Opinión Lunes, 6 de agosto de 2018 | Edición impresa

El nuevo desafío autoritario - Por Julio Montero

Por Julio Montero - Doctor en Filosofía y Teoría Política. Premio Konex.

Después de mucho tiempo, la hegemonía de las ideas liberales vuelve a estar en crisis. No es la primera vez que sucede. Ya en 1930, la depresión económica generó un profundo descontento con la democracia, cuyo resultado inmediato fue el surgimiento del fascismo y la consolidación del comunismo como una alternativa factible a las sociedades abiertas. En 1940 había en el mundo menos de veinte democracias genuinas, y la mayoría de ellas soportaban con penuria el asedio de los autoritarismos, cuando no sus bombardeos.

En la actualidad, el modelo autoritario ha recobrado protagonismo con la irrupción del neo-populismo, presentado a veces como una variante aggiornada de socialismo y, otras, como un retorno a la “comunidad organizada” de partido dominante. En el cuadrante más moderado del arco se sitúan corrientes como Podemos, el Movimiento Cinco Estrellas y el populismo xenófobo y aislacionista de Donald Trump. A pesar de sus matices, todas estas variables comparten el discurso nacionalista, la retórica agonista y la denuncia permanente de un enemigo interno o externo.

Más sorprendente todavía es la aparición de un nuevo autoritarismo de contenido presuntamente liberal. En Estados Unidos, el fenómeno adquirió notoriedad durante las multitudinarias manifestaciones de los liberales, después de la derrota de Hillary Clinton.

Sin esperar a que el sistema de controles republicanos se pusiera en marcha, millones de personas se lanzaron a las calles para repudiar a un presidente electo por sufragio popular antes de que adoptara una sola medida de gobierno. Si en algo están de acuerdo los grandes teóricos del liberalismo contemporáneo es en que no hay nada menos democrático que la democracia de las barricadas y las multitudes enfurecidas.

Si en algo están de acuerdo los grandes teóricos del liberalismo contemporáneo es en que no hay nada menos democrático que las democracias de las barricadas y las multitudes enfurecidas.

De un modo menos visible, el autoritarismo liberal ha permeado la vida cotidiana, propiciando una censura informal pero poderosa, a nivel de los medios de comunicación, las redes sociales y las interacciones diarias. Cualquier opinión contraria a lo “políticamente correcto” es inmediatamente denunciada, y su responsable se expone a una ejecución virtual o a la muerte civil.

Las ideas de “derecha”, las expresiones contra-mayoritarias, la impugnación de los tabúes, el uso convencional de la lengua y hasta las preferencias alimentarias son el blanco predilecto de este nuevo fundamentalismo.

Si algo caracteriza al liberalismo desde Locke en adelante es su valoración de la tolerancia y el respeto por el pluralismo. Y ambos valores están en serio peligro cuando la gente tiene miedo de decir lo que piensa o se ve forzada a ejercer la auto censura. Un verdadero liberal no denuncia ni “escracha”.

Más bien considera las opiniones ajenas con una mente abierta: si está en desacuerdo con ellas, las discute y explica sus falencias mediante argumentos; y si las ideas de los otros lo convencen, lo reconoce y modifica su propio parecer. En esencia, liberal es alguien que piensa por sí mismo, celebra la diversidad de puntos de vista, y renuncia a toda forma de violencia, incluida la simbólica.

Para los liberales convencidos, sería trágico que el liberalismo sucumbiera en nombre de sus propias ideas. Para sus detractores, esta suerte de suicido sería tal vez un acto de justicia conceptual. Por lo pronto, podemos ser optimistas. Hasta ahora, la cultura liberal se ha sobrepuesto a los peores trances. Pero conviene no relajarse. Como dicen John Rawls y Jurgen Habermas, la subsistencia de una sociedad abierta depende en gran medida de que haya una ciudadanía dispuesta a defender la libertad.