Opinión Domingo, 10 de febrero de 2019 | Edición impresa

Diamantes - Por Jorge Sosa

Conocí la Laguna del Diamante. Me gustaría mucho poder describirles con la exactitud lo que viví, pero las palabras son mezquinas.

Por Jorge Sosa - Especial para Los Andes

Alguna vez me sorprendió este dato: el ochenta por ciento de los mendocinos no conocen Malargüe. Me dije entonces: ¿cómo puede ser que no conozcamos un tercio de nuestra provincia? ¿Cómo puede ser que no conozcamos las maravillas naturales que encierra ese departamento incomparable? Hablo de La Laguna de la Niña Encantada, el Pozo de las Ánimas, Las Leñas, Valle Noble, Valle Hermoso, los Castillos de Pincheira, las Cuevas de las Brujas, la Payunia, entre otras excelsas bondades del paisaje.  

Pues bien, hace ya algún tiempito y llevado por la euforia paisajística de algunos amigos pagué una deuda que tenía con mis ojos y con mi emoción: conocí la Laguna del Diamante. Me gustaría mucho poder describirles con exactitud lo que viví, porque me encantaría que ustedes se acercaran a un momento igualmente especial, pero encuentro que las palabras son mezquinas a la hora de abordar tamaño asunto.  

De todos modo procuraré hacerlo: Llancanello se le parece pero ésta es más cruda, es más sorprendente. Tres mil doscientos metros de altura, no es moco ‘e pavo, el camino serpenteante y de pronto allá abajo un espejo de agua turquesa que uno no puede creer. ¿Cómo pudo la naturaleza poner algo tan bello a semejante altura?  

Los caiquenes nadando a sus anchas, guanacos por todos lados, sin que nadie los moleste, en estado de absoluta libertad, ahí nomás a metros del camino. El volcán Maipo imponente presidiendo la escena, como un rey de piedra, como diciendo: todo esto es un invento mío y no me molesten que quiero disfrutarlo en paz.  

El Volcan Maipo que compartimos con Chile: la parte del Mai es nuestra y la parte del po, chilena, como no podía ser de otra manera, po. Una hoyada de varios kilómetros con montañas que le hacen una medianera incomparable. Poca gente atendiendo el lugar, pero gente de corazón abierto al que llega y con un celo por el cuidado del lugar como no he visto en otros lugares. Mención especial para los guardaparques que cuidan este lugar de privilegio en condiciones a veces precarias. Ellos son los que evitan que los depredadores, por ejemplo el hombre, arruinen un sitio tan valioso.

El viento que se pasea orondo en estado de absoluta libertad, un cielo y unas nubes como para fabricar millones de banderas. Y vegas verdes y húmedas donde nacen ríos y arroyos, el río Diamante que se baja buscando diques con su panza repleta de truchas.  

Y una paz, hermana, una paz, hermano, que uno hasta duda de que los hombres puedan arruinar tanta paz. Estando ahí uno comprende por qué se llama Diamante: porque es una piedra preciosa única, porque es una joya que jamás podría imitarse. Porque el reflejo del volcán sobre las aguas forma un rombo que se asemeja a una joya.  

En un momento, mirando el paisaje con los ojitos brillantes me dije: ¡Qué provincia tenemos, por favor! Y después el reproche: ¡y qué poco la conocemos, y qué poco la cuidamos! Cuando estuve en la Laguna del Diamante me sentí más mendocino que nunca y comprendí que la poesía, la que yo puedo escribir, no puede acercársele ni a los talones a la que hace tiempo escribió el paisaje. ¡Que Mendoza ésta, comadre, qué Mendoza! En una de esas un día nos damos cuenta y salimos a disfrutar de lo que nos pertenece