Arquitectura Viernes, 14 de septiembre de 2018

Desde Bolivia, Freddy Mamani, el arquitecto de los Andes

“Mi arquitectura no es arquitectura exótica, sino una arquitectura andina que transmite identidad y recupera la esencia de una cultura”.

Por Esp. Arq. Nidia Álvarez, prof. titular FAUD UM

Mamani nació en una pequeña comunidad aimara llamada Catavi (La Paz). Empezó hace 20 años como asistente de albañil, pero sus deseos lo llevaron a estudiar en la Facultad Tecnológica de Construcciones Civiles, en la Universidad Mayor de San Andrés (1986) y posteriormente a cursar la carrera de Ingeniería Civil en la UBI y arquitectura.

Su primer encargo fue de Francisco Mamani, un comerciante importador de celulares que quería construir un inmueble, pero no sabía de qué tipo. Entonces él le sugirió “un edificio elegante, con formas andinas, colorido y con un gran salón de eventos, algo que hasta entonces no había en la ciudad”.

Las fachadas diseñadas por Mamani comenzaron a ser denominadas “transformer” o más despectivamente “cholas”. Surgió entonces el concepto de “cholets”, un juego de palabras entre chalet y cholo, y la prensa boliviana presentó efusivamente a Freddy como el creador de un estilo independiente y único, que no le debe nada a nadie, sin referentes ni tributos. Sin embargo, dice Mamani “quería hacer una arquitectura que hablara un lenguaje andino, ya que lo que se enseña en las universidades no tiene nada que ver”.

Este profesional ocupa la cruz andina, la yuxtaposición diagonal de los planos, la duplicidad, la repetición, el círculo y hace de todo esto un tema de estilización, esa es su fuente. Conociéndose también como nueva arquitectura andina, fundamentalmente con más de 60 obras realizadas en la ciudad boliviana de El Alto, pero ya se extendieron a todo el país, edificios donde mandan los dibujos geométricos y los colores chillones de la cosmovisión aimara. Proyectados y construidos para la élite de la nueva burguesía boliviana, nueva clase social, en su mayor parte aborigen.

Freddy Mamani tiene tanto seguidores como detractores: los primeros ven trazos de arquitectura neobarroca o neoandina, otros solo perciben esquizofrenia y feísmo. Este arquitecto solo quiere cumplir su sueño: “Construir puentes, auditorios y museos”. Ya se ha estrenado con una de las plantas del museo más grande de Bolivia.

La forma de disposición de sus chalets es la siguiente: la planta baja, dividida en locales, dedicada al comercio; la segunda, de unos 600 metros cuadrados, se alquila como sala de fiestas o para banquetes de boda, con habitación para los novios; en la tercera se ubican varios departamentos  para alquiler, y en la cuarta se construye el chalet para que vivan los dueños del edificio. Una vez acabado, todo debe servir para generar dinero. Así lo quieren los propietarios. Para él, se trata de una versión urbana de las casas rurales de adobe que antaño acogían a los animales en la planta baja. Su toque personal, la ubicación del chalet como guinda del edificio, también tiene su fundamento: “Buscar la luz del sol y la vista de la cordillera andina, con el nevado Illimani, de más de 6.000 metros de altura, como fuente de inspiración”.

Su punto de partida surge también de los aguayos, tejido andino usado por las mujeres, entre otros, para cargar a los niños a la espalda. Sus delirantes y esquizofrénicos edificios los decora con mucho vidrio, policarbonato y lámparas gigantescas traídas desde China y armadas pieza a pieza en Bolivia como si fueran diamantes.

Para Mamani, todo eso forma parte de la leyenda que rodea a los edificios que ha levantado en la ciudad de El Alto, que constituyen ya una peculiar ruta turística.