Opinión Martes, 15 de mayo de 2018 | Edición impresa

El poder de la omisión - Por Gabriela Sánchez

Por Redacción LA

Según la Real Academia Española, el término omisión significa abstenerse de hacer o decir algo. En algunos casos el problema es evidente, por ejemplo, si un albañil decide omitir los cimientos de una casa durante el proceso de la construcción, es muy probable que ante el primer movimiento sísmico la vivienda se derrumbe. Pero hay momentos en que la omisión no aparece como un perjuicio evidente para una de las partes y es en ese lugar en el que quiero ahondar. 

Ese “no decir o no hacer” solamente toma forma cuando la otra persona pregunta (en general en tono alterado) "¡¿Por qué no me dijiste antes!?" o "¡¿Por qué no hiciste nada!?" Y es en ese preciso momento cuando la respuesta surge casi instantáneamente: “Porque vos no me preguntaste”.

Pero yo me interpelo, hay que preguntarle al médico las contraindicaciones y los efectos adversos de un tratamiento que nos está indicando para combatir una enfermedad, hay que preguntarle al vendedor de un auto si modificó el cuentakilómetros del vehículo para disimular su uso, hay que preguntarle a una pareja si se está viendo con otra persona para corroborar su fidelidad, hay que preguntarle al bartender si está usando bebidas de calidad en su barra para saber si los tragos que prepara son buenos, hay que preguntarle a un docente si está enseñando todos sus conocimientos a sus alumnos en el aula, hay que preguntarle a un periodista si está escribiendo todo lo que sabe respecto a un tema en su nota.

En la mayoría de los casos las personas confían y esa es la base para establecer una relación. Estamos convencidos de que la otra parte es sincera, clara y coherente, que las cartas están sobre la mesa y podemos seguir el juego. Cuando toda la información está disponible y abierta, los individuos tienen más posibilidades para elegir dónde estar, qué hacer y cómo seguir. Tiene una mayor cantidad de herramientas para ejercer su libertad.

Muchas veces me encuentro con personas que parecen minimizar el tema y comparan la omisión con la reserva y la privacidad. Conceptos, a mi entender, muy lejanos entre sí. Aseguran que hay temas, anécdotas y datos que prefieren "guardarse" y revelarlos cuando sea el momento oportuno -tal vez eso puede ser nunca- o cuando los interroguen al respecto.

Para mí la regla es simple, si decidís no contarlo porque pensás que no te vas a bancar la reacción o respuesta de la otra persona, es muy probable que esa persona quiera saberlo. Entonces, en esos casos la omisión tiene casi el mismo valor que una mentira. En esos casos, la omisión es maltrato. 

Ocultar lo que puede ser valioso o importante para otro es ser egoísta, es mirar el bien propio sin pensar en mi par como un sujeto con capacidad de desear, querer y elegir. La omisión en estos casos se parece más a la reticencia que según la RAE es “no decir sino en parte y de ordinario con malicia, que se oculta o se calla algo que debiera o pudiera decirse”. Entonces, volviendo al primer ejemplo, la omisión tiene el poder de destruir todo lo que se construyó.