Opinión Domingo, 11 de marzo de 2018 | Edición impresa

Después de la Fiesta - Por Jorge Sosa

Tras la Vendimia hay una atmósfera de aburrimiento donde mandó, por unos días, un espíritu de jolgorio.

Por Jorge Sosa - especial para Los Andes

Ocurre como en los grandes acontecimientos de nuestras vida. Un casamiento, por ejemplo: involucra al menos a dos familias que por unos días no tienen otra mira en su horizonte que la boda.

Que el vestido de novia, que el traje del novio, que la vestimenta de los invitados, que los regalos, que la fiesta, que el disc jockey, que el ramo, que la torta, que los adornos aplicados al auto nupcial...; que practicar el vals; que cómo acomodamos a los invitados en la sala de festejos, que el cura, que la ceremonia en el Registro Civil... Son innumerables las actividades que acarrea cualquier casamiento en los días previos a su realización.

Después los imputados que se casan, se van a disfrutar de su luna de miel en soledad y al otro día todos los que han estado involucrados en la ceremonia se sienten como vacíos, como si les hubieran sacado un peso enorme de encima, pero extrañan el ajetreo que significó el acontecimiento. Se miran sin saber qué hacer y sienten que les sobra el tiempo por los cuatro costados.

Pues con la Fiesta de la Vendimia ocurre lo mismo. Una semana antes es toda una parafernalia de actividades. Que la Bendición de los Frutos, que la Fiesta de la Capital, que la Fiesta de la Cosecha, que la Festa in Piazza, que la Vía Blanca, que el Carrusel, que la Fiesta Central, que las repeticiones...

Uno está ocupado de fiesta, empachado de fiesta, enardecido de fiesta y siente que la fiesta lo desborda, que no hay cuerpo que se banque tamaños emprendimientos.

Después sucede la fiesta y todo cambia, todo se vuelve laxo, como si la inactividad nos hubiera invadido de repente. Anda una atmósfera de aburrimiento donde mandó, por unos días, un espíritu de jolgorio. Se fueron los visitantes, ya no hay carros en las calles, el tránsito que fue durante una semana un despelote vuelve a ser un despelote, pero ahora sin excusas de la fiesta. Hay gente en el centro, es cierto, pero no son turistas.

Uno se da cuenta porque andan bien vestidos y hablan castellano. Son nuestros, son mendocinos, con un dejo de nostalgia en su andar. Porque el despelote ya pasó. 

Quedan los comentarios de lo desarrollado en el Frank Romero Day: algunos a favor y otros en contra, siempre sucede; quedan las opiniones en torno a la Reina elegida y la posibilidad de que haya habido arreglo pre elección, siempre sucede; quedan los afiches mostrando los rostros bonitos de las participantes, la mayoría destinada a la corte de la triunfadora; siempre sucede; quedan las calles con cierto grado de desperdicios vendimiales, sobre todo de los caballos que las transitaron, siempre sucede; y queda una atmósfera de inacción que contrasta notablemente con lo acontecido la semana anterior.

Al “Canto a Mendoza” ya lo hemos guardado en el baúl de la espera, que hasta el año que viene no ha de ser abierto. Me recuerda al destino del Rey Momo del carnaval: lo desentierran durante unos días y después lo vuelven a guardar hasta que el otro año vuelva a hacerse necesario.

Las agrupaciones gauchas desensillan los caballos esperando algún acontecimiento folclórico que vuelva a convocarlos. Y a todos nos entra una sensación de abandono como si se nos hubieran fugado todos los motivos para hacer la fiesta y nos miramos como diciendo: ¿Ahora qué hacemos? ¿Y qué vamos a hacer? Vamos a tener que ponernos a laburar, nomás.