del bien común global como las religiones de la santidad.

Sobre muchos de estos temas hay congresos por todo el mundo, predominantemente académicos, o empresarios, también en foros internacionales, pero muy pocos tienen su foco puesto en la ciudadanía y en dotarla de habilidades para poder enfrentar los desafíos del siglo XXI. 

Asistimos a un proceso de convergencia entre todas las ciencias, con los desarrolladores de tecnologías y las empresas. Aun cuando es muy pequeño el porcentaje de descubrimientos que culminan en aplicaciones, procesos o productos. Y los nuevos desarrollos se hacen en función del lucro que generarán sin un mínimo análisis de riesgo para la vida y el ambiente.

Es cierto que las democracias actuales frecuentemente dan prueba de una gobernabilidad altamente deficitaria. Porque tomamos decisiones urgidos por el presente y desconocemos por completo el impacto de la políticas públicas sobre las generaciones futuras. Es preciso aprender a informarse, conocer y pensar en el futuro, democratizando la ciencia, la innovación, las economías, y este es un proceso conjunto.

Cuando se entienda que la responsabilidad sobre el futuro nos cabe a todos y cada uno de nosotros, tendrá sentido recordar los pecados del liderazgo que enunciara Gandhi: Riqueza sin trabajo; Placer sin conciencia; Conocimiento sin carácter; Comercio sin moralidad; Ciencia sin humanidad; Religión sin sacrificio y Política sin principios.

(*) y Prospectiva. Nota del Millennium Project.