Turismo Domingo, 10 de junio de 2018 | Edición impresa

De Moscú a Múrmansk, un tren hacia la aurora boreal

El Expreso de las Luces del Norte parte de la capital rusa, llega a orillas del Océano Glacial Ártico y finaliza en San Petersburgo.

Por Pablo Bizón / Viajes, Clarín

Hay que tener cuidado al caminar por el puente Bolshoi Moskovetskyi de Moscú: con nieve y congelado, se vuelve un desafío. Pero desde el centro, en lo alto, la vista vale el riesgo: el río Moscova tapizado de grandes bloques de hielo, las esbeltas torres de las catedrales tras la muralla roja del Kremlin, la Plaza Roja iluminada por un mercado navideño que persiste a principios de febrero, el elegante shopping GUM tapizado de lucecitas.

Desandamos la desierta calle Bolotnaya hasta volver a cruzar el río por el puente Bolshoy Kamenny y surcar los jardines exteriores de Kremlin, entre pilas de nieve, pasando por el monumento a Alejandro I y la Tumba al Soldado Desconocido, antes de despedir la fría noche moscovita.

Al otro día cae una persistente nevisca en el mercado de la Plaza Roja; una mujer barre la nieve de las mesas y al lado se enciende el fuego de un puesto que vende blinis a 200 rublos. En los stands hay matrioshkas a 50 rublos, réplicas de San Basilio a 1.500, vasos de cristal por 5.000.

El majestuoso Kremlin

Y si hay una visita imperdible en Moscú, junto a la Plaza Roja, es el Kremlin. Sus altos muros rojos resguardan buena parte de la historia rusa, y también del mundo. La guía Yulia Arseneva nos cuenta la historia del Palacio Estatal -Palacio de los Congresos-, el enorme Cañón del Zar, la Campana del Zar -la más grande y pesada del mundo, nunca utilizada- y la Plaza de las Catedrales -de la Asunción, de la Anunciación, de San Miguel Arcángel y la iglesia del Manto de la Virgen-, antes de regresar a la Plaza Roja.

Después del almuerzo, un paseo por la ciudad concluyendo en la Colina de los Gorriones, entre el inmenso edificio de la Universidad Estatal de Moscú y el estadio Luzhniki -donde el 14 de junio Rusia inaugurará el Mundial enfrentando a Arabia Saudita-, al otro lado de un recodo del río.

Y a la noche, luego de la cena, es cuando comienza realmente esta aventura. Porque esta vez llegamos a Rusia en pleno invierno para tomar un tren muy especial hacia el norte, bien al norte del país... y del mundo. Un tren que parte de Moscú, cruza el Círculo Polar Ártico y llega hasta Múrmansk, para conocer parte de la Rusia profunda y ser testigos de uno de los fenómenos naturales más extraordinarios del mundo: la aurora boreal.

En este viaje estamos inaugurando un nuevo tren turístico especialmente preparado, con camarotes en dos categorías -standard y gold- y vagones bar y restaurante. Y con todo incluido: pasaje, todas las comidas diarias, paradas en distintas ciudades con alojamiento en hoteles, excursiones, guías en español y salidas para “cazar” auroras boreales, un extraordinario espectáculo que sólo puede verse en invierno, bien al norte del mundo. Hacia allí vamos.

Leningrado, andén 16

Salimos en plena noche -las 0.41 del lunes- desde Leningradsky Vokzal (Estación de Leningrado), donde una banda nos recibió tocando en pleno andén, bajo una nevada insistente.

Pero el frío terminó apenas entramos al tren, y especialmente a nuestros camarotes: nos esperaba una recepción con champán, frutas, chocolates y el programa del viaje, que prometía una primera bajada en la estación Apatite, con alojamiento en Kirovsk para conocer atractivos locales como la Aldea de Hielo y una villa saami, para luego seguir “subiendo” en el mapa hasta Múrmansk, la ciudad más septentrional de Rusia, y salir tres noches a disfrutar -si aparece, porque nunca puede garantizarse- de la aurora boreal. Como frutilla del postre, dos días recorriendo San Petersburgo.

En este primer tramo nos esperan casi 32 horas sobre el tren: a relajarse. Todo comienza con un recibimiento a bordo, un brindis y los primeros acordes de Viktor Luzin, que tiene 25 años y toca como los dioses el elegante piano Petrof, blanco como la nieve que cubre los bosques que pasan y pasan tras las ventanillas.

El segundo gran momento es el desayuno: una mesa con frutas varias, café, té, blinis, yogur, cereales, kawa (cereales con leche), oladi (unos pequeños y deliciosos panqueques) y hasta caviar rojo. Y el café humeante frente al bosque blanco y congelado es un poema. Luego, una “clase” a cargo de nuestra guía Anastasia, Nastya. Nos habla de Rusia, de economía, de política, de las costumbres, de la gente norteña, la famosa ruta de los mares del norte y del escudo de dos cabezas -una mira a Europa y la otra a Asia-. “En Rusia no somos ni europeos ni asiáticos, somos rusos”, resume.

Un rato libre 

En cada vagón hay dos encargadas -en el nuestro son Irina e Ilona, a las que se les pueden pedir frutas, café, té o agua caliente. Así que un buen cafecito y a disfrutar viendo pasar bosques nevados, pasos a nivel, trenes y más trenes, vagones de carga y de pasajeros. Porque la actividad de los ferrocarriles en Rusia es siempre asombrosa: siempre hay algún tren cruzándose; uno que lleva petróleo o trae madera, que carga hierros para la construcción o distribuye el carbón de las minas, que viene de Siberia o sale hacia el Cáucaso o las heladas tundras del norte.

Luego, el almuerzo, una breve clase de ruso a cargo de Nastya para aprender el alfabeto cirílico y palabras básicas y, luego de la cena, una visita especial: Died Moroz, el “Papá Noel” ruso, en realidad el “abuelo frío” que representa al invierno, y viene con su nieta, la Doncella de las Nieves. Aunque no tan frío: el abuelo llega cargado de vodkas distintos -el común, el de centeno, el con miel, el...- y nos enseña a tomarlos y a brindar.

Porque si algo no les cuesta a los rusos es brindar: por el encuentro, por la amistad, por el mañana, por lo que sea. Una gran “noche de vodkas” mientras el tren sigue atravesando la taiga.

La aldea de hielo y nieve

Son las 7.15 y es noche cerrada, con una nevada persistente. El tren se detiene y a la luz de un solitario farol leemos “Apatite”, nombre de la estación que refiere a un mineral muy abundante en la zona, del que se obtiene fósforo y fosfatos y cuya mina justifica la existencia de la estación, a 15 km de nuestro destino: Kirovsk.

En el camino, dos enormes espigas de trigo cubiertas de nieve nos dan la bienvenida. Es difícil imaginarse estas llanuras, ahora bajo más de un metro de nieve, como fértiles campos de cereales, pero lo son, cuando llegan el deshielo y el verde.

Kirovsk es una ciudad pequeña y muy pintoresca, especialmente con las veredas “cavadas” en la nieve y los árboles tapizados de blanco. Un toque en el hotel para desayunar y salimos: la Aldea de Nieve, en las afueras del pueblo, consiste en una serie de túneles y galerías de hielo en los que artistas de la región y otros países tallan esculturas en hielo sobre temas varios, de leyendas de la zona a personajes de dibujos animados.

A fines de noviembre, los escultores crean en estos pasillos y túneles un maravilloso atractivo que se derrite (literalmente) en mayo. Al final de uno de los túneles hay incluso un buzón para dejarle cartas con pedidos y deseos al Abuelo Frío.

Carne de reno

El almuerzo es de antología, en el cálido restaurante V Svoyey Tarelke y con el principal producto del norte ruso: carne de reno. Está en la ensalada de entrada y en el plato principal: un delicioso strogonoff de carne de reno. Para el postre, helado con bayas de los bosques de la zona. 

En kirovsk hay un lindo centro de esquí con pistas de todos los niveles, y un museo regional y de minerales que explica el proceso de extracción de la apatita y cómo la empresa Phosagro se transformó en la mayor productora de fertilizantes de Rusia.

A la noche, cena en el hotel y primera salida de “caza”. Pero no de renos, sino de auroras boreales, porque ya va siendo hora. Hacemos unos cuantos minutos en la combi hasta una villa turística en medio del bosque a orillas del inmenso lago Imandrá, el más grande de la región. Una recepción con un café, varias hermosas cabañas entre los árboles, sector de juegos, parrillas y acceso al lago. Como está congelado, podemos caminar sobre él, sacar fotos, tomar unos vodkas, todo mientras vigilamos el cielo: nada. Un par de horas después, es hora de regresar.

Trineos y chamanes

De Kirovsk a Múrmansk el trayecto es en combi: poco más de 200 km por la ruta E-105, para hacer una parada intermedia en una recreación de una aldea saami y conocer algo de esta particular cultura, también llamada lapona.

Desde hace miles de años los saami habitan la zona norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península de Kola, en Rusia. Se estima que la población actual ronda las 82.000 personas, unos 2.000 de ellos en Rusia.

Tradicionalmente los saami vivieron de la pesca y de los renos, antiguamente salvajes y luego domesticados, de los que usan la carne, la sangre, las pieles. Ahora, el turismo les permite obtener ingresos extra, y por eso la aldea está preparada para recibir visitantes. Por allí se ven algunos lavvu, las tiendas típicas armadas con varios troncos en forma de trípode y pieles de reno, con un hueco central para el humo de la fogata, siempre encendida.

También se pueden ver renos y perros hushkies, pasear en trineos o motos de nieve, comer comidas típicas, basadas en la carne de reno y conocer los rituales chamánicos de este pueblo de “hombres de las nieves”.

En las aguas árticas

Al caer la noche llegamos a Múrmansk, con tiempo para caminar por las calles decoradas con luces, antes de salir a la segunda caza de auroras: vamos a un restaurante en las afuera de la ciudad, y después de cenar, café en mano, a caminar en la oscuridad. De a ratos vemos unos reflejos verduscos cerca del horizonte, algo pálidos. A la cama sin aurora, pero con esperanzas.

Si alguien del grupo se despertara de pronto y preguntara “dónde estamos”, la respuesta podría ser: a orillas del golfo de Kola, frente al mar de Barents y cerca de la frontera rusa con Noruega y Finlandia, en la región de Laponia. O también: 1.486 kilómetros al norte de Moscú y 2.345 kilómetros al sur del Polo Norte. O simplemente: en Múrmansk, el mayor puerto de Rusia en el Ártico y la mayor ciudad del mundo al norte del Círculo Polar Ártico, con casi 315.000 habitantes, que llegan a 400.000 sumando los alrededores.

Frío polar y neón

Cielo gris, suelo blanco grisáceo, pocas horas de luz solar. Para alegrar la ciudad hay esculturas decoradas con neones de colores, decoraciones luminosas en calles y árboles y juegos llenos de luces, como un largo tobogán de hielo que hay en la céntrica plaza Cinco Esquinas, en el que los chicos se tiran una y otra vez, una y otras vez, y disfrutan a lo grande.

En lengua saami, mur es mar, y maa, tierra; así que Múrmansk es “la tierra en la orilla del mar”. Y debido a que el puerto permanece sin hielo todo el año por la corriente cálida del Atlántico Norte, es uno de los más importantes de la historia rusa. Desde la posguerra se transformó en base principal de la flota del mar del norte soviética, y llegó a albergar más de 170 submarinos atómicos con misiles intercontinentales. Fue por muchos años una ciudad “secreta”, cerrada. Sólo podían ingresar quienes tuvieran un permiso especial.

Múrmansk es sede de la flota de rompehielos nucleares de la Armada de la Federación Rusa, y en el puerto destaca con orgullo el Lenin, primer rompehielos de propulsión nuclear en el mundo. Hoy es un barco-museo que vale la pena visitar, y si se entusiasma, en verano hace cruceros turísticos al Polo Norte: unos 25.000 dólares por 12 días de viaje.

Visitamos también el imponente monumento a Aliosha, en homenaje a los soldados que defendieron la Rusia ártica, y el lago Semionovskoye totalmente congelado, donde la gente viene a hacer footing: esquí de fondo sobre la nieve, empujando incluso esos curiosos -para nosotros, claro- cochecitos de bebé con patines.

Y después de la cena, nuestra última oportunidad: salimos a la ruta en busca de un lugar oscuro y el chofer se detiene de pronto a un costado: ¡davai, davai!, nos apura, y abre las puertas.

Levantamos la vista y allí está: un enorme halo verde brillante en el cielo, que va cambiando de forma e intensidad. Fotos y más fotos, y un buen brindis con vodka enfriado en la nieve para terminar, unas dos horas más tarde. Como si hubiera estado preparado, la última noche en al ártico disfrutamos de una increíble aurora boreal.

Al otro día, el tren parte a las 10 rumbo a San Petersburgo. Embarcamos con la satisfacción del “deber cumplido” para unas 24 horas de viaje, pensando ya en los palacios y museos que vamos a disfrutar en la espectacular ciudad de los zares, y en caminar sobre el río Neva y los canales congelados. 

Mini guía

Cómo llegar

A Moscú por Aerolíneas Argentinas + Aeroflot, desde $ 50.700 ida y vuelta. Por Turkish Airlines, vía Estambul, desde US$ 1.574.

Fechas

Expreso Luces del Norte Las próximas salidas son en 2019: 18 de enero, 1° de febrero y 15 de febrero.

Cómo es

Es un tren turístico de alta gama con camarotes en dos categorías -Standard Plus y Gold-, vagón comedor y bar, cocina a bordo, guías en el idioma de cada grupo y excursiones con guías locales. El viaje incluye todas las comidas, alojamientos en el tren o en hoteles, y guías en español. Un “all inclusive”  sobre rieles.

Cuánto cuesta

En categoría Standard Plus, 3.762 euros; en Gold, 5.802 euros (precio final por persona en base doble, todo incluido). Hay que calcular aproximadamente 190 euros más para propinas, para todo el personal: guía principal, guías locales, choferes, responsables del vagón, personal de cocina y staff del tren.

Atención

El viaje del Expreso de las Luces del Norte es en invierno, por lo que hay que llevar el mejor abrigo posible, incluyendo (fundamental) calzado impermeable. Y vestirse en capas, al menos tres: primera de ropa térmica (medias, calzas, remera térmica), segunda de algodón o polar y tercera de campera impermeable para bajas temperaturas. Y muy importante, siempre gorro y guantes.

Dónde informarse

Essential Travel, (011) 4321-1080

www.essentialtravel.tur.ar

www.facebook.com/elmundoentren