Opinión Martes, 19 de junio de 2018 | Edición impresa

“Derecho” a abortar - Por Alejandro Pérez Hualde

Por Alejandro Pérez Hualde - Miembro de la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Mendoza

La "despenalización", que ya existe en varios supuestos legales, tiene poco que ver con lo que se debatió y votó en estos días; el objetivo es el reconocimiento del derecho absoluto y excluyente de la mujer a abortar dentro de las primeras semanas de embarazo.

En la "legalización" de la posibilidad de aborto "libre" está incluida necesaria e inevitablemente, la muerte de un ser humano que ya posee identidad única e irrepetible y acarrea su inconstitucionalidad necesaria a la luz de nuestras reservas expresas formuladas en la incorporación de la Convención sobre Derechos del Niño en nuestro derecho.

En las razones de la decisión de esa madre existe una errónea ponderación de las consecuencias graves, tal vez trágicas, sociales, laborales y hasta -quizás en algún caso- estéticas, que implican para ella ese nacimiento "no deseado".

La decisión, siempre en soledad -acaso de abandono-, la obtención de la receta del químico fulminante o el pago de la "clínica", tienen como única finalidad la de evitar el nacimiento de un ser humano que ya "es" único, no "parte" de otro. Es, en nuestro derecho, un niño "desde el momento de su concepción" (Ley 23849).

Más allá de la discusión de cuándo empieza o no jurídicamente a ser persona, lo cierto es que ese embrión porta su propio ADN y no es una verruga, un grano, un riñón, un pedazo del cuerpo que lo porta; tampoco es un mero avatar de su salud personal; como nos ha tocado oír en estos días en ese debate que nuestra sociedad se debía y que, inexplicablemente eludió en el proceso electoral ocurrido hace sólo ocho meses; hoy nos manejamos con encuestas y movidas callejeras.

Ese ADN lo distingue de otros embriones hermanos. Tanto es así que antes de su implantación en el útero, es posible su sometimiento a ensayos, biopsias y complejos análisis individuales que abren un amplio espectro de decisión sobre su futuro según sus mayores o menores aptitudes de subsistencia, o de su salud futura, o de sus aptitudes deportivas y, por qué no -más adelante- (recordemos a Orwell y su "granja"), también laborales y hasta combativas. En otras palabras, de esos estudios puede surgir la conveniencia de descartarla en un nuevo monte "Taigeto" en ésta, nuestra Esparta.

La decisión de abortar, que puede estar alterada por factores a los que estamos sujetos quienes nos equivocamos, quienes somos sometidos a violencias y engañados, buscando "zafar" de situaciones que no sabemos ni -a veces- podemos enfrentar, siempre implica una opción por una muerte segura. Muerte que descarta esa vida que es suprimida sin alternativas. La decisión arroja como saldo en todos los casos "uno, o una, menos".

No interesa -ni hemos abierto juicio- la penalización y sanción de esa madre, que necesita más del acompañamiento -que no hubo- y la protección en el campo espiritual, físico y psicológico, que de persecución penal, hoy prácticamente inexistente. La "despenalización" es un eufemismo de los tantos que empleamos en las "consignas" con que hoy se suple la invitación a pensar.

Valoro a quienes opinan, y votaron, distinto -especialmente a algunos de mis maestros, colegas magistrados y docentes-; y no visualizo actitud malintencionada en ellos. Disiento con su error; pero no dudo de su honesta voluntad de fortalecer el espacio de dignidad de la mujer. Es un debate donde nadie levanta la bandera de la muerte o publicita el aborto como solución; nadie niega la desgracia de la decisión. Es imprescindible sostener el nivel del debate.

Pero ¿cuáles son las consecuencias de la entrega absoluta de la decisión sobre la supervivencia del ser ya engendrado, cuando sí fue querido, sí buscado por ambos progenitores, a la voluntad excluyente de la mujer-madre?; lejos de la igualdad, se da la exclusión total de la opinión paterna…    por razones de género.

Es esperable el planteo de quien pretenda exigir a su pareja interrumpir una gestación por haber existido algún engaño, algún error, o cambio de idea.

O, por el contrario, la de impedir la destrucción caprichosa o arbitraria del embrión buscado y logrado en común. También es inconstitucional por discriminación injusta por razones de género.

Es inadmisible que la mujer pueda ser degradada a "máquina de procrear"; y es ella quien puede impedirlo, pero no de cualquier modo. Ahora bien; ¿puede el hombre evitar ser considerado un mero animal, semental reproductor?... no, eso quedaría sólo en manos de ella. Otra de discriminación de género que lleva a la segura inconstitucionalidad de la ley.

No pedimos participación en esa decisión inhumana; sólo pretendemos poner en evidencia su perversidad, su "alevosía" (matar sobre seguro y sin riesgo). Ninguno de ambos progenitores tiene válidamente la decisión sobre la vida de quien ya es otro en existencia y en dignidad.

Opinamos desde nuestras convicciones, pues la realidad social indica que no es posible un pensamiento neutral -aséptico- de religiones, de valores y de principios; por ello es inaceptable el intento de descalificar ideas por su compromiso religioso; es tan repudiable como la de quien buscara devaluar -como ocurrió en algún tiempo- la opinión de alguien por su ateísmo, gnosticismo, o por alguna otra cosmovisión "hereje".

Nuestra democracia se construye en el pluralismo que significa convivencia en el afecto y en alcanzar un común denominador de principios y valores rectores que impidan que alguien, desde una pretendida "neutralidad", o desde su "religiosidad", buscara algún tipo de conscripción mental. 
Estamos obligados al debate respetuoso que ya ha alcanzado numerosos acuerdos y valores.

No es posible sostener el apoyo a la vida y al aborto "libre, seguro y gratuito" a la vez. Porque el aborto suprime necesariamente una vida humana; porque no es "libre", por el entorno de condicionamientos en la decisión; porque no es "seguro", nada lo es en nuestra salud física y espiritual; y porque no es "gratuito", porque lo pagará el sistema público de salud, construido para salvar y no para destruir vidas.

Concluimos: nada importa el tiempo de gestación; no existe "derecho" a la supresión de la vida ya concebida, científicamente probada e identificable por su propio ADN.

La posible "despenalización" de distintos otros supuestos la discutimos después; insisto, es el pretexto, poco tiene que ver con el fondo de lo que se decide en estas horas. El proyecto debe ser archivado por los senadores o inaplicado por inconstitucional, luego, por la Justicia.

Hoy se nos impone oír el reclamo y asumir la obligación política y social de dar respuestas positivas, concretas y efectivas a las realidades y déficit de atención que nos enrostran con razón quienes defienden la opción de exterminio que rechazamos. ¡Al trabajo!