Opinión Domingo, 10 de febrero de 2019 | Edición impresa

En política, ¿todos los sucesores traicionan? - Por Carlos Salvador La Rosa

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

Los autores clásicos de la teoría política sostienen que una de las cuestiones más complicadas en los sistemas democráticos es el tema de la sucesión, porque es propio de la naturaleza humana que quien manda quiere prolongar su liderazgo y que quien lo reemplaza debe limitar, o directamente confrontar con esa ambición de su antecesor, para encontrar su propia identidad y desde ella conducir los destinos públicos de la comunidad en la que fue designado. 

Por eso es demasiado simplista llamar traición a la situación en que el traspaso del poder deriva en conflictos entre el que se va y el que viene cuando el primero ha designado al segundo. Digamos mejor que está en la lógica de la política que ello casi siempre ocurra. E incluso hasta en la misma psicología, por eso de  que para madurar todo hijo debe “matar” simbólicamente al padre a fin de encontrarse a sí mismo. 

No obstante, como otra gran tentación de la naturaleza humana es luchar contra la misma, a ver si la voluntad puede doblegar lo supuestamente inevitable,  los políticos intentan ubicar a sus delfines cuando deben abandonar los sillones del poder con la siempre abierta esperanza de volver a ocuparlos. Quizá por esas ansias de eternidad que, incluso a sabiendas de su imposibilidad, también poseemos los mortales. 

Las monarquías y las dictaduras cuentan con la herencia de la sangre y con el ejercicio del poder de por vida para solucionar la cuestión de la sucesión. Cosa a la que también tienden los autoritarismos incluso los surgidos de la democracia (Nicaragua y Bolivia, por ejemplo, e incluso nuestro gobernador formoseño). Algunos aspiran a la familia como garantía de supuesta lealtad, pero allí tienen a los Rodríguez Saá que buscando la eternidad alternándose los dos hermanos en la gobernación, ya de viejos la tragedia shakespeareana se impuso sobre el amor fraterno y allí andan matándose entre ambos por el poder.  

En Mendoza, donde hay una democracia republicana con alta institucionalidad,  no por ello los gobernadores renunciaron a intentar mantener el poder o eventualmente volver al gobierno, pero hasta ahora ni una sola vez lo lograron. Siempre la continuidad, cuando hubo sucesión de un mismo partido, resultó conflictiva. Y tanto el que se fue como el que vino terminaron decepcionados uno con el otro. Nunca más la estrecha relación que mantenían volvió a estar y una secreta (o no tanto) animadversión los separó.  

El primer gobernador de la democracia, el radical Santiago Felipe Llaver no tuvo ese problema porque fue reemplazado por un peronista, pero durante su gestión la relación con su vicegobernador José Genoud fue insufrible. 

El peronista José Bordón eligió de sucesor a Rodolfo Gabrielli, un alfil que fue formando durante sus cuatro años de gestión para que fuera su perfecta continuidad y le cuidara el sillón local a fin de que él peleara la presidencia. Al asumir Gabrielli la relación fue de tortolitos, pero cuando se candidateó a presidente, estalló en pedazos, con ruptura partidaria incluso.

Entonces Gabrielli se unió a Arturo Lafalla para enfrentar al antiguo líder de ambos, Bordón, y le ganaron. Pero apenas Lafalla asumió la gobernación (e incluso antes) la vinculación con Gabrielli devino insostenible y todo se rompió entra ambos por siempre jamás. 

Así, los tres gobernadores del peronismo mendocino marcharon cada uno por su lado, desilusionados los tres de los tres. 

El caso emblemático posterior fue el del radical Roberto Iglesias que eligió como sucesor a Julio Cobos, quien había sido ministro de él por poquísimos meses. Iglesias quiso seguir siendo el líder político y por eso eligió a quien, de todos los posibles aspirantes, menos posibilidad tenía de competir. Pero a mitad de mandato, cuando Iglesias  hizo valer su condición de jefe para elegir los candidatos legislativos sin consultar al gobernador, éste hizo algo parecido a lo de Gabrielli cuando para separarse de Bordón se alió con Menem. Aunque en forma mucho más audaz porque se unió con alguien de otro partido, nada menos que con el presidente Néstor Kirchner. Entonces Cobos e Iglesias devinieron enemigos políticos, también por siempre jamás. Tan furiosa fue la guerra entre ambos, que debido a ella el radicalismo perdió la gobernación que parecía imposible perder. 

Por ende, volvió el justicialismo. Lo hizo con los hijos políticos que Lafalla había pacientemente educado en los avatares del poder durante su gobernación. El gobernador Celso Jaque era uno de ellos, pero su preferido se llamaba Alejandro “Chiqui” Cazabán. Sin embargo, en menos que canta un gallo el padre y sus hijos rompieron todo afecto y la desilusión impregnó sus almas impidiendo toda continuidad entre las viejas y las nuevas generaciones peronistas. 

A Jaque lo sucedió un ministro suyo, Francisco “Paco” Pérez y aquí la cosa fue rapidísima: apenas asumió, el “Paco” se olvidó del “Celso” y se transformaron en dos perfectos desconocidos. 

Ahora estamos en el turno de Alfredo Cornejo, clarísimo hijo político de Julio Cobos, tanto que fueron los dos principales heraldos de la fallidísima alianza con los Kirchner.  Esta vez ocurrió una rara curiosidad: el padre intentó postularse para suceder al hijo, pero paradójicamente,  Cornejo dejó, desde el primer momento, en claro que Cobos era su límite, el único político al que jamás elegiría como sucesor. Aquí  pesa tanto la psicología como la política, aunque quizá nunca se sabrá del todo el cariz de esta relación. 

Cornejo, como todos los anteriores, formó cuidadosamente a un sucesor, Martín Kerchner, quien expresó de todas las formas posibles su lealtad total, tanto que llegó a decir que más que el continuador de Cornejo, él sería lisa y llanamente Cornejo, la lealtad encarnada hasta morir. Pero no le bastó. Cornejo, un político clásico al cual la lealtad le encanta, también suele decir que no está en la naturaleza del poder que ella predomine. Y por eso no la tomó como parámetro para elegir sucesor.  

No obstante, a juzgar por la historia que en esta nota hemos narrado, Cornejo seguramente le exigirá a su elegido, Rodolfo Suárez, lo que los demás le pidieron a sus sucesores y que éstos jamás le dieron una vez en el poder. Entre otras cosas porque tiene ambiciones nacionales y tal vez la de volver a la gobernación.

Habrá que ver si esta vez la historia no se repite, si Cornejo y Suárez demuestran que Freud estaba equivocado acerca del asesinado del padre. Lo cual de ocurrir será toda una proeza política. Y psicológica.