Opinión Domingo, 10 de junio de 2018 | Edición impresa

Canto de mi tierra - Por Jorge Sosa

Por Jorge Sosa - especial para Los Andes

¿Cuál habrá sido el primer canto que anduvo por estos lados? Muchos me dirán sin dudar: el canto de los pájaros. Puede ser, porque tengo entendido que los dinosaurios no cantaban, si abrían la boca era para otra cosa menos placentera para aquel sobre el que cerraban la boca. Pero hablo del primer canto que los hombres hicieron. 

Seguramente habrá tenido que ver con alguna ceremonia que ellos tenían como basamento de sus culturas y creencias. Tal vez alguno se haya adentrado tanto en el conocimiento de los antiguos que lo repetían cada vez que esos ceremoniales lo requerían. 

Aquí, en el oasis norte, ese canto primero debió ser huarpe, y posiblemente haya estado acompañado con algunos instrumentos de los que hoy consideramos primitivos: precarios aerófonos, silbatos y seguramente percusión. 

Fue la conquista española la que trajo la influencia de su canto, ya armado en lejanas latitudes y que aquí se quedó a vivir, mutando en la medida en que pasaban el tiempo y las generaciones. Así surgió la tonada, derivación de los antiguos romances andaluces que todavía guardan en algunos de sus acordes reminiscencias de cuando allá, en la España, toda la cultura se vestía con turbantes. 

La tonada se asentó firmemente en las arenas del Cuyum Mapú, y aquí creció nostálgica, lamentosa, como lo es en la mayor parte de su extensa lista. El gato entró al país por distintos lados, así como la cueca.

La cueca es derivación de la zamacueca o zamba cueca que en el Virreinato del Perú creció lozanamente. Dicen que zama, zamba, eran las formas de nombrar a las mujeres que venían de una procedencia mixta: madre blanca y padre negro, a diferencia de madre negra y padre blanco, que era lo más común y se llamó mestizaje. 

La zamba existían para que bailaran las zambas y con esa estructura llegó al NOA y se afincó allí definitivamente. Por eso los salteños la practican y prácticamente se han adueñado de ella.

Con toda autoridad, porque son muchos los autores y compositores, grupos y solistas que han alimentado al país cancionero con la zamba. De hacer nombres estaríamos cubriendo varias páginas de este diario.

La cueca tiene otro origen. Dicen aquellos que dicen, que la palabra "cueca" viene del vocablo "clueca", o sea la gallina que está empollando o en período de empollar.

Dicen también que la coreografía de la cueca remeda lo que ocurre con la persecución que el gallo hace de la gallina en el alambrado país del gallinero. Los pañuelos serían las plumas al viento que se levantan durante tal persecución. 

Son los tres ritmos fundamentales de nuestra tierra y en ellos el vino juega un papel fundamental. Cuando los guitarreros están por terminar la cueca, los bailarines paran el canto para que vuelva a ser tocado y a ellos no se les termine el motivo del baile. Entonces ofrecen a los músicos, como forma de pago por el favor, una copa de buen vino, de ser tinto más a tono. Allí aparece el "Dicho cuyano" con forma de aro para ponerle alguito de picante a la fiesta. 

Aro, aro, aro, 
Una vieja y un viejo 
se fueron pa' Tunuyán
la vieja se le enculó 
y se le bajó en Ugarteche.
Si no pega, mala leche. 
Y en la tonada el vino es obligado cuando ocurre el cogollo. No puede haber tonada sin cogollo, como decía Félix Dardo Palorma. El cogollo, el homenaje, la mención que se hace en canto, merece el pago con un buen vino. 
No sabemos cuál fue el primer canto que anduvo por estos pagos. Lo bueno, lo necesariamente bueno, a pesar de las invasiones foráneas, es que aún seguimos cantando.