Opinión Sábado, 11 de agosto de 2018 | Edición impresa

Juan Argerich: “El Quijote del vino” - Por Bernardo Basombrío

Por Bernardo Basombrío - Especial para Los Andes

Juan Argerich nació el 18 de marzo de 1937. En la actividad pública sobresalió por participar en la Ley de envasado en origen; promover el acuerdo Mendoza - San Juan por la diversificación a mosto.

Entre otras personas, mentor del Plan Estratégico Vitivinícola Nacional (PEVI) con lugar como fundador de la Coviar -representando a Salta-, entidad encargada de velar el mandato del PEVI.

Promotor del cooperativismo, dio hálito a Fecovita. Fue vicepresidente de la Unión Vitivinícola Argentina (UVA). Múltiples voces autorizadas del sector lo definen como distinguido por su aporte icónico a la vitivinicultura nacional.

Integró la élite del vino y la vez fue entusiasta por democratizar su consumo; tal su anhelo de impulsar el Bag in box de gran capacidad para consumo en negocios de expendio.

"Esto ya se aplica en la República Checa", cuenta Guillermo García, ex presidente del INV, sorprendido del realismo de su visión de avanzada y al asociarlo a su idea.

“Tuvo intensa participación en la historia del vino haciendo sinergias con la actividad público - privada. Destaco la creatividad de vanguardia y, su relación con el mundo con conceptos que profesaba y ejercía”.

Sergio Villanueva, de la Coviar, coincide y, además lo define como “un outsider y militante que comía en bodegones”. Agrega que: “promovió la llegada de Michel Rolland lo que dio un giro en la calidad del vino argentino. Era frontal, directo y limpio”.

Ciertamente el mundo político crea diferencias de criterios en las humanidades de las personas, pero quien escribe guarda por corroboradas las afirmaciones, entre las instituciones sectoriales, en el sentido de que a Juan Argerich no se le puede endilgar ni una mota de sombra que empañe su buen nombre y honor; caballero hasta el final.

En la actividad privada, fue un destacado dirigente de bodegas. Trabajó estrechamente con Arnaldo Etchart, cuyos hijos afirman “dejó el mejor trabajo del mundo” apostando enteramente en el sostenimiento de proyectos que juntos embarcaron. Y, asienten que Etchart siempre se manifestó infinitamente agradecido.

Criollo de ley, pionero y emprendedor, cargó con el proyecto de la bodega Alta Vista, que condujo con austeridad hasta su último día, ocupando la presidencia.

En ésta empresa de Luján de Cuyo, sus recursos humanos en las distintas líneas de jerarquía declaran que era un “tremendo” formador de equipos dejando su impronta indeleble.

Merced a su talento creativo, éste ingeniero agrónomo, ideó con Armando Kamal Neme un método industrial que optimiza los procesos de concentración del mosto sulfitado de manera que en su desarrollo se recupera el anhídrido sulfuroso, bajan los costos y minimizan residuos. En otro, logran bajar la graduación alcohólica del vino.

Un día iba en moto por la ruta, con sus amigos, cerca de Río Cuarto, Córdoba. Por delante tenían un camión hormigonero, cuyo cilindro giraba. Poco más adelante se detienen en una estación de servicio y, Argerich se acercó a estudiarlo más detenidamente.

Con esta ocurrencia se incursionó en las bodegas locales la adopción del cilindro para homogeneizar el orujo de la uva o del jugo, como un vinificador continuo.

En mayo de 2007 se firmó un convenio entre el INV y la Bodega Alta Vista -suscripto por los respectivos titulares, Raúl Guiñazú y Juan Argerich- por medio del cual la empresa cedió para uso público la titularidad de la marca “Vino de viñedo único” o “Single vineyard”, que estaba registrado bajo su firma desde hacía cinco años. Se buscó así, garantizar por medio del INV el cumplimiento y verificación de las condiciones que requiere dicha utilización.

Argentina se convirtió en el primer país del mundo que implementó esa estrategia como una nueva herramienta, que define las características de un terruño determinado.

Además de su pasión por el vino, estaban el folklore, las motos y los amigos. Dijo Séneca: “Pensar en los amigos que se han ido es dulce y tierno para mi. Los tuve conmigo como si hubiera de perderlos un día, el haberlos perdido es como tenerlos aún”. Así piensan, los suyos: Roberto Rozzi, Chicho Salvarredi, Emilio Bertolini, Carlitos Maneschi y Ricardo Denti. Alternando días, tenía otros grupos -con el vino- incorporando a Carlos Pulenta y Raúl de la Mota. 

Uno singular, por su quehacer en la materia, fue suscripto con rigor de caballeros en la finca “El Paraíso de San Pedro de Yacochuya” y, tuvo el formal nombre de “La primera Cofradía de grandes vinos de altura” que, por la reputación individual, su vinculación y conocimientos en la industria vitivinícola componían, además del anfitrión Arnaldo Etchart (Yacochuya), Juan Argerich, Raúl Dávalos, apodado el "Gaucho malo de Tacuil", Néstor Valentín Ramírez (Amaicha), Carlos Basso (Viña Amalia), Carlos Pulenta (Bodega Pulenta) y Hervé Joyaux (Fabre Montmayou).

“La primera Cofradía de grandes vinos de altura”, al principio tuvo la idea para hacer respetar los vinos de lugares altos, donde producir uva es mucho más caro.

Además, por clima, la noche más fresca da mejor uva. 

La iniciativa de estos bodegueros terminó repercutiendo en el nivel nacional con el reconocimiento sectorial de que la uva era diferente y por lo tanto al hacer el vino resultaba distinto. Algunos de los amigos ya no están, pero subyace -también- que la distinción de camaradería de Juan Argerich tenía ese código intangible y, el palpable lazo de fidelidad cultivada a lo largo de décadas. Ese efecto dejaba al espectador en tránsito irremediablemente afuera, queriendo participar por el llamativo hado magnético que los circundaba.

La dignidad de ser leal a algo en lo que crees. Aferrarse a eso, sobre todo lo demás. De creer, sin dudar, que te llevará a casa. Sin que en él expirara el deseo que lo movió a cumplir con sus principios e ideas, fiel y noblemente, asistió a su trabajo hasta la última semana luego de una enfermedad intensa, por ello, “Cuando se abandona el pago y se empieza a repechar, tira el caballo adelante y el alma tira pa` trás”, dice Atahualpa Yupanqui. 

Estimado lector, si oye bramar el cielo no es la tormenta, es el Tata -dirán los íntimos-, andando en moto. En cambio, si el día es diáfano, oirá su guitarra al son de cuecas o tonadas, o el tintinear de copas.

Vengan, pues, las copas, y que el timbal anuncie el clarín, el clarín al artillero lejano, el cañón a los cielos, y los cielos a la tierra: Juan Argerich ha partido.