Opinión Sábado, 9 de febrero de 2019 | Edición impresa

Coimas y suicidios sospechosos - Por Luciana Sabina

Por Luciana Sabina - Historiadora

En el año 1805 la mucama de cierta familia de alcurnia porteña, lavó y colgó mantas con símbolos “demoníacos”, pertenecientes a los dueños de casa. Al ser advertido por el vecindario el escándalo derivó en una situación calamitosa. Algunos vecinos corrieron a dar aviso al obispo que, de inmediato, se comunicó con el virrey Sobremonte.  

El asunto fue derivado a la Audiencia, organismo que se encargaba de los asuntos más importantes en el ámbito de la justicia. Se ordenó inmediatamente la detención del jefe de familia: Gregorio Gómez. Ante una muchedumbre expectante, fue formalmente acusado de pertenecer a una logia y de iniciar a otros en la masonería. Algo que se consideraba sumamente grave dada la fuerte injerencia del sector enclesiástico en la política. 

Opurtunamente, Gómez obsequió una serie de alhajas a la esposa de Sobremonte, lo que inmediatamente hizo desaparecer el sumario y volverlo un hombre libre.  

Pero este no fue el único modo en que se reaccionó ante las costumbres corruptas.

Poco después de la Revolución de Mayo, José Moldes fue nombrado como primer gobernador de Mendoza por la Primera Junta. Tenía entonces 25 años y tuvo aquí un recibimiento poco animoso, debido, fundamentalmente, a que en definitiva se trataba de una imposición del Cabildo porteño.  

No pasó muchos meses al mando pero bastaron para que diera muestras de su irreverencia hacia la corrupción. El cargo de gobernador tenía entonces injerencia en asuntos legales, por lo que en determinado momento se vio en la disyuntiva de decidir la suerte de cierto campesino acusado de un delito. Hasta ese momento, siguiendo lo impuesto por la administración española tal como vimos en el caso anterior, era costumbre “coimear” al funcionario de turno para lograr una sentencia favorable. Siguiendo la desfachatada tradición, el humilde hombre se presentó con doce gallinas para comprar la buena fe de Moldes. El gobernador enfureció inmediatamente y lo envió a la cárcel, especificando que saldría una vez que se hubiese comido los doce plumíferos.    

Años más tarde, en 1824, Moldes denunció a varios funcionarios de la administración porteña acusándolos de robar fondos públicos. Misteriosamente, dos meses más tarde fue encontrado sin vida en su hogar. Según la versión oficial se trató de un suicidio por envenenamiento, pero las dudas al respecto llegan a nuestros días.  

Juan Larrea, otro de los miembros de la primera casta patria, también se habría suicidado. No lo afirmamos categóricamente porque sobre el cariz voluntario del hecho hay versiones encontradas. Este español, nacido el 24 de julio de 1782, poseía una considerable fortuna que  perdió durante las luchas por la Independencia. Su capacidad para los negocios lo llevó a generarla nuevamente. Pero los verdaderos problemas comenzaron a principios de la década de 1830, con la llegada al poder de Juan Manuel de Rosas. El Restaurador buscó por todos los medios perjudicarlo, fundamentalmente cargando a su empresa naviera de multas.  La mayorías de los investigadores afirman que, totalmente en la ruina, Larrea se suicidó en 1847 utilizando una navaja de afeitar. Sin embargo, hay quienes consideran más plausible que fuese víctima de sus prestamistas.  

Como vemos la corrupción está presente desde nuestra primigenia existencia como pueblo, al igual que los suicidios que suenan más a asesinatos.