Opinión Miércoles, 8 de agosto de 2018 | Edición impresa

La caca de perro como factor de análisis sociopolítico - Por Héctor Ghiretti

Por Héctor Ghiretti - Profesor de Filosofía Social y Política

Vida animal

Desde épocas inmemoriales el hombre ha convivido con animales de otras especies. Aprendió a domesticarlos para diversos fines. Su funcionalidad ha ido cambiando con el tiempo. Por medio de la selección artificial, el hombre fue despojando al perro de sus originarias condiciones físicas y comportamentales de su ancestro salvaje y lo adaptó a la convivencia cotidiana. Originario compañero de trabajo se convierte, en fases culturales en las que la caza y el pastoreo dejan de ser fuente principal de sustento, en animal de compañía.    

No tengo perro y en general no profeso simpatía por los animales de compañía. He optado por tener niños, cuya crianza y manutención es sensiblemente más cara y compleja, pero que también ofrece aspectos mucho más interesantes en materia de convivencia e interrelación. Entiendo que tener perros y niños a la vez no es incompatible, pero creo que sólo es razonable en circunstancias espaciotemporales muy especiales. Hace un par de años, esos niños introdujeron un gato en casa. Nos toleramos cordialmente. 

Perros y hombres pertenecen al mismo reino (animal), filo (cordados) y clase (mamíferos). Los seres vivos, salvo algunas formas muy elementales de vida, obtenemos energía principalmente del consumo de materia orgánica. Este consumo no es total, produce desechos. Los organismos se alimentan de la materia orgánica a través de su descomposición, es decir, de la reducción a sustancias elementales que contribuyen a las funciones vitales. Es un proceso acelerado de putrefacción. El residuo se conoce como hez o excremento.

Excepto algunas bien estudiadas patologías psíquicas reaccionamos ante los excrementos con decidida repugnancia. No podía ser de otra manera: nuestros sentidos rechazan lo que es materia tóxica, perjudicial para el organismo. Asociamos de modo directo las sustancias perjudiciales a su aspecto y su olor.

Los desechos humanos empezaron a ser un problema para la vida en sociedad cuando los asentamientos urbanos crecieron y ya no fue posible arrojar las miasmas en algún descampado cercano. Nuestros ancestros romanos, los más modernos de los antiguos, realizaron una contribución decisiva a la salud pública, al resolver satisfactoriamente el problema de los fluidos, los desperdicios y las heces con canalizaciones en el trazado urbano.
 

Depredadores natos

No está probado que la caca de perro sea menos desagradable ni contaminante que la humana. Ni siquiera con los sofisticados alimentos balanceados que se comercializan en la actualidad. No obstante, hasta hace poco parecía existir en nuestra querida ciudad el arbitrario supuesto de que las heces caninas no merecían un tratamiento similar a las humanas. O quizá lo disculpábamos por la irracionalidad de los cánidos.

Las veredas de Mendoza se encuentran sembradas de heces, provenientes no sólo de la legión de perros callejeros que prospera felizmente, sino de la costumbre de muchos propietarios, que sacan a pasear a sus perros (en el mejor de los casos: en muchas ocasiones sencillamente los sueltan) para que "hagan sus necesidades" (la cursilería del eufemismo me da más asco que la forma explícita) en la vía pública.

El vicio social llega al paroxismo en la proliferación de los paseadores profesionales simultáneos de perros: sus itinerarios se convierten en desastres ecológicos. El hecho de hacer cagar o mear al perro en espacios comunes da una medida exacta de nuestro aprecio general por lo público. No lo entendemos como lo que es de todos sino como res nullius: lo que no es de nadie.

En Mendoza se da una particularidad que muestra una interesante interfaz entre lo público y lo privado: cada vecino se ocupa de pavimentar, adornar y mantener su tramo de vereda. La devoción mendocina por las aceras sorprende a los visitantes.

Así, sacar al perro a que se alivie en la calle no solamente supone contaminar de forma visual, olfativa, química y biológica los espacios públicos, sino que además supone cagar al otro. Literal, no figuradamente. Al vecino. He tenido la oportunidad de ver casos aberrantes. 

Pues bien: todo eso parece haber llegado a su fin. Recientemente la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza, a través de modificaciones en el Código de Convivencia, decidió imponer severas multas a propietarios de perros que hagan defecar u orinar sus mascotas en la vía pública sin tomar el recaudo de levantar las deposiciones. Se han dispuesto contenedores específicos, se han puesto en marcha talleres y campañas de concientización, un sistema de denuncias telefónicas y también acciones de apercibimiento directo de infractores. 
 

Pisar mierda no trae buena suerte 

Mientras las clases medias o medias-altas (que todavía no se mudaron a un barrio privado) se regocijan con tan progresistas medidas, en las villas urbano-marginales, sin servicios básicos de cloacas, gas, electricidad, agua corriente -casi sin espacios públicos- la caca de perro es una anécdota.

Pero su repulsiva presencia en las veredas de los buenos barrios de Mendoza está en perfecta continuidad con la existencia de las villas miseria. Es un fenómeno complementario de la insolidaridad y la insensibilidad social de las clases medias y altas, que de tan individualistas que son (somos) ni el sistema de solidaridad de clase les (nos) funciona.

Si estoy perjudicando a mi vecino de manzana o de cuadra, a quien veo todos los días, ¿por qué no voy a hacerlo con personas que viven a unos pocos kilómetros (y a veces, a unos pocos metros), en barrios precarios, material o socialmente degradados, a las que veo muy rara vez? Es probable que finalmente desaparezcan las heces de perro de las calles de Mendoza. Es desgarrador pensar que los asentamientos marginales seguramente demorarán bastante más en ser erradicados. 

Por último, el asunto sirve para llamar la atención sobre los agentes del cambio. Durante la última campaña electoral en México tuvo lugar una controversia muy interesante. Desde hace tiempo la sociedad mexicana se ve inmersa en un profundo malestar por la situación del país, combinado con un ansia generalizada de renovación y restauración del espíritu público. La pregunta obligada es cómo se hace para cambiar el país.

Mientras algunos ponían sus esperanzas en candidaturas emergentes que prometían terminar con la marginación, la pobreza, la corrupción y la violencia, otros insistían en que el país no cambiaría si no cambiaba primero la conducta de cada uno de los mexicanos, en materia de respeto a la ley y las instituciones, a las autoridades, a las otras personas con las que se convive, a la propiedad pública y ajena, a las reglas de urbanidad y cortesía, el pago de impuestos, etc. "El cambio está en uno mismo".

Los discursos, como puede verse, no son excluyentes, sino complementarios. Pero el asunto de la caca de perro muestra a las claras que por mucho que avance la conciencia en torno a los problemas de convivencia, la intervención del poder público es decisiva. Para esta columna estoy usando unas notas que escribí en 2009. Desde entonces empecé a ver cada vez más personas que, sin que mediaran multas ni escraches, recogían responsablemente las deposiciones de sus perros. Pensé entonces que no haría falta una decisión de la autoridad competente para operar ese pequeño cambio cultural.

Me equivoqué. O quizá no: puede que ese incremento progresivo de conciencia ciudadana terminara empujando al poder.