Fincas Sábado, 28 de julio de 2018 | Edición impresa

Heladas y resistencia al frío, las dos caras de la moneda - Por F. González Antivilo

Por Francisco González Antivilo - Especial para Los Andes

El Estado, los productores y las empresas han destinado tiempo y esfuerzos a entender a las heladas. De hecho, Mendoza cuenta con una vasta red de sensores que monitorean en tiempo real la situación térmica de los distintos oasis productivos, e incluso empresas que ofrecen el servicio a nivel parcelario.

Por otra parte, también se destinan recursos en proteger a las plantas del frío a través de distintos métodos de defensa “pasivos” y “activos”. Sin embargo, no se ha hecho el mismo hincapié para entender a las plantas, por un lado, y generar estrategias agronómicas relacionadas al manejo del cultivo, por el otro. 

Transitando el invierno ya suena en la mente de los productores frutícolas (incluidos los que cultivan vid) el tema heladas, ya que son un verdadero dolor de cabeza, noches de desvelo y un duro golpe al bolsillo según el año (recuérdese 2015 y 2016). Y esto no es una cuestión particular de Mendoza, sino de muchas zonas productivas del mundo. Se sabe que alrededor del 10% de la producción de cultivos del mundo es dañado anualmente por heladas.

Como dice el título, esta problemática tiene dos caras. La primera es netamente meteorológica, mientras que la segunda es biológica, porque el hecho de que la temperatura baje de 0°C no necesariamente significa que las plantas o sus partes se dañen. Sin embargo, mientras las temperaturas sean más bajas o extra-temporales más alta es la probabilidad de daños, una vez que se vencen los umbrales de resistencia de las plantas.

 

Las temperaturas

Si bien se parecen en los efectos que pueden llegar a causar en el vegetal, no todas las heladas son iguales en su génesis. Unas que se conocen como heladas de advección se corresponden con masas de aire helado del polo que irrumpen en toda una región. Suelen ser generales y pueden estar acompañadas por una inestabilidad atmosférica (frío, nublado y lluvioso).

También son bien conocidas las heladas de irradiación. Todos los cuerpos “liberan o irradian” calor, incluida la tierra. Durante el día sucede una acumulación de energía debido a los rayos solares, pero de noche existe una pérdida por irradiación, por lo que el aire no recibe ningún aporte y se termina enfriando. Son las heladas de una noche despejada, sin viento y con baja humedad relativa. 

Tal vez las heladas más temidas son las mixtas, que comparten características de las dos anteriormente mencionadas. En este caso, la entrada de una masa de aire frío provoca condiciones de inestabilidad que pueden durar un par de días, por lo que la radiación solar que impacta en el suelo es baja. Cuando la nubosidad se va y llega la noche el suelo tiene menos energía que aportar y la helada de irradiación sobreviene con más fuerza.

Dadas las consecuencias indeseables para los cultivos, estas contingencias meteorológicas se tratan de “combatir”, especialmente en las épocas cuando los cultivos están más susceptibles. Esta lucha se puede hacer de forma pasiva tratando que el suelo gane la mayor cantidad de energía durante el día y minimice las pérdidas durante la noche. Así se intenta tener el suelo húmedo, bien apisonado y sin malezas. La forma activa consiste en tratar de calentar el aire. Tal vez la forma más común es a través de quemadores con distintos tipos de combustibles (carbón, madera, aceite, fuel oil) pero con la desventaja de la contaminación que producen. También se puede hacer uso de hélices montadas en torres de 10 metros de altura con el fin de empujar el aire más caliente y mezclarlo con las capas de aire más frías del ras del piso. Por último se ha desarrollado un sistema utilizando el calor de fusión del agua por el cual durante la helada se rocía agua con aspersores. No es tan sencillo de entender, pero es más o menos así: cuando el agua pasa de líquido a sólido libera energía en forma de calor. Muy poquito, pero pasa. Sin embargo, una entrega constante de este calor puede proteger a los tejidos. 

 
 

Las plantas

La mayoría de los frutales de nuestra zona cordillerana pierden las hojas en el otoño y se aprestan a recibir una estación poco favorable para la vida de los tejidos más tiernos. Forman estructuras de resistencia, bien aisladas con escamas con forma de coraza y una especie de algodón, que se llaman yemas. Estas quedarán en ese estado hasta que la planta “sense” que las temperaturas son más benignas, para luego brotar.

Por otro lado, el resto de los tejidos que quedan a la intemperie se “endurecen”. Todos los tejidos que en algún momento fueron verdes cambian por un aspecto marrón como consecuencia de cambios químicos internos. Además estos tejidos acumulan azúcares y minerales lo que permite que concentren el líquido interior de las células haciendo una especie de “anticongelante”. Como si fuera poco también se deshidratan para evitar agua que quede disponible para el congelamiento. A pesar de toda esta defensa biológica, las temperaturas pueden dañar a los tejidos.

Todos estos cambios ocurren desde que los días se empiezan a acortar y las temperaturas comienzan a bajar, generando las señales para que las hojas se amarillen y caigan.

Pero no es todo tan simple. Cada parte del vegetal modifica su resistencia dependiendo de las temperaturas que van “sensando” durante el otoño e invierno, es decir que no toda la planta tiene la misma resistencia a las temperaturas frías. Luego, con la brotación (vid) o floración (frutales), la cosa cambia drásticamente, porque los tejidos que emergen están preparados para la estación de crecimiento y tiene una muy baja resistencia al frío. 

Este es el momento del ciclo más temido por los productores, cuando temperaturas que no son tan bajas pueden llegar a causar grandes daños, especialmente porque afectan directamente a la futura producción. En el caso de los frutales es muy claro que si la flor se daña no existirá fruto que cosechar. En el caso de la vid, si se pierde el brote nuevo se pierden los dos racimos que potencialmente traía. 

La práctica más definitoria para ayudar a las plantas es que en las zonas más frías se establezcan cultivos de variedades más resistentes al frío o de brotación/floración más tardía. También es importante evitar que el aire frío se “acumule” en la propiedad dejando libre el paso del aire y evitando cortinas forestales densas o monte natural que haga de barrera. Otra medida muy importante es procurar que la planta llegue al otoño con posibilidad de “rusticarse”, esto es no forzar a que la planta siga creciendo, y para ello es necesario restringir el riego. El manejo de la poda (tipo y momento) también aporta a esquivar a las heladas.