Opinión Viernes, 12 de octubre de 2018 | Edición impresa

Danza con lobos - Por Carlos Salvador La Rosa

En un país de extremos, pasamos de una presidenta que no se rectifica nunca, a un presidente que se rectifica siempre.

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

Con la actual crisis económica, Mauricio Macri vive la gran prueba “objetiva” de su gobierno. Sólo si la supera  tendrá alguna chance electoral. Caso contrario todo lo peor es imaginable, desde un salto al pasado hasta una bolsonarización de la política argentina aún sin ningún Bolsonaro.

Pero en estos días, superpuesta a la prueba “objetiva”, deberá pasar una prueba “subjetiva”, una que ya rindió varias veces y hasta ahora siempre resultó desaprobado, una que tiene que ver con la tarifa de gas. 

Ya en su primer año, cuando intentó eliminar los subsidios, se lo impidieron audiencias públicas no hechas o mal hechas, una oposición que encontró allí palenque donde rascarse y mil fallos judiciales en contra. 

Ahora comete el mismo error con el aumento por devaluación que quiso que los consumidores le pagaran a las empresas productoras. Macri autorizó la suba a través del secretario de Energía, Javier Iguacel, que se sintió súper autorizado ya que el presidente en directo, sin intermediarios, validaba su decisión. Además, con supina ingenuidad, se sintió un héroe al haber logrado que las empresas cobraran el aumento en 24 cuotas.

Creyó ser casi un antiimperialista que doblegaba a los capitalistas con un pago tan prolongado en plena era inflacionaria. Y supuso que los usuarios se lo agradecerían. Pero todo ocurrió al revés.

Apenas Cristina se enteró salió a gritar a los cuatro vientos que no sólo el consumidor no debería pagar el aumento sino tampoco el Estado. O sea, todo lo contrario de lo que hizo ella en su presidencia donde el Estado nunca dejó de subsidiar a las empresas. Pero el olvido todo lo puede. Además Cristina necesitaba anotarse un porotazo para decir que la quieren meter presa por denunciar lo del gas y no por lo que ella y los suyos robaron. Lo cual es lógico, cada cual se defiende como puede, y si los enemigos meten la pata, Cristina aprovecha.

Al final el que pagará todo es el Estado, o sea nosotros, pero no en las boletas sino vía presupuesto. Pero con tantas idas y vueltas otra vez el sentido político fue ignorado en las esferas gubernamentales. Iguacel y Macri quedaron pagando no sólo ante Cristina, sino ante todos los suyos.

El diputado Monzó casi se muere al enterarse de la decisión de Macri-Iguacel de cobrarles a los usuarios, porque eso acabaría con los acuerdos por el presupuesto que estaba logrando con la oposición más razonable. Pero cuando Macri volvió atrás el que casi se muere fue el ministro Dujovne, porque con el nuevo costo que asume el Estado peligra el déficit cero que le exige el FMI.

Por su lado, los radicales también pusieron el grito en el cielo. Pero cuando Macri se rectificó, con estúpida soberbia, algunos se proclaman ganadores. El senador Angel Rozas afirmó suelto de cuerpo: “Lo logramos, el radicalismo consiguió frenar la suba retroactiva del gas. El Estado se hará cargo del monto extra”.

O sea, le adjudica al radicalismo un triunfo contra el propio gobierno que los tiene de aliados y a la vez considera un “triunfo” que lo pague el Estado. El senador se perdió una magnífica oportunidad de callarse la boca, pero no, tenía que demostrar lo macho que era.

Aunque algo parecido, pero desde el otro sexo, hace Elisa Carrió cuando luego de que Macri le concedió casi todo lo que pidió, igual lo pone entre la espada y la pared amenazando que sólo se volverá a amigar con él cuando eche al ministro Garavano. Con lo cual pone a su propio aliado en una posición insostenible: si lo echa queda como un pusilánime llevado de las narices por Carrió, y si no lo echa Carrió insinúa que romperá Cambiemos.

Esa es, precisamente, la prueba subjetiva que deberá aprobar Macri. Hoy todos –amigos, enemigos y adversarios– parecen sentirse como que pueden hacer lo que quieren con él. Han olido sangre y les ha gustado. En un país donde todos son extremos, pasamos de una presidenta que no se rectifica nunca, a un presidente que se rectifica siempre. A la primera todos le tienen miedo, al segundo nadie le tiene respeto. En un país donde se considera más peligrosa la anarquía que el autoritarismo, no hay lugar para los débiles.

En un país donde la política es cosa de lobos, debilidad es dar marcha atrás mientras que fortaleza es ir por todo. 

Por lo tanto, Macri, de aquí en más, estará obligado a navegar en un mar bravío donde deberá encontrar el equilibrio para no naufragar cayendo en el autoritarismo o en la debilidad. Deberá reconstruir la autoridad cuestionada y para eso no hay fórmulas ni consejos. Es una actitud personal que sólo le corresponde definir a él. Porque para presidente sólo se aprende siéndolo. Más en esta tierra de lobos donde hay más olvido que perdón. Y por eso siempre repetimos la misma historia.