Opinión Jueves, 14 de marzo de 2019 | Edición impresa

Causas culturales de la violencia contra las mujeres - Por Héctor Ghiretti

Por Héctor Ghiretti - Profesor de Filosofía Política y Social

No resulta difícil explicar por qué las mujeres son objeto recurrente de violencia. Por contextura física, por características corporales que aumentan su vulnerabilidad y que generaron relaciones socioculturales de subordinación y dependencia, la mujeres han sido víctimas preferentes de la violencia. Esa violencia no es exclusivamente practicada por hombres, sino también por otras mujeres.

Un aspecto que especifica los casos de violencia contra las mujeres es que frecuentemente se da en contextos de familiaridad, afecto o confianza, en los que se supone están excluidas las prácticas violentas. Es preciso indagar de qué forma aquellas causas genéricas que mencionábamos ingresan en esos entornos, que deberían por su naturaleza ser la barrera o defensa contra la violencia.

Resulta claro que las referencias al patriarcado como causa de la violencia contra las mujeres no es más que un rótulo genérico y difuso que tiende a identificarse con la misma civilización o el desarrollo cultural y que muestra las limitaciones de muchos análisis para precisar la cadena causal de la violencia. Lo mismo sucede con el singular capitalismo heteropatriarcal, categoría en la que se introduce una fuerte componente ideológica y que sirve esencialmente como un concepto de combate, para rotular al enemigo político o cultural.

Esta categoría, no obstante, tiene un aspecto que es preciso analizar con mayor detalle: ¿es posible saber si la violencia contra las mujeres se ha incrementado en épocas recientes, como efecto de procesos sociales, económicos o culturales? ¿O más bien se trata de un proceso de creciente visibilización o sensibilidad? Quienes emplean la categoría de capitalismo heteropatriarcal sugieren que en épocas precapitalistas la violencia contra las mujeres no era tan importante o tenía otras características.

¿Es posible indagar sobre el volumen, la relevancia de estas prácticas, confinadas a ámbitos domésticos o de privacidad, en aquellas épocas remotas? Parece difícil aunque no imposible, a juzgar por el desarrollo reciente de la historiografía de la vida privada. Es preciso dejar las relaciones entre el capitalismo y la liberación de la mujer para otro día.

No obstante, en la línea que incide en las variaciones históricas de la violencia contra las mujeres quisiera proponer una hipótesis relacionada con la educación de la afectividad para las relaciones de pareja. ¿Cuáles son las formas contemporáneas que adopta la preparación para la vida afectiva? 

¿A qué referentes, a qué tipo de marcos formativos se apela hoy para aprender a querer? Durante mucho tiempo las relaciones de pareja tuvieron como referente principal el núcleo familiar de origen: era allí donde se aprendía en qué consiste eso de formar pareja y eventualmente, una familia. Con el tiempo la familia ha ido perdiendo esa capacidad, por efecto de las dinámicas socioculturales y económicas contemporáneas.

Otros referentes fueron imponiéndose con el desarrollo de la cultura de masas. Me interesa detenerme en dos fenómenos culturales en particular.  En primer lugar, las telenovelas, fruto tardocapitalista del amor romántico surgido en el s. XIX. Se trata de narraciones por entregas, en las que se exalta el sentimentalismo y las pulsiones pasionales, se idealizan las relaciones amorosas fijadas en la fase de arrobamiento, o lo que conocíamos aquí e Mendoza en otros tiempos como “camote”.

En las telenovelas los amantes poseen la extraordinaria capacidad de superar todos los obstáculos, las diferencias económicas, los prejuicios sociales, religiosos o de raza, las incomprensiones familiares, etc.. Las formas cotidianas y necesariamente rutinarias propias de las relaciones de pareja son presentadas en este contexto como la agonía o la muerte del verdadero amor.  

En segundo lugar, la pornografía, explotación audiovisual de la hipersexualización de la sociedad contemporánea, que no solamente estimula la idea de que el placer sexual es una parte central de la realización y la felicidad personales, sino que además muestra unas performances inalcanzables en la vida real, contradicción que se resuelve con altos niveles de frustración en las relaciones de pareja, reducidas al plano de la genitalidad.

Después de la crisis de la familia y su ausencia como centro rector de la vida afectiva, las telenovelas y la pornografía son las formas a través de las cuales las chicas y los chicos de hoy, respectivamente, se introducen en el mundo de las relaciones de pareja.

Particular daño hacen las telenovelas orientadas a niñas y adolescentes: basta ver las espantosas tramas y la ideología de fondo de la factoría de Cris Morena, por dar un ejemplo, para advertir los efectos que pueden tener en personas fácilmente impresionables, en fase de formación del carácter.

Por otra parte, la pornografía ha trascendido los obstáculos que la hacían un producto restringido a un público adulto y especialmente interesado. Estudios recientes han revelado que los niños están expuestos a la pornografía desde muy corta edad.

Idealización y genitalización: a partir de estas matrices opuestas, cuyas respectivas disonancias cognitivas se encaminan a un choque brutal e inevitable entre sí y con la realidad, resulta difícil esperar no ya que hombres y mujeres puedan tener una vida de pareja satisfactoria, fundada en la solidez del amor, en la entrega y comprensión mutuas, sino que las relaciones entre unos y otras no se salden con violencia verbal y física, con epílogos terribles de sufrimiento, dolor y hasta muerte.

De hecho, lo verdaderamente extraño es que no suceda con mucha mayor frecuencia.